Boletín diario

RECIBA NUESTRO BOLETÍN DIARIO

Juan Carlos Guzmán, estafador desde los 17 años

De polizón a ladrón de hoteles en Londres, este colombiano está preso por 30 años en ...

Este es el primer capítulo de Malandrines, crónicas sobre impostores, bribones y granujas avezados en el engaño escrito por Isabella Portilla, periodista de El Espectador y Premio Guillermo Cano 2010.

El escapista

2000. 21 de noviembre. 4:30 p. m. Londres. Justo al frente del Ritz, en Berkeley Square, un sujeto alto, guapo, vestido con un traje negro de Valentino, mira cada 20 segundos el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, que lleva puesto en su muñeca izquierda.

Dos cuadras atrás el detective Andy Swindells, de Scotland Yard, estaciona su automóvil frente a un autoservicio. Después de comprar cigarrillos continúa lentamente su trayecto. Con un gesto usual, mira por el retrovisor y percibe a escasos 200 metros un rostro memorable: la presa que intentaba cazar seis meses atrás.

Es causa del azar, piensa.

Entonces Andy Swindells saca su arma. Le apunta a Juan Carlos Guzmán Betancourt. En seguida lo apresa. Le rodea las muñecas con unas esposas que hacen imposible el contacto con el reloj Franck Muller, de 13.000 dólares, robado de una caja fuerte de máxima seguridad de alguno de los nueve hoteles más suntuosos de Londres. De ellos, Guzmán extrajo un año atrás 75.000 dólares en joyas, 40.000 en efectivo y numerosas tarjetas de crédito.

Dos días después, en su oficina, Andy Swindells golpea con su puño el escritorio al tiempo que revisa un documento. Uno. Dos… Al quinto golpe lleva la mano derecha a su pelo enmarañado y con la izquierda suelta furioso las hojas. Aunque Swindells sabe que Guzmán es un estafador de marca mayor, campeón de una maratónica serie de robos hoteleros, las pruebas que reúne en su contra no son suficientes para encarcelarlo.

A las pocas horas, Guzmán es puesto en libertad bajo fianza.

1993. Viernes, 4 de junio. 2:15 de la madrugada. Aeropuerto internacional de Miami. Carlos Bohórquez, un empleado de la aerolínea Arca, abre el tren de aterrizaje de un avión DC-8, proveniente de Colombia. De pronto, como un bulto congelado, exánime, un niño cae.

Bohórquez sacude el cuerpo que parece inerte. Le toma el pulso, le da respiración boca a boca. El niño está entumecido, hipotérmico. Las autoridades de inmigración lo trasladan al Hospital Panamericano.

El niño es dado de alta a las 6:00 de la mañana del sábado.

La noticia empieza a propagarse. Una cadena local entrevista a Guillermo Rosales, el niño. Dice que tiene 14 años. Estudiaba en Cali, en el colegio icet y cursaba segundo año de secundaria. Dice que sus padres murieron seis meses atrás, y que por eso se retiró del colegio y se fue a vivir a la calle. Dice que no tenía qué comer, ni dónde dormir: su casa era alquilada. Dice que no tenía hermanos, ni tíos, ni abuelos. Dice que está solo en el mundo.

Le dice al periodista, mientras pierde la mirada en el aire, que no le quedó más opción que la calle, pero no robó ni se envició. Ni consiguió compañía. Ni amigos. Ni un perro: no tenía dinero para darle de comer.

En Cali conoció a varios vendedores ambulantes, cargueros y maleteros de la terminal. Ellos le dieron pequeños trabajos. Con ese dinero comía; a veces, buscaba desperdicios en la basura. Dice que una señora de un restaurante, Nelly, le regaló un radio que lo acompañó durante las tres horas que duró el vuelo de Bogotá a Miami, mientras viajaba entre las ruedas y amortiguadores del aeroplano y se congelaba.

Dice que tomó esa decisión porque estaba harto de la pobreza; entonces pensó en una tía que vivía en Miami. Ella seguramente lo ayudaría.

Dice que pudo elegir un avión de pasajeros para viajar, pero descartó esa idea porque la gente después de verlo hubiera gritado: ¡en el avión se coló un muchacho!

Dice que no tuvo tiempo de pensarlo. Cuando vio los claveles y las rosas que traía el avión y las escasas personas que viajaban en él, se subió. No sabía dónde aterrizaría. Dice que si el avión no hubiera aterrizado en Miami, habría trabajado hasta llegar allá para encontrar a su tía.

Pero ahora está en Miami.

Dice que es suerte.

1993. Lunes, 7 de junio. 8:00 a. m. Consulado de Colombia en Miami. “Hacemos un llamado a la comunidad latina en Estados Unidos para que, por medio de su generosidad y abogando por la solidaridad de los pueblos, le puedan brindar alojamiento al menor Guillermo Rosales, mientras se define su situación”, dice ante los micrófonos de los medios miamenses Andrés Talero, el cónsul colombiano. Radio Klaridad, la emisora con más audiencia de latinos en el sureste de Florida, hace eco del mensaje. Inmediatamente aparecen tres familias interesadas en ayudar al niño: Ruth Withney y su esposo, residentes en Washington; Mike y Lady Muñoz, de West Palm Beach; y los Lozano, de Miami.

Los Lozano: Jairo y William: colombianos, policías, reconocidos en la colonia latina en Estados Unidos por sus obras sociales, son los elegidos.

Guillermo se traslada a su nueva casa. Los Lozano se encariñan fácilmente con él. El niño llama “papá” a Jairo, y a Bertha, su esposa, le dice “mamá”. Guillermo recibe el mismo trato que los otros tres hijos del matrimonio: tiene cuarto propio, comida, ropa nueva, cariño, protección… Pero se diferencia de ellos por una sola razón: es famoso.

