Tras la sombra del capitán

17 de agosto del 2016

La historia no contada del policía Ányelo Palacios Montero.

Tras la sombra del capitán

Por: @Mauriciocp88

El aspirante a oficial de la policía Ányelo Palacios se paró frente a la imponente entrada de la Escuela de Cadetes General Santander. Era la primera vez que estaba en la capital. Era la primera vez que salía de su departamento (Norte de Santander) y una de las pocas que salía de Toledo, “un pueblo que ha parido generales”.

Las piernas le temblaban. Una mezcla de emociones se apoderaron de él en ese momento y lo único que pudo hacer para desahogarse fue llorar. Lloró de felicidad y miedo, pero sobre todo de tristeza. Los otros recién aceptados a cadetes de la Policía estaban acompañados, sus familiares los despedían. Él estaba solo.

Palacios, como empezaron a llamarlo desde que pisó la General Santander, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, ni quería ni soñaba con ser policía, es más, odiaba a los policías. Su sueño siempre fue y siempre ha sido ser médico. Hoy, cuando tiene un pie afuera y uno adentro de la institución, aún piensa lograrlo.

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El odio de Ányelo hacia los ‘aguacates’, como popularmente apodan a los policías y como él los llamaba, nació paradójicamente uno de los días más felices de su vida. Tenía 16 años. Él recuerda que su mamá les compraba con sacrificio, a él, a sus dos hermanas y a su hermano, una muda de ropa al año. Para la época el jean Diesel estaba de moda y varios amigos de Ányelo lo lucían; en su familia no había presupuesto para tal lujo, pero su madre quiso darle uno de regalo porque era el hijo que más le ayudaba en el restaurante y también porque aunque un poco indisciplinado académicamente era excelente estudiante.

No sin antes llenar de besos a su mamá, el joven de 16 años se puso el jean y salió corriendo hacia el parque donde todas las tardes se reunía con sus amigos a charlar en una banca de cemento. Ese día quería mostrar que tenía uno de esos pantalones finísimos. Cuando Ányelo y un par de amigos se sentaron, sintieron que la superficie estaba húmeda. Un par de policías del pueblo que los observaban se echaron a reír. Los uniformados habían rociado aquel cemento con aceite quemado y al momento de Ányelo levantarse el Diesel nuevo chirrió. Ese día hasta ahí llegó su felicidad.

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Ányelo se atacó a llorar, se paró delante de los policías que seguían riendo y les gritó con odio todas las groserías que se sabía. Nadie podía calmarlo. Él era consiente que su mamá no podría comprarle otro pantalón igual. Fue precisamente doña Flor quien al verlo tan exaltado contra la autoridad le asentó una bofetada y lo entró a empujones. Palacios nunca le perdonó a los policías esa humillación.

“Nosotros vinimos a esta tierra a sufrir”, era la frase que constantemente decía su hermana Maribel, la mayor de los cuatro, ella murió hace unos años por un cáncer en la cabeza. Aunque Ányelo no estaba de acuerdo con ella, sabe que la mujer, que fue su segunda mamá, tenía algo de razón.

A diferencia de lo que muchos piensan, el capitán Ányelo Palacios Montero, a quien hoy algunos altos mandos quieren sacar a toda costa de la institución, no nació, como la mayoría de oficiales del país en cuna de oro, ni siquiera tuvo cuna. Nació en diciembre de 1984 en Cúcuta, Norte de Santander. Es el menor de cuatro hermanos (dos mujeres y dos hombres). Su padre, Ubaldo Palacios, un mujeriego empedernido, los abandonó cuando estaba muy pequeño, después de que intentara violar a Maribel, su propia hija. A la niña, que tenía unos 15 años, la salvó el otro hermano de Ányelo, quien siendo también un niño se le enfrentó a su papá.

