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Philip Glass: del taxi al piano

Mientras Elvis Presley alcanzaba su primer número uno en las listas con la canción Heartbreak Hotel, un joven de pelo negro encrespado, ojos grandes y párpados caídos, como los de un perro San Bernardo, manejaba una enorme grúa en la fundidora de acero de Bethlehem, en el estado de Maryland. Era 1956, Philip Glass tenía 19 años y acababa de terminar su carrera de matemáticas y filosofía en la Universidad de Chicago. Pero no quería ser ni matemático ni filósofo. Conforme hacía bajar y subir el brazo metálico de la grúa, Glass pensaba en cuánto más tendría que ahorrar para, por fin, poder dedicarse a la música. Componer en el piano.

Luego de nueve meses de manejar la grúa, Philip Glass partió hacia Nueva York y entró a estudiar música en la escuela Julliard. Desde entonces y hasta hoy se ha dedicado componer. Ha escrito óperas, piezas para piano, sinfonías, bandas sonoras, adaptaciones para teatro. Ha sido nominado a tres premios Oscar y ganó un premio Bafta. En todos estos años, ha logrado un estilo propio que él mismo califica como “música con estructuras repetitivas”. No le gusta que lo califiquen como un compositor minimalista. Prefiere considerarse un experto que exprime al máximo la sonoridad de cada nota. Con unas pocas secuencias, Glass logra conmover. Por eso se ha convertido en uno de los compositores vivos más elogiados e influyentes del mundo.

Philip Glass es más parecido a una súper estrella que a un músico de la escuela clásica. Ha trabajado en varios proyectos con músicos como David Bowie, Brian Eno, David Byrne, Mick Jagger y Leonard Cohen. Muchos creen que a partir de los años noventa se ha dejado llevar por la música encargada, por una fórmula comercial. A él poco le importan las críