Confesiones de Pablo Escobar a ‘Popeye’
Obviamente seguí con mi esposa. ¡Ni guevón que fuera! a María Victoria la conocí cuando yo no tenía un peso en el bolsillo, en esa época me quiso pobre y sin plata, y ahora rico y con problemas me sigue queriendo igual. Eso es amor. Y pensar que yo la enamoré dedicándole canciones y regalándole chocolatinas. En cambio esta vieja me conoció con dinero y poder; no estaba claro qué tan enamorada estaba de mí o del mito Pablo Escobar.
–¿Y si a Elsy le entró la ambición, qué le pasó a Wendy? –le pregunté.
–A Wendy le picó el mismo bicho, aunque a ella le dio algo peor: celocitis aguda , casi mortal. Cuando me veía con otra mujer me tiraba el carro. Estaba tan loca que una vez se atrevió a chocarme y hacerme un escándalo en plena calle. Se le corrió la teja. Me tocó amenazarla: ¡Si me sigue persiguiendo se muere! –le dije– pero por un oído le entró y por el otro le salió. Esa es una mujer intensa en todo el sentido de la palabra. No la mandé a pelar porque encontré otra forma para alejarla de una vez por todas.
Pablo se quedó pensativo, su penetrante mirada se fue al vacío y tomó otro sorbo de café con leche. Sentí que ese tema se había cerrado y nunca pregunté qué método usó para apaciguar a la fiera en la que Wendy se había convertido. En la mafia hay cosas que es mejor no saber ni preguntar, aunque ese dato, tiempo después, me hubiera ahorrado un gran dolor de cabeza. Todo lo malo y lo bueno de esta mujer se me revelaría de la peor manera posible para un hombre enamorado. Más adelante lo descubrirán y me darán la razón.
Acompañé a Pablo en su silencio y cuando lo consideré prudente cambie el tema, le hice un comentario sobre su creciente guerra contra la extradición de colombianos a los Estados Unidos.
–Patrón, y hablando de todo como los locos, las declaraciones más duras contra usted, son las del senador Luis Carlos Galán. Ese político no sabe el enemigo qué se está echando encima –le dije.
–Galán está atizando una vieja hoguera, el tiene una deuda conmigo pero mientras no sea un presidenciable con opción, no vale la pena saldarla.
–Patrón, ¿cómo comenzó la pelea entre usted y Galán?
–Traiga otro café con leche y lo actualizo –me dijo. Pablo me contó los antecedentes de una guerra en la que yo tendría mucho que ver, pero a la cual llegue muchos años después de iniciarse.
–Todo comenzó cuando a Luis Carlos Galán se le ocurrió hacer política destruyendo mi corta carrera de congresista, ¡es que no había comenzado y ya Galán me estaba casando la pelea! –exclamó Pablo, bebió otro poco de café, y continuo sin pausas.
–El dos de febrero de 1982 el líder del Nuevo Liberalismo descalificó la lista del Movimiento de Renovación Liberal de Antioquia que me incluía a mí en el primer renglón de suplencia para el Congreso. El principal era el político Jairo Ortega. El golpe fue duro, yo compartía los ideales del Nuevo Liberalísimo, de hecho nuestro movimiento estaba avalado por Luis Carlos Galán, pero después de la descalificación quedamos muy mal parados ante la prensa, ¡aunque jamás ante la gente! El pueblo antioqueño estaba con nosotros. La carta de Galán dirigida a Jairo Ortega fue una declaración de guerra, palabras más palabras a menos, decía algo así: “No podemos aceptar vinculación de personas cuyas actividades estén en contradicción con nuestras tesis de restauración moral y política del país. Si usted no acepta estas condiciones yo no podría permitir que la lista de su movimiento tenga vinculación alguna con mi candidatura presidencial”.
El movimiento lo financiaba yo y Jairo no tuvo otra opción que buscar otro movimiento liberal al cual adherirse para poder continuar con la campaña hacia el Congreso. La reacción fue inmediata, al instante nos vinculamos al movimiento Alternativa Popular, que presidía ‘el Santo’, el senador Alberto Santofimio Botero, rival político y generacional de Galán dentro del liberalísimo.
Luis Carlos Galán libró una dura batalla contra Pablo Escobar.
Todas mis propiedades, incluyendo la hacienda Nápoles, los aviones y helicópteros, fueron puestos a servicio de Santofimio y nuestro grupo político. Luego Galán volvió y atacó, esta vez en mi propia casa. En una manifestación política en Medellín me repitió la dosis, y a mí me tocó aguantarme el ‘barillazo’. Ante tal golpe político, y en plena campaña sólo se me ocurrió decir que era un asunto normal en una contienda electoral.