Anyelo Palacios

Días antes del intento de violación a la niña, doña Flor, que esperaba su quinto hijo fue atacada por Ubaldo y una de sus amantes, que llegaron a la humilde casa que Flor tenía con el padre de Ányelo, para obligarla a salir de allí. Entre los dos le propinaron una paliza tan dura que la señora permaneció más de seis meses hospitalizada en cuidados intensivos y el bebé que esperaba murió.

Los cuatro hermanos Palacios Montero, comandados por Maribel, con su mamá hospitalizada entre la vida y la muerte, tuvieron que abandonar la casa y lograron llegar a Toledo, a donde la abuela materna. Pero allá la existencia de los niños fue un infierno, tíos y primos les hicieron la vida imposible. Los golpearon, los humillaron, pasaron días sin comer, los metieron en tanques llenos de agua helada.

Maribel cogió a sus tres hermanos y pidiendo ayuda en la calle se devolvió para Cúcuta. No sabía para dónde coger, igual no tenía opción alguna. Los cuatro niños llegaron hasta el hospital en el que doña Flor llevaba poco más de un mes internada y se sentaron en una banca ubicada frente al edificio. Esa banca, cubierta con cartones fue la cama y la casa de Ányelo Palacios, que tenía unos cinco años. Maribel dejaba a los niños con la orden de no moverse de ahí y se iba para los restaurantes cercanos a pedir sobras de comida, así alimentó a sus hermanos.

Doña Flor cuenta que estando en el hospital un día se asomó a una de las ventanas y sin saber que eran sus hijos, vio a cuatro niños durmiendo en la banca ubicada a un costado del edificio. La tristeza se apoderó de ella y la fuerza para salir de allí se intensificó.

Pasados algunos meses Maribel, a veces acompañada por sus hermanos, empezó a vender dulces en la calle. Lo hacía durante todo el día y así pudo conseguir dinero con lo que arrendó una empobrecida habitación en la que solo había nada.

Cuando doña Flor, hoy de 65 años, salió del hospital con la poca plata que su hija tenía, compró a plazos una carreta en la que recorría toda Cúcuta vendiendo fruta. Siempre con sus cuatro hijos al lado, como unos paticos junto a la mamá pata.

Poco después, cuando Ubaldo volvió a aparecer, doña Flor agarró a sus hijos y se fue para Toledo, y en contra de sus propios hermanos que intentaron hacerle la vida imposible se hizo cargo del restaurante de su mamá. Aunque el negocio no daba muchos ingresos sí podía garantizarles una vida digna a sus hijos.

Capitán Anyelo Palacios

Quienes conocen a Ányelo Palacios pueden decir que en Toledo, junto a sus hermanos y a su mamá, las personas por las que da la vida, creció feliz. Quienes conocen a Ányelo Palacios también pueden asegurar que haber ingresado a la policía fue lo peor que le pudo haber pasado a ese tímido y humilde joven de pueblo. Las mismas personas que conocen a Ányelo Palacios pueden decir que medir 1.89 metros, tener los ojos claros y ser simpático fue su maldición dentro de la Escuela de Cadetes General Santander. Esas personas, las más cercanas al hoy capitán Ányelo Palacios Montero, quienes conocen sus secretos más íntimos y quienes han estado junto a él, lanzaron esas afirmaciones y fueron quienes hicieron verdad esta historia, porque Ányelo Palacios, por ser un policía activo no puede dar declaraciones a la prensa ni conceder entrevistas sin el visto bueno de sus superiores.

Para ingresar a la escuela de oficiales su mamá se endeudó en siete millones de pesos, los gastos siguientes eran superiores a esa cifra, pero ni ella ni él no lo imaginaron tan costoso. Pasado el primer semestre en la institución el cadete Palacios Montero sacó unas de las primeras calificaciones. Él estaba feliz pero su mamá en Toledo no.

Cuando entregaron las notas, Ányelo, de 17 años, llamó a doña Flor para contarle que era uno de los mejores y que si seguía así el siguiente semestre podría aspirar a la beca. Su mamá, después de escuchar la emoción del adolescente, le confesó que no tenía plata para enviarle ni mucho menos para pagar el siguiente semestre que costaba alrededor de tres millones de pesos y que la mejor opción era dejar la carrera de policía botada. Ányelo se negó.

Después de literalmente habérsele arrodillado al director de la escuela para que no lo sacara por no haber cancelado el semestre, logró hacer con él un trato. Palacios podía salir todos los fines de semana a cambio de cuatro horas diarias de guardia en las garitas.

Tenía que buscar dónde dormir mientras estaba fuera de la escuela y fue a parar a donde unos tíos que vivían por los alrededores de la Universidad Javeriana, en Chapinero. Pero una vez más las humillaciones. Ahora por parte de sus primos capitalinos, no se hicieron esperar. Terminó durmiendo sobre cartones y cobijas en la humilde casa de la señora que les lavaba la ropa a sus familiares encopetados, quien le ofreció posada al encontrárselo llorando en la calle.

Para poder reunir lo del semestre, empezó a trabajar cuidando carros en el parque de la 93, en el norte de la ciudad. Luego una señora de ese sector lo contrató como portero de una de sus discotecas y luego administró el lugar por unos meses, hasta que la señora vendió la discoteca y tuvo que volver a cuidar carros mientras conseguía un trabajo de fines de semana que le ayudara a pagar su semestre.

El inicio del infierno

En 2004, cuando estaba en tercer semestre y durante una formación, Palacios vio que el dedo de un coronel que no hacía parte de la escuela lo señaló. Era el coronel Jerson Jair Castellanos, el oficial que, según dijo Palacios en algunas entrevistas, era la cabeza de la red de prostitución gay en el interior de la escuela de oficiales.

En ese primer encuentro, Castellanos, hoy coronel retirado, se llevó a Palacios y a otros cadetes para el Congreso de la República como abanderados. Tenían que pararse en el segundo piso del recinto junto a unas banderas.

Al terminar esa extraña jornada, Castellanos llamó a Palacios a su oficina y allá intentó romper el hielo con el joven hablándole sobre Norte de Santander, el departamento que también vio nacer al coronel. Desde ahí lo llamó su paisano. La conversación fue incómoda para el cadete de 18 años porque Castellanos le preguntó por sexo, erecciones y penes.

Anyelo palacios-P

Aunque Ányelo sabía de qué le hablaban no podía ocultar su vergüenza porque él era virgen. En Toledo tuvo un par de novias pero con ellas solo unió los labios unas cuantas veces. Era un campesino tímido que no tuvo tiempo de conocer los placeres carnales.

Ocho días después Castellanos lo sacó a las malas de la escuela, lo drogó y Ányelo apareció al siguiente día acostado en su catre en la General Santander. El joven cadete fue violado. No sabe por quién o quiénes. Porque cuando Castellanos lo subió a una habitación en el club de la policía y lo tiró a la cama Palacios perdió el conocimiento. Solo recuerda que el coronel le dijo a otro hombre que estaba en esa habitación. “Ahí se lo dejo como lo quería”. Así se lo contó Ányelo Palacios a la Fiscalía en 2013 cuando denunció al coronel Jerson Jair Castellanos por abuso sexual con persona indefensa, proceso que fue archivado.

Ányelo Palacios no volvió a ser el mismo de antes. Se volvió callado, amargado y solitario. No sabía cómo hacerlo pero empezó a fumar con desespero. Quiso matarse con el fusil de guardia pero el pensar en su mamá se lo impedía. Lloraba todo el tiempo. No entendía por qué tenían que haberle hecho lo que le hicieron. No entendía por qué la vida se había ensañado con él y con su familia. Porque el daño que le hicieron a él repercutió años después en su familia.

Castellanos buscó una vez más al cadete Palacios y le ofreció dinero, moto, relojes, ropa, todo a cambio de que se “portara bien” con él y con algunos poderosos políticos y altos mandos de la policía que al parecer eran los clientes del coronel. Palacios rechazó la oferta y a cambio le dijo al coronel que lo dejara en paz, que si seguía molestándolo, persiguiéndolo o si se volvía a cruzar en su vida lo denunciaría. Lo único que Castellanos le recordó al cadete fue la diferencia de rangos y que si abría la boca sería la palabra de un pobre alférez contra la de un reconocido y respetado coronel de la policía.

