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La mujer que manda a Petro

Una ama de casa sincelejana que cela al alcalde electo hasta con la sombra será la ...

Verónica Alcocer tiene el porte de una mujer que pudo ser reina a los 20 años. Sus ojos, que heredó de su abuelo italiano, son azules y profundos. Tiene un cuerpo armónico de un metro ochenta de estatura. Se acercó a la puerta y saludó con entusiasmo. Luego nos invitó a la sala, cuidadosamente arreglada. En las paredes resaltan las replicas de dos cuadros célebres de Dalí y Van Gogh. Estaba vestida de negro de pies a cabeza. Un color que la hacía ver esbelta. Su pelo tinturado de rubio estaba peinado con gracia y era evidente el empeño que había puesto en maquillarse para la visita que había venido a interrogarla.

Nacida en Sincelejo (Sucre) el 26 de mayo de 1976, Verónica Alcocer no imaginó que sus planes para ser monja a los 15 años se arruinarían un año después, cuando conoció a su primer novio. Estudió en Nuestra Señora de las Mercedes, un colegio conservador del que sólo recuerda un par de monjas, el grupo de tuna en el que tocaba pandereta y el equipo de baloncesto. Reconoce que es mimada, que sólo desde noveno fue buena estudiante, que de pequeña fue inquieta y desjuiciada y que no pensó conocer a Gustavo Petro en una conferencia que ella misma había organizado en su tierra natal cuando tenía 22 años.

– Gustavo es muy serio y nunca lanza piropos. Pero ese día, cuando me vio, escuché que dijo: “qué mujer tan hermosa”. Quedamos flechados. A mí me enamoró su inteligencia y su claridad. Y a él, tú sabes, los hombres se enamoran por los ojos, aunque le dijo a mi mamá que se enamoró de mi inteligencia–. Verónica se ríe con desparpajo, habla con un marcado acento caribeño.

Hace cinco años posó para una portada de la Revista Cromos que nunca salió publicada.

Salieron cuatro veces más antes de la cena formal en la que Verónica le presentó sus padres a Petro. Fue un amor intenso. Ese día hicieron pavo guisado, arroz con coco, tajadas de ñame y sólo con la embriaguez de unos vinos y la elocuencia de Petro, el papá de Verónica, un reputado abogado de Sincelejo, conservador hasta la médula de Álvaro Gómez, le dio el visto bueno a la pareja y obvió el pasado guerrillero de su futuro yerno.

Para la época, Verónica ya era madre de Nicolás, hijo de un amor universitario que, según su madre, no podía darle todas las comodidades a las que su “princesa” estaba acostumbrada. Petro, por su parte, ya era un congresista incómodo al establecimiento que no ponía precio a sus votos, devolvía las anchetas, los vinos y los güisquis a los lobistas, y en cambio hacía duros debates desde la Comisión Tercera de la Cámara de Representantes en contra de la corrupción y las mafias.

Una pareja extraña, se escuchaba decir. Ella, hija de una familia tradicional, de un ama de casa dedicada y de un abogado generoso y botarata que siempre le alcahueteó todo. –El mismo a quien le dio una úlcera cuando se enteró de que su pequeñita estaba embarazada y quien en un principio no quiso recibir ni al obispo para que lo convenciera de que no era tan grave–. Y él, hijo de dos campesinos de Ciénaga de Oro (Córdoba) que vivían en una casa de bahareque y techo de palma, que decidieron migrar a Zipaquirá para buscar fortuna. Verónica, siempre estuvo al margen del activismo, nunca fue de izquierda ni de derecha, ni le importaban esos asuntos. Petro, 16 años mayor que ella, estuvo obsesionado con la política desde muy joven y a los 17 empezó a ganarse un lugar en el M- 19, hasta llegar a ser miembro de la Dirección de la Región Central de esta guerrilla, después fue capaz de movilizar a comunidades y promover la paz de la mano de Carlos Pizarro en 1990. En ese momento parecía que lo único que tenían en común era el gusto por el baile y la guacherna.

Gustavo Petro es descrito como un padre amoroso por su esposa.

 –Gustavo es muy buen bailarín, de eso te doy fe, y yo soy bailarina y media. En eso nos compaginamos mucho. Cuando tú lo conoces, empiezas a calibrarlo con la verdad, sin estereotipos ni prejuicios. Nunca fue un impedimento para nosotros que haya sido guerrillero.

Verónica Alcocer y Gustavo Petro se casaron por lo civil el 17 de diciembre de 1998. La ceremonia se hizo en una casa de campo, y la novia lució un vestido blanco. Desde ese momento Nicolás, hoy con 13 años, fue considerado un hijo más de Petro, quien ya tenía tres de su anterior esposa. Luego vino Sofía, de 10 años, y la inquieta Antonella, de tres.

–Tienes que acoplarte, tienes que volverte un soporte, un bastón –dice Verónica en voz alta, como si repitiera un mantra que reserva para días difíciles. El periodo de Álvaro Uribe lo rememora con zozobra e intensidad. –Había tensión, había amenazas. A raíz de los debates de la parapolítica mi suegra y mi cuñada fueron exiliadas. Fue un momento duro. Pero nos sobrepusimos y sabemos que estamos para grandes cosas.

