Gilma Jiménez, la senadora que sí pensó en los niños

29 de junio del 2013

Fumaba 30 cigarrillos al día, soñaba con trabajar en el ICBF y desde joven se valió por sí misma.

Gilma Jiménez, kienyke

La senadora por el Partido Verde falleció en Bogotá tras una semana de permanecer hospitalizada en la clínica Country. Durante su vida política tuvo como bandera la lucha por los derechos de los niños, lo que le valió el apoyo y el reconocimiento de la opinión pública frente a un tema tan sensible e importante para el país.

Esta caldense se hizo a sí misma apunta de coraje y disciplina y que llegó al Senado en el 2008 con la bandera de la defensa de los niños.

Contra el maltrato infantil

La mayoría de los ciudadanos que votaron por Gilma Jiménez lo hicieron por su lucha contra el maltrato infantil. En 2008, durante su segunda campaña al Concejo, fue la mayor votación liberal en Bogotá, con 18.000 votos. Cuatro años más tarde en su aspiración al Senado, de la mano del Partido Verde, obtuvo 217.000, la mayor votación de esas elecciones. Fue ella quien, desde la secretaría de Bienestar Social del Distrito, construyó la red de jardines sociales, en 2004. Contribuyó a establecer programas integrales para la atención de habitantes de la calle y promovió temas como la prohibición de las Chiquitecas, la exigencia de estándares de calidad para los jardines infantiles y la gratuidad de métodos de planificación familiar. En 2008 logró que las fotos de varios violadores fueran expuestas en grandes vallas que ella llamó Los Muros de la infamia. Pero una tutela interpuesta por abogados de los victimarios obligó a bajar las fotos.

Su trabajo lo hacía con un cigarrillo en la mano. Se fumaba más de treinta al día. Cuando la entrevistaban tosía cada segundo, hablaba duro y rápido. No dejaba nada al azar. Estaba pendiente de todo cuanto hacían los diez dependientes que tenía en su despacho, que era la oficina de Germán Vargas Lleras en sus días como senador, otro empedernido fumador, de ahí que el lugar tuviese grandes ventanales.

Gilma Jiménez

Gilma Jiménez nunca habló con un violador, contaba que al verlos “sentía ganas de golpearlos”. Cuando entraba en un despacho judicial, los guardias del Inpec rodeaban al sindicado porque pensaban que los iba agredir.

La defensora de los niños viajó, bailó, escuchó música, y cuando tenía tiempo se divertía con Diego, su nieto mayor. Nunca se despegó de la realidad, pues veía todos los noticieros del día y estaba pendiente de las denuncias de violación o maltrato de niños que salían en los medios para ponerse al frente de ellos. Esa fue su obsesión, se aterraba con el aumento de las cifras de violación y maltrato a los menores.

Tuvo una adolescencia sana, aunque no fue del todo feliz. Cuando tenía diez años, su papá, un comerciante caldense, que se fue de Bogotá a Villavicencio para administrar estaciones de gasolina, murió en un accidente cuando se le disparó un arma a un amigo.

Su mamá, quien lleva su mismo nombre, tuvo que ingeniárselas para sacar adelante a sus tres hijos. Se empleó en la Imprenta Nacional, donde hacía la revisión de textos institucionales. De allí pasó a la multinacional Coca Cola, donde se encargaba de hacer recorridos a quienes visitaban las instalaciones de esa empresa.

Mientras tanto, Gilma y sus hermanos estudiaban en instituciones públicas. A los 17 años, cuando estaba en sexto de bachillerato, la hoy senadora resultó embarazada. Con esa novedad le tocó, a la fuerza, combinar los oficios de mamá prematura y estudiante. Eso le forjó el carácter. Más tarde estudió Trabajo Social en el Colegio Mayor de Cundinamarca, pues su sueño era trabajar en el Instituto de Bienestar Familiar.

Trabajo infantil, Kienyke

¿Demagogia precoz?

Jiménez también tuvo sus críticos. Y muy fuertes, como el constitucionalista Rodrigo Uprimny quien calificó su referendo así: “La iniciativa de hacer un referendo que imponga prisión perpetua para ciertos crímenes contra los niños y niñas no sólo es inconstitucional sino que además es una propuesta sin ningún sustento”. Agregó que: “Uno esperaría entonces que quienes defienden la iniciativa [del referendo] muestren que la prisión perpetua es necesaria para prevenir y castigar esos crímenes. O al menos que ofrezcan argumentos serios en esa dirección. Pero no ha sido así”.

De la lucha solitaria por los pequeños se pudo haber pasado a la demagogia inoperante y contraproducente, que al final no soluciona ningún problema de la niñez y dejaba las cosas en un punto de no retorno.

Así, entre casos absurdos de violencia contra los menores y visitas a despachos judiciales, pasaban los días de esta trabajadora social que llegó al Senado en septiembre del 2008 para continuar su batalla contra el maltrato infantil.

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