Al interior del restaurante favorito de Jaime Garzón

13 de agosto del 2014

“Hacía lo que le daba la gana: entraba, salía, se inventaba platos.”

Al interior del restaurante favorito de Jaime Garzón

En uno de los barrios bohemios de Bogotá, La Macarena, se encuentra el restaurante ‘El Patio’. Lleva allí, en la carrera 4A con calle 27, unos 25 años y fue, por más de cinco, uno de los sitios preferidos de Jaime Garzón.

Escuche el homenaje al gran Jaime Garzón, a 20 años de su muerte:

‘El Patio’, más que un restaurante, fue una segunda casa para Jaime. Es un lugar acogedor. No muy grande. Tiene 15 mesas y cada una está acompañada de una rosa fresca que incita a las parejas a conversar horas enteras, acompañadas de un buen vino tinto.

La decoración, según Fernando Bernal, su propietario y quien se convirtió en un entrañable amigo de Garzón, está basada en la Italia mediterránea y romántica, donde Fernando estuvo por unos cuantos años y de donde trajo consigo la idea para montar un restaurante.

‘El Patio’ es hoy uno de los restaurantes con mayor reconocimiento en Bogotá. La carta es variada. La comida tiene muy buenas críticas. Fue el restaurante pionero de la zona de comidas de La Macarena. Detrás de él fueron llegando otros más, hasta convertir este sector en la zona de restaurantes más visitada del centro de la ciudad. Hoy en día se le conoce como la ‘zona M’. La carrera 4 entre calles 28 y 26 está llena, a lado y lado, de restaurantes de renombre.

El patio La Macarena

Garzón llegó a ‘El Patio’ ya siendo famoso. Fernando recuerda que cuando Jaime empezó a visitar su local, estaba comenzando con ‘Zoociedad’, el programa estrella de sátira política. Bernal, como lo llamaba Garzón, se le acercó y pensando en su beneficio comercial lo invitó a que se hiciera cliente frecuente; es más, le propuso hasta descuentos especiales para que asistiera allí con sus nuevos compañeros de la televisión.

La propuesta de Bernal al famoso presentador de ‘Zoociedad’ no solamente consiguió llevar al restaurante varios famosos como políticos, artistas y periodistas, que aún hoy visitan el lugar. Esa proposición consiguió que Jaime realmente encontrara un rincón especial y preferido para compartir con sus amigos, que eran todos los que se cruzaban por su vida y también para estar solo. Esa propuesta, sin que ninguno de los dos  lo imaginara, dio inicio a una gran amistad entre Jaime y Fernando.

Bernal, con la mirada perdida por unos segundos en el techo y con un brillo en los ojos, dice: “Jaime fue mi amigo, mi hermano, mi papá y también mi hijo”. “Aquí Jaime hacía lo que le daba la gana: entraba, salía, se metía a la cocina, pedía platos que se inventaba y siempre con su risa característica. Se le daba gusto en todo. Se convirtió en el consentido del restaurante”, recuerda Fernando.

Este elegante, romántico y bohemio restaurante tiene un lugar especial, con el que Fernando y sus empleados le rinden un homenaje a la memoria de quien fue el mejor de sus comensales. Aquel sitio es una esquina del salón externo del restaurante donde Jaime se sentaba todos los días a almorzar, a leer,  y a hacer una de las cosas que más le gustaba: hablar.

“Mientras Jaime estuvo vivo esa mesa no la ocupaba nadie a la hora del almuerzo, era su mesa y siempre estuvo disponible para él”, comentó Bernal. Hoy en la pared de esa pequeña mesa reposan enmarcados tres viejos recortes de prensa con la imagen de Jaime Garzón. En otras paredes también hay fotografías que recuerdan a Garzón, como la que se tomó vestido como  mesero para servirle a los periodistas Julio Sánchez Cristo y Alberto Casas Santamaría, acompañados del político Horacio Serpa.

Hay en la carta del restaurante un arroz que lleva el apellido de Jaime. Recuerda doña Clarita, una de las empleadas de Fernando, que él fue quien se inventó el plato. Era un sencillo arroz con mariscos, uno de los productos preferidos por Jaime. “Cuando a Jaime le estaban arreglando la boca, no podía comer nada sólido entonces quiso que le prepararan un arroz con vegetales y mariscos muy bien picados, el cual tocó triturárselo y preparárselo bien masacotudo para que se lo pudiera comer. Después de la muerte de Jaime retomamos la receta y la incluimos en la carta, sigue siendo un arroz casero con vegetales lleno de calamares, camarones y langostinos, fue uno de los platos preferidos de él y también de los clientes”, cuenta Fernando.

Las anécdotas de Garzón en su restaurante preferido son millones. Clarita recuerda por ejemplo que Jaime se le metía a la cocina y empezaba a tomarles del pelo y a pedir cosas. Todo se lo preparaban. “Él era un amor con nosotros. Fue un honor conocerlo, tenerlo cara a cara”, dice ella.

Dioselina Jaime Garzon

Fernando recuerda aún más. “Un día estaba aquí almorzando una reina de belleza con su novio y Jaime la vio, se salió y mandó a comprar unas rosas, las desojó y metió los pétalos en un canasto. Se le acercó a la reina y le echó los pétalos encima de su cabeza. Ella no podía de la risa y su novio tampoco. Quedaron encantados con el detalle”.

También recuerda el dueño del restaurante que Jaime, casi siempre, acompañaba sus almuerzos con una o dos copitas de whisky, al cual llamaba ‘vaquero’. “Entonces qué Bernal ¿nos tomamos unos ‘vaqueritos’?”, decía mientras se acercaba a la barra para sacar a su amigo de allí.

‘El Patio’ fue para Garzón un lugar de buenas tertulias y reuniones. Hablaba de todo. Sus conversaciones iban desde mujeres hermosas hasta la política del país, a la que tanta crítica le hacía.

En aquel restaurante hecho de madera, con luz tenue, música suave y antigüedades, Garzón se reunió con importantes políticos, influyentes periodistas, personalidades de la farándula criolla, escritores y cientos de amigos. Por ejemplo todos los viernes iba con su jefe y gran amigo Yamid Amat.

Cuentan que algunos políticos, al verlo desde la puerta, desistían de entrar a ‘El Patio’. Le tenían miedo.

En el restaurante Garzón también vivió momentos duros. Según la exsenadora Piedad Córdoba, también frecuente visitante del lugar, fue en ‘El Patio’ donde ella le dijo a Garzón que los paramilitares lo querían asesinar. No siempre Jaime estaba de buen humor. Fernando recuerda que hubo días en que llegó triste y cabizbajo. “Él llegaba aquí y mejoraba su estado, se alegraba un poco”.

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