Le di la vuelta a la crítica porque le eché la culpa a la oligarquía, a los políticos de siempre que sólo rajaban, comían prójimo y no hacían nada. En cambio yo sí tenía algo qué mostrar, todas mis obras, las canchas de fútbol, el polideportivo, los barrios de trescientas casas que construí y la ayuda que le di a la gente a través de mi fundación ‘Civismo en marcha’ y ‘Medellín sin tugurios’. Mientras más palo nos daban, más plata le invertía a la gente pobre. Desde enero de 1979 yo venía aliviando el hambre del pueblo antioqueño. Muchos habitantes vivían en los basureros de la ciudad; otros eran obreros. Era una base fuerte, las clases menos favorecidas me veían como su benefactor y salvador.
–Huy, ‘Patrón’, yo me acuerdo de eso, y no se me olvidará nunca cuando en la revista Semana le decían a usted en la portada: ‘El Robin Hood Antioqueño’. Aún no tenía el gusto de conocerlo, Patrón; sin embargo ya lo admiraba a la distancia. La primera vez que hablamos fue cuando era conductor de Elsy Sofía, pero la primera vez que lo vi a usted, acababa de salir al balcón de su casa en la hacienda Nápoles. Yo estaba recién retirado de la policía y sin hacer nada, hasta que me salió un puesto de ayudante de electricidad. Una vez me tocó arreglar el toro mecánico que ‘el Patrón’ tenía en el centro de la piscina, usted se veía imponente con las dos manos apoyadas en el barandal y divisando ese paraíso. Desde ese largo balcón se veía todo su zoológico.
–No exageres hombre, Pope, la hacienda es muy grande como para poder verla desde un solo lugar, pero mejor no nos salgamos del tema. El cuento es que Luis Carlos Galán ganó una curul en el Senado de la república y así quedo planteada la guerra en un terreno que nunca me fue favorable, un lugar al cual nunca pertenecí, al que quise entrar y no me dejaron. Yo era un novato en el congreso y Galán estaba en su salsa, era su territorio.
–Patrón, con todo respeto y perdone que meta tanto la cucharada, ¿sí es verdad que al llegar al capitolio, se le olvidó llevar corbata y como allá sólo puede entrar uno disfrazado de pingüino, le tocó pedir una prestada? –le pregunte sonriendo, traté de suavizar mi impertinencia.
–El que le contó el chisme no miente. Así fue –me contestó de buen humor. Yo iba muy bien vestido pero sin corbata, nunca me gustó usarla, además con el tiempo se convirtió en el símbolo de mis enemigos, los políticos a las órdenes de la DEA y no al servicio de los colombianos.
Alberto Santofimio, por entonces uno de los políticos con más proyección, fue muy cercano a Escobar.
Luis Carlos Galán y su escudero, el ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla, fueron los primeros. En el congreso me hicieron la vida imposible, escarbaron en mi pasado y me humillaron en público, acusándome de asesino y narcotraficante. Ellos, junto a los gringos, fueron los autores intelectuales de mi única derrota en la vida: mi salida a sombrerazos de la Cámara de Representantes. Lograron sacarme, me ganaron una batalla, ¡más no la guerra!
Antes de iniciarse el ataque político de Galán y su gente en el Congreso, yo combinaba las actividades de narcotráfico con las de la política y gozaba de inmunidad parlamentaria. En Medellín había comprado los mejores lotes del barrio El Poblado. Allí construí muchos edificios, entre ellos el mío, el famoso edificio Mónaco, donde fijé mi residencia en el penthouse; el resto del edificio me gusta mantenerlo desocupado, a excepción del apartamento de ustedes, la escolta de mi familia y, por supuesto, mis hombres.
Yo había llegado a la política precedido de un gran número de inversiones en la vida económica de la ciudad. Gran parte de la élite paisa, los poderosos de la ciudad, en un comienzo me permitieron el ingreso a la vida política y económica, más por conveniencia que por miedo.
–¿Dígame a qué paisa no le gusta el billete, ‘Popeye’?
–A todos, Patrón, les gusta tanto o más que la arepa –le contesté.
Pablo continuó sonriente.
–Yo invertía gran cantidad de dinero en propiedad raíz. La construcción se disparó y la propiedad se encareció. Los banqueros me buscaban para que moviera mi dinero en los bancos. La plata de la droga cambió la vida de la ciudad y una nueva clase social emergió sobre los ricos tradicionales, quienes nos buscaban para vendernos sus quebradas industrias y sus tradicionales propiedades al triple de su valor real. Nosotros pagábamos en efectivo, contante y sonante. A ellos les encanta la platica que huele a nuevo, en especial si son verdes. Los automóviles de lujo no eran exclusividad de los mismos de siempre. Las discotecas se convirtieron en lugar de encuentro entre nosotros y las más bellas mujeres, la mayoría de ellas se dejaban tentar por cuanto mafioso aparecía, algunos “traquetos” fundaron los más ostentosos sitios de baile y comenzó una desaforada cultura consumista. Uno de esos efectos raros que tuvo la abundancia de dólares en la ciudad, fue que a los centros comerciales terminaran llamándolos Malls, como les dicen en Miami. La cultura del dinero fácil invadió la ciudad.
Páginas: 1 2
Etiquetas:


