Armando Benedetti conoció el infierno

Armando Benedetti conoció el infierno

27 de Octubre del 2010

Armando era apenas un adolescente cuando la vida lo agarró a empujones. Antes de los veinte ya había dejado embarazada a su novia, la también barranquillera María Angélica Navarro. Se casaron, tuvieron a Daniela –hoy de 23 años- y antes de los dos años de matrimonio ya se habían separado. Deprimido, el joven hijo del entonces ministro de comunicación pasaba días tomando sin parar. Con el tiempo aprendió que la cocaína le permitía tener más tolerancia al alcohol, así que la sumó al menú de la fiesta. Entonces los días se convirtieron en semanas de un continuo espiral descendente del que solo salió tras un tratamiento intensivo en la Fundación CreSer, dirigida por el sicólogo Miguel Bettín.

Hoy, totalmente recuperado y con una envidiable marca de quince años sin probar la droga y el alcohol, Benedetti narra desde la cima de su carrera política que alguna vez se separó durante treinta días de María Angélica, y que en veintisiete de ellos estuvo envuelto en una vorágine de consumo que casi lo lleva a la tumba. No sería la única vez; en un par de oportunidades se vio involucrado en accidentes de tránsito donde los vehículos en los que viajaba quedaron destruidos –él, inexplicablemente, salió ileso-, y más de una vez quiso enfrentarse a golpes con hombres que estaban armados.

Fue un privilegiado desde niño. Su padre, Armando Benedetti Jimeno, era un hombre de peso en la costa Atlántica. Columnista de El Tiempo y ministro de comunicaciones durante el gobierno de Ernesto Samper, siempre llevó a su hijo durante las correrías en sus aspiraciones al Concejo de Barranquilla y al Senado. Y aunque a su padre nunca le alcanzaron los votos, el joven Armando supo desde entonces que quería dedicarse a la política.

Estudiaba por entonces en el Liceo de Cervantes y ya daba muestras de su habilidad y sagacidad para moverse. Tenía odios y amores extremos, cazaba peleas con quien sabía que podía cazarlas y al mismo tiempo tenía claro de quién había que hacerse amigo. Era un estudiante regular, pero recursivo, no era brillante en ninguna materia, aunque no le iba mal en las humanidades. Si había que copiarse, lo hacía; y si tocaba portarse bien con el profesor para pasar la materia, él organizaba la estrategia, que podía ser, por ejemplo, invitarlo a tomarse unos tragos. Lo que por entonces era un juego casi termina pasándole factura.

Ya por esos días participaba en los llamados Martes de Benedetti, célebres tertulias semanales organizadas por su padre donde un grupo de amigos se reunían a desarmar el país y volverlo a armar, y que ha contado a través del tiempo con personajes ilustres de la talla de Juan Lozano, Germán Vargas Lleras, Enrique Santos, Álvaro Uribe y el alcalde de Barranquilla de turno. Entrada la noche, la polémica le abría paso a la fiesta; en una de ellas los ánimos se caldearon de tal manera que el joven Armando, influenciado por el trago, se fue a los golpes con su padre.

Los martes de Benedetti le permitieron a Armando conocer a gente influyente que le ayudaría en su carrera política, pero también pusieron lo suyo para condenarlo a una dura etapa de drogadicción y alcoholismo que se extendió durante doce años.

Sus rumbas eran ya famosas en Barranquilla y con ellas se fue a Bogotá cuando entró a estudiar comunicación social en la Universidad Javeriana. Con la gran ciudad llegaron problemas mayores. Con la droga, Armando ya no buscaba peleas, sino que se ponía a hablar, el problema del asunto es que el guayabo después de la fiesta era tan insoportable que no lo dejaba dormir, lo que lo llevó a consumir tranquilizantes. Todo se convirtió en un círculo vicioso que incluía un insoportable dolor en todo el cuerpo, escalofríos y depresiones profundas que lo postraban días enteros en una cama.

Cuando no pudo más con el ritmo de vida que llevaba, decidió ir al despacho de su padre. Entonces, recostado en el sofá que estaba al frente del escritorio, decidió, en un último intento desesperado, pedir ayuda. “Mi padre no me creyó, pero no lo culpo”, dice sin ningún atisbo de rencor el hoy presidente del Congreso de la República. Decidió entonces acudir a Genoveva, su madre, quien lo puso en contacto con Miguel Bettín, que ya desde entonces tenía fama por sus eficaces métodos para combatir la drogadicción y el alcoholismo.

Despojado de todo perjuicio, Armando se internó en la vieja casona del norte de Bogotá donde funciona el centro Pide Ayuda, de la Fundación CreSer. Fuero semanas de lucha, de flaquear varias veces hasta llegar a un punto de equilibrio; semanas donde le cambiaron la dieta, los hábitos, los amigos; semanas en las que tuvo que aprender a dormir sin pastillas y a vivir sin estimulantes. Semanas en donde vio a muchos de sus compañeras de terapia quedarse en el intento. Armando atravesó el umbral y hoy puede decir orgulloso que lleva quince años limpio. Sus noches de fiesta las cambió por mañanas de tenis en el América Tenis Club.

Desde que dejó las drogas ha hecho de todo, cada cosa un escalón por encima de la anterior. Fue coordinador de Telecaribe, reportero de televisión del noticiero QAP, miembro de la redacción de El Tiempo, secretario general del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte, vicepresidente de Ecosalud, asesor de la Asamblea Nacional Constituyente, Representante a la Cámara por Bogotá, Concejal, Senador de la República y actualmente es el presidente del Congreso.

Pese a estar en la cima de su carrera, no olvida de donde viene, ni el infierno que le tocó vivir. De allí el origen de muchos de sus proyectos como concejal y luego congresista. Por iniciativa suya se estableció como obligatorio en todos los colegios de Bogotá los talleres de prevención contra los efectos nocivos del alcoholismo, el cigarrillo y la drogadicción.

Hace poco, la Universidad del Norte, en Barranquilla, organizó un gran homenaje en su honor que contó con la presencia de Germán Vargas Lleras, hoy ministro del interior y de justicia. En el acto, Benedetti recibió distinciones de las gobernaciones del Atlántico y del Magdalena, de la Universidad del Norte y del Distrito de Barranquilla. Las medallas no le cabían en el pecho. Fue una noche de gloria, y Armando sabe que para poder disfrutar de ella tuvo que vivir muchas otras que fueron de pena.