Jorge-Hané

El hombre que engordó un negocio con pastillas para adelgazar

Cuando se bajó del avión sintió una ráfaga de aire caliente sobre su rostro. Parecía un extranjero en su tierra: camisa, pantalón y zapatos negros, gafas oscuras y acento neutro con esa tonalidad de locutor que los televidentes escuchan varias veces al día en los principales canales de televisión nacional. Después de treinta años de ausencia, Jorge Hané por fin regresaba a Barranquilla

Luego de recorrer más de cien países impulsando su marca de pastillas dietarias Reduce Fat Fast, y de ser llamado el gurú de adelgazamiento en el mundo, volvió a recoger los pasos de su infancia de la mano de su esposa la ex modelo argentina Florencia Hané.

En la fila para recoger el equipaje, una señora, después de confirmar que el hombre era el mismo de los comerciales de televisión, soltó una exclamación que obligó a los viajeros a mirar al recién llegado “No joda, por fin regresaste a tu tierra”.

Al recorrer las calles vio nuevos edificios y nuevos centros comerciales. Mientras él envejecía la ciudad parecía renovarse. Su esposa, que pensaba encontrarse con un sitio pequeño, quedó encantada con las altas edificaciones, tiendas y restaurantes. Por el verano, se salvaron de los arroyos o ríos que recorren la ciudad cada vez que cae un aguacero.

Hané recordaba la dirección de su casa, fue hasta allí y advirtió entonces que el tiempo suele ser implacable con los recuerdos. El antiguo edificio donde se crió Jorge Hané estaba convertido en una bodega de ensamblaje de ventiladores. Viendo que la puerta estaba abierta, entró; seis trabajadores levantaron el rostro y se miraron entre sí para saber si alguno sabía por qué estaba extraviado en ese taller un personaje famoso seguido de una mujer alta con porte de modelo. El gurú del adelgazamiento les explicó que allí funcionaba una agencia de carros que manejaba su padre.

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Después de 30 años, Jorge Hané volvió a Barranquilla, su ciudad natal.

Luego le dio una mirada a su pasado observando el presente y empezó a describirle a su esposa dónde estaban los cuartos, la sala y la ventana por dónde se imaginaba que salía volando creyéndose Supermán cuando tenía 6 años. Ella lloró. En la época en que él era niño, y luego cuando creció y era un muchacho rubio de ojos azules que manejaba carros de marca Porsche, Florencia aún no había sido concebida. La pareja se lleva 27 años de diferencia.

Dos décadas antes de que Florencia naciera, Jorge Hané acompañaba a su padre a Bocas de ceniza a pescar en una lancha de madera. Era un niño rubio, blanco, casi albino que debían mantener con capas de bloqueador para que el sol no lo convirtiera en un camarón humano. Mientras el padre pescaba, el niño permanecía al lado de un muchacho a quien llamaban sándwich porque en vez cobrar dinero, pedía emparedados.

Recordando esos momentos de pesca en la niñez con su padre, se dirigió al club de pesca. Un viejo que lo vio de lejos le extendió una sonrisa y corrió a recibirlo. Jorge pensaba que era un admirador, al fin y al cabo es el gurú. Su esposa, acostumbrada a los abrazos de las mujeres agradecidas y los maridos aún más agradecidos por ver a sus mujeres con mejores cuerpos, esperó la llegada del viejo. “Don Jorge, cómo se pasa la vida. Yo era el que le aplicaba el bronceador cuando usted era un pelao”. Hané le preguntó si lo había reconocido por los comerciales. “No joda, yo no tengo televisor. Simplemente lo reconocí”.

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