Cuando se graduó como oficial de la policía su primer trasladado, ‘extrañamente’, fue para el Congreso de la República. Él lloró, rogó, suplicó para que le cambiaran de función. Lo mandaron para San Antonio del Palmito en Sucre y luego fue a parar a San Marcos también en Sucre, ambos sitios alejados, donde le hicieron la vida imposible, al parecer, por recomendación del reconocido coronel Jair Castellanos.

Gracias a un positivo muy bueno que hizo, en el que confiscó una avioneta repleta de cocaína, se ganó el respeto de su jefe directo quien le confesó haber sido orden de Castellanos montársela para obligarlo a pedir la baja. Ese comandante, en premio a su buen desempeñó lo ubicó en Cúcuta, donde podía estar cerca de su madre.

Palomino

Al general Rodolfo Palomino lo conoció cuando el alto oficial era comandante de Tránsito y Transportes de la policía. Palacios, que era teniente, llegó hasta la oficina del general porque Maribel, su hermana mayor, tenía cáncer cerebral. Estaba muy enferma y él necesitaba ser trasladado con urgencia para la capital.

El general Palomino se levantó de su silla, se puso detrás del teniente quien estaba sentado y con la mano en el cuello de Palacios le dijo “pórtese bien conmigo, usted sabe cómo es”. Al parecer ese ‘favor’ haría fácil el traslado de Cúcuta a Bogotá. La respuesta negativa de Palacios habría molestado al general Palomino, quien a grito entero lo sacó de la oficina y le vociferó que se iría trasladado para el Putumayo y que esa era su orden. Esto se lo contó a KienyKe.com una persona cercana a Palacios, testimonio que alimenta esta crónica.

Por intervención del subcomandante de tránsito de la época, y desobedeciendo la orden de Palomino, Palacios pudo quedarse en Soacha. Lo único que no podía hacer el teniente era dejarse ver del general, pero por desgracia eso ocurrió meses después. El coronel se ganó un regaño y el teniente fue trasladado a los puntos más recónditos de tránsito de Cundinamarca.

Palacios fue envuelto en una investigación disciplinaria por presuntamente pedirle dinero al dueño de un parqueadero al que se llevaban carros inmovilizados. Ányelo fue hallado culpable en primera instancia y destituido e inhabilitado por 12 años. La procuraduría tumbó el montaje y lo absolvió por no haber méritos en su contra. Al parecer querían sacarlo por la puerta trasera y no pudieron.

La semana pasada, otra investigación disciplinaria por presuntamente pedirle soborno a un comerciante de Florencia, Caquetá, donde Palacios fue comandante de estación, volvió a ser hallado culpable y una vez más fue destituido en primera instancia e inhabilitado por 12 años. La defensa del capitán espera que la procuraduría tome el proceso y vuelva absolver al oficial, porque según la defensa las pruebas en contra de Palacios están montadas sobre falsos testimonios.

Quien denunció a Ányelo Palacios, el señor Mauricio Hernández, lo hizo, según narra la defensa, un año después de supuestamente haber ocurrido los hechos, en los que el oficial, según la queja ciudadana del señor Hernández, recibió tres millones de pesos de soborno para no sellarle el local comercial de bebidas alcohólicas.

Palacios tiene pruebas de que él como autoridad actuó conforme a la ley y selló en varias ocasiones el local del señor Hernández, que fue detenido hace poco por identificarse con documentación falsa.

Esa denuncia, que al parecer fue montada con colaboración de algunos policías, es la que tiene al capitán a un paso de ser destituido de la policía. También dice la defensa de Ányelo Palacios que el oficial que investigó el caso y falló en contra del capitán es coronel Herney Moreno, buen amigo de Rodolfo Palomino y sería el inspector que investigó y absolvió hace unos cuantos meses al coronel Jorge Evelio Palomino, hermano del general Palomino, en un tema de corrupción; al capitán Jhon Jorge Lasso Lara, asistente personal de Palomino y al mayor Quintero, también asesor del general Rodolfo Palomino.

