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Armando Benedetti conoció el infierno

Hundirse en las aguas profundas del alcohol y la droga, y salir fortalecido de ellas, le ...

Armando Benedetti

Armando era apenas un adolescente cuando la vida lo agarró a empujones. Antes de los veinte ya había dejado embarazada a su novia, la también barranquillera María Angélica Navarro. Se casaron, tuvieron a Daniela –hoy de 23 años- y antes de los dos años de matrimonio ya se habían separado. Deprimido, el joven hijo del entonces ministro de comunicación pasaba días tomando sin parar. Con el tiempo aprendió que la cocaína le permitía tener más tolerancia al alcohol, así que la sumó al menú de la fiesta. Entonces los días se convirtieron en semanas de un continuo espiral descendente del que solo salió tras un tratamiento intensivo en la Fundación CreSer, dirigida por el sicólogo Miguel Bettín.

Hoy, totalmente recuperado y con una envidiable marca de quince años sin probar la droga y el alcohol, Benedetti narra desde la cima de su carrera política que alguna vez se separó durante treinta días de María Angélica, y que en veintisiete de ellos estuvo envuelto en una vorágine de consumo que casi lo lleva a la tumba. No sería la única vez; en un par de oportunidades se vio involucrado en accidentes de tránsito donde los vehículos en los que viajaba quedaron destruidos –él, inexplicablemente, salió ileso-, y más de una vez quiso enfrentarse a golpes con hombres que estaban armados.

Fue un privilegiado desde niño. Su padre, Armando Benedetti Jimeno, era un hombre de peso en la costa Atlántica. Columnista de El Tiempo y ministro de comunicaciones durante el gobierno de Ernesto Samper, siempre llevó a su hijo durante las correrías en sus aspiraciones al Concejo de Barranquilla y al Senado. Y aunque a su padre nunca le alcanzaron los votos, el joven Armando supo desde entonces que quería dedicarse a la política.

Estudiaba por entonces en el Liceo de Cervantes y ya daba muestras de su habilidad y sagacidad para moverse. Tenía odios y amores extremos, cazaba peleas con quien sabía que podía cazarlas y al mismo tiempo tenía claro de quién había que hacerse amigo. Era un estudiante regular, pero recursivo, no era brillante en ninguna materia, aunque no le iba mal en las humanidades. Si había que copiarse, lo hacía; y si tocaba portarse bien con el profesor para pasar la materia, él organizaba la estrategia, que podía ser, por ejemplo, invitarlo a tomarse unos tragos. Lo que por entonces era un juego casi termina pasándole factura.

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