Recuerda en particular el debate que hizo Petro, cuando era senador, al excongresista Álvaro ‘El Gordo’ García, luego condenado a 40 años de cárcel por la masacre de Macayepo. Fue un debate álgido y temerario, por el que pensó llovería amenazas, lo cual efectivamente sucedió. Antes ya habían llegado intimidaciones. Verónica lo sabía, aunque nunca suelen contarle mayores detalles al respecto. Cuando conoció a Petro, éste ya tenía cinco escoltas. Y aunque reconoce que al principio le dio impresión, pronto se acostumbró, al punto de que ahora sufre y le da angustia cuando sale sola y no hay nadie cuidando su espalda.

En la recta final de la campaña, Verónica Alcocer siempre acompañó a su esposo.

También se acostumbró a que Petro saliera en los medios de comunicación.

–Verlo en la televisión o leerlo en la prensa es normal. Mis hijas al principio saltaban de la cama cuando lo veían. Ahora lo ven y no se emocionan igual, le ponen atención y le ayudan. Le dicen tenías unos pelitos parados, o, te estás quedando calvo, te atacaron, sonreíste muy poco, etc.

–Hoy salí a buscar unas flores y vi a una indígena con su niño a la espalda, mojándose. Seguramente era una desplazada. Ver a la gente mendigando, a los niños que deberían estar en otras circunstancias, me mueve y me puede. Cuando veo niños de las edades de mis hijos pienso que ellos también deberían estar estudiando. Cada vez la sociedad es más indolente –dice Verónica antes de que la pequeña Antonella se le tire a los brazos, “suave, suave, sin brusquedad” le responde. Luego, llega Sofía y se le acuesta en las piernas como un gato. “Ponte los zapatos”, dice Verónica. Para completar la foto llama a Nicolás, a quien saluda y le dice “no es hora de comer dulces”.

–Verónica, ¿usted es una mamá estricta?

–Sí. Soy regañona. Me toca. Gustavo es el cómplice, el que se derrite con lo que dicen y hacen sus hijos, el consentidor, el apapuchador. A mí me toca ser dura, la que pone límites.

Verónica es tan petrista que incluso defiende a su marido en temas que más de uno le ha reprochado. Como el voto a favor de la elección del procurador general Alejandro Ordóñez. –Gustavo trata de hacer acuerdos en lo fundamental con las personas que no son iguales a él. Y le doy la razón, hay que incluir la diferencia. Y me parece que el procurador ha aportado, ha abierto investigaciones importantes–.

Ese tono indulgente que tiene cuando habla de su esposo no es el mismo que tiene cuando le preguntan cómo ve a Enrique Peñalosa, a quien sólo le dedica una frase fría de campaña: “Primero el corazón y el cerebro, luego el cemento”.

Verónica Alcocer ama la música. Está en clase de piano.

Los que la conocen dicen que es celosa, celosísima. Ella no lo niega. –Las mujeres somos celosas, somos posesivas, tratamos de marcar territorio. Aunque yo estoy completamente segura de él y de la relación. Pero le tengo celos hasta de mis hijas, que él llama primero. Yo le digo ‘chiqui’, de última no–.

Montada en el bus de la victoria y sin la elocuencia de su marido, Victoria no demoró tampoco en lanzarse al ruedo político. –Gustavo sabe que cualquier responsabilidad que delega en mí la asumo. Hemos hecho un equipo bastante dinámico y bueno. No he estado detrás de él, he trabajado hombro a hombro. Ahora toca enganchar diversos programas, como  campañas para disminuir el maltrato a la mujer. Quiero meterme también con el tema de la cultura porque está descuidado. Se dice que se hace pero qué tanto se hace. ¿Qué tanto se hace por los actores y actrices? También hay que ayudar a los músicos. Yo soy música, te lo digo, y quizás eso es lo que más me apasiona–.

Dice que toma clases de piano tres veces a la semana, aunque le tocó suspenderlas por la campaña. Dice que la música es muy importante para ella, que composiciones para piano como ‘Para Elisa’, de Beethoven, le mueven las fibras del cuerpo.

– Tóquenos algo.

–Ay no –dice antes de sentarse a un piano de madera negra que tiene en la sala. De pronto empieza a tocar ‘Para Elisa’. Está nerviosa. El sonido es desafinado; las notas, destempladas. Verónica lo nota, es imposible que alguien no lo perciba así. Se levanta apenada y se sienta en el sofá. “Sufro de pánico escénico, me acabo de dar cuenta. Prometo que si alguna vez vuelven lo voy a hacer mejor. Cuando estoy sola lo hago perfecto”, dice Verónica Alcocer, quien da por entendido que la entrevista ha terminado.

En el Salón Rojo del Hotel Tequendama, Gustavo Petro celebró son su esposa y sus hijos haber ganado la alcaldía de Bogotá.

A la salida del apartamento, escondidas en la sala de juegos de sus hijos, están dos fotos enormes de ella que tomó la Revista Cromos y que nunca publicó. Ella las guarda con recelo, son la imagen de una Verónica cinco años menor, hermosa como una modelo de catálogo, que ahora se disipa en el tiempo. Doña Elisabeth García, su madre, que viajó desde Sincelejo para las elecciones capitalinas, llega hasta la puerta sin dejar de hablar de su hija y de su yerno con orgullo e imprudencia. Verónica se molesta y le dice con disimulo “mami, ven adentro que te necesitan”. Luego se despide. Tres días antes de conocer los resultados electorales está convencida de que no sólo será la primera dama del alcalde sino la del futuro presidente: Gustavo Petro.

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