Ányelo Palacios denunció penalmente por dos razones, la primera porque se dio cuenta que su caso de violación era conocido ya por varias personas que pretendían acercarse a él con intensión sexual y la segunda porque en 2014 un derrame cerebral que sufrió le confirmó que tenía la misma enfermedad de la que su hermana Maribel había fallecido años atrás y no quería llevarse ese secreto a la tumba.

Luego de denunciar lo que le ocurrió, desde la policía han hecho más complicada su vida. Fue secuestrado durante dos días y se le logró escapar de los bandidos; es un caso que ha sido ampliamente documentado por la prensa y que no vale la pena repetir en estos párrafos. Pero según cree, ese secuestro también tiene que ver con todo lo que ha dicho ante las autoridades y medios de comunicación.

Desde el día en que Ányelo fue abusado, perdió todo interés por las relaciones de pareja. Aunque ha intentado tener novia, su trauma lo hace alejarse de las mujeres. El asunto es más complejo desde que todo el mundo asume que es homosexual, versión que tomó fuerza tras la publicación del video en el que se le escucha tener una conversación sexualmente explícita con el ex viceministro del Interior, Carlos Ferro.

Ese video ha sido uno de los hechos mediáticos que más ha marcado su vida. En la cinta, que habría sido publicada sin su autorización, y grabada en 2008, se puede ver a Ferro, un hombre con una trayectoria política de 15 años, casado y con hijos, manteniendo una conversación íntima con el capitán Palacios, en donde hay insinuaciones homosexuales directas de parte y parte.

Palacios grabó el video porque Ferro fue otro de los hombres que al parecer sabía lo que le había ocurrido con Castellanos a sus 18 años y habría intentado insistentemente mantener con él una relación íntima.

A diferencia de lo que la gran mayoría de personas creen, aseguran, señalan y condenan, Ányelo Palacios Montero no es homosexual, no es gay, no es marica. “Soy un hombre al que violaron a los 18 años y que por haber sido abusado no cambié de condición sexual”, se lo dijo el propio Palacios a KienyKe.com hace algunos meses en medio de un una conversación informal.

Ányelo, cansado de la situación y de que todos los amigos de Castellanos lo buscaran para lo mismo: tener sexo, compró en San Andresito un reloj con cámara espía que le costó 150 mil pesos y esperó pacientemente el momento para grabar al en ese entonces senador de la República. Era una especie de venganza y Ferro, a quien según el video le gustan los hombres, sería su víctima.

Ányelo dijo que estaba actuando como el personaje que Ferro quería tener a su lado en ese momento, un joven que se dejara cortejar y con quien pudiese tener sexo. El oficial sabe que nadie investigará por él y por eso buscaba pruebas para respaldar la denuncia por violación hecha contra Castellanos y dijo que si le hubiese tocado llevarlo a una residencia lo hubiese hecho.

El capitán Palacios soñaba, como la mayoría de jóvenes, con tener esposa e hijos. Él también quería tener una familia, pero desde que fue violado,esa parte de su vida se la robaron. Hoy en día a él no le interesan las mujeres, las admira pero no las desea, tampoco desea a los hombres porque no es gay, y si lo catalogan así por haber sido abusado o por intentar recopilar sus pruebas contra la supuesta red de prostitución que le dañó la vida a él no le importa. Desde que su familia esté a su lado lo demás le tiene sin cuidado.

Hoy, cinco días después de haber culminado las entrevistas para escribir este texto, Ányelo Palacios, de 31 años, está internado en la clínica de la policía. Según las informaciones de prensa, el oficial habría intentado suicidarse al consumir un indeterminado número de pastillas. Fue hallado inconsciente en la habitación en la que duerme en el apartamento de una tía, en el centro de Bogotá.

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