Un halo de heroísmo parece envolverlo. Un sábado va a comer a un McDonald’s de Coral Way con su nueva familia. Gloria Bejarano, caleña, 14 años, se abalanza sobre él. Lo abraza, lo besa muy cerca de la boca. Él se sonroja. Sus nuevos hermanos celebran. Después, como si se tratara de un acto protocolario, varios hombres se acercan a darle la mano, a pegarle palmaditas en la espalda. Están felices de conocerlo, de tenerlo al lado, como si se tratara de Ulises después de volver de Troya.

Los medios hispanos y anglófonos amplían la historia del pequeño. Reportan su día a día. Su primera hamburguesa, su primer corte de pelo, su primer paseo, etc. Pero no olvidan su historia de polizón.

Expertos en aeronáutica explican ante las cámaras y en los periódicos las incongruencias del testimonio de Guillermo. A 10.000 metros de altura, a 20 grados bajo cero y sin presurización parece imposible que un humano sobreviva siquiera media hora, dicen los técnicos. Los ingenieros de vuelo creen que si el niño hubiera estado en el tren de aterrizaje habría muerto por alguna de estas tres razones: asfixia, frío o trituramiento.

Sin embargo, Armando Socarrás, un cubano que viajó en 1969 de Cuba a Madrid en un tren de aterrizaje, igual que Guillermo, cree en la versión del muchacho. Y lo apoya. También lo hace David Iverson, abogado, 27 años, estadounidense, casado con una colombiana, quien se ofrece a representarlo sin ningún costo por solicitud de una asociación de compatriotas de su esposa.

Los latinos se sienten identificados con su historia.
Lo convierten en héroe. Parece ser el símbolo de superación, la estrella que los ilumina a seguir trabajando por su sueño americano.

Todo está a su favor. Pero, de repente, una mujer llama a una emisora colombiana. Se presenta como la tía del polizón. Dice que el muchacho no tiene 13 años, sino 17; que sus papás están vivos y que no se llama Guillermo, sino Juan Carlos.

1993. Lunes, 14 de junio, Colombia. El Departamento Administrativo de Seguridad descubre la verdadera identidad del polizón: Juan Carlos Guzmán Betancourt, 17 años, nacido en Roldadillo, Valle del Cauca. No es huérfano. Es hijo de Yolanda Betancourt, empleada doméstica, y Óscar Guzmán Tobar, agricultor, a quien nunca conoció. De su casa huyó, no porque estuviera solo en el mundo; huyó de las golpizas propinadas por Harold Velasco, su padrastro.

A raíz del escándalo, crece su fama. La historia de Juan Carlos resulta más conmovedora que la de Guillermo. Los estadounidenses quieren ayudarlo. Una mujer texana, adinerada, 80 años, le ofrece una gran suma de dinero.
Dos familias sin hijos, una de Nueva York y otra de Illinois, quieren adoptarlo.

Pero Juan Carlos Guzmán no puede permanecer en el país norteamericano. Walter Cadman, el director del Servicio de Inmigración, decide suspender el permiso de estadía del joven.

Guzmán es trasladado al sur del condado de Dade, a la casa de una pariente lejana, Luzmila Marín. Su permanencia allí es sólo una cuestión de procedimiento. Pero Juan Carlos se siente aprisionado. Huye. Un policía de Miami lo atrapa cuando lo ve merodear por la casa de los Lozano. Lo llevan a dos estaciones de Policía. Finalmente, a una cárcel. Es la primera vez que está en un lugar como ese. De allí lo trasladan al aeropuerto.

Camina pausado, cabizbajo, sus grandes ojos marrones parecen agigantados cuando ve que un grupo de periodistas se lanzan a interrogarlo con micrófono en mano. Juan Carlos no responde ninguna pregunta. Se echa a llorar.

De regreso a Colombia viaja con Arca. En uno de los aviones de esta compañía aérea se camufló como un tornillo hasta Miami. Ahora está muy lejos del tren de aterrizaje. Viaja en compañía de un funcionario de inmigración que sólo le quita las esposas cuando sobrevuelan Jamaica.

En el aeropuerto internacional El Dorado de Bogotá hay al menos una docena de periodistas a la espera del muchacho. A esa misma hora llega Faustino Asprilla, jugador de
fútbol. A su arribo, “El Tino” agrede físicamente a un reportero. Entonces el manojo de periodistas presentes se divide en dos.

Los que están pendientes de la llegada de Guzmán ven llegar al joven envuelto en un traje de paño nuevo; tiene clavados los audífonos de un walkman en las orejas y está estrenando reloj.

Reconoce que no es huérfano de madre. Dice que aunque sabe dónde vive, no la va a buscar. Dice que ella lo echó de la casa hace tres años. No soportaba a su padrastro ni la pobreza que tuvo que vivir. Dice que mintió, sí. Que falseó su nombre y su edad. Pero dice que lo hizo para que no lo deportaran el mismo día que llegó a Miami. Dice que el cónsul colombiano lo trató de narcotraficante, drogadicto y homosexual, pero que todos —menos él— le brindaron el apoyo que buscaba.

Sin mirarlos a los ojos, el joven les dice a sus interrogadores que se siente triste y aburrido. Dice que no le queda otro camino que volver a su antigua vida: la de callejero, la de gamín. Dice que en Colombia no tiene ninguna oportunidad de progresar. Dice que quiere volver a Estados Unidos, esta vez por lo legal: allá tiene dos casas para vivir, 5.000 dólares, un yate. Y futuro.

pasaje comercial
Estamos atentos a sus comentarios
cerrar

Dirección: Carrera 7 No. 156 – 78 Piso 6 Oficina 602, Bogotá D.C. Teléfono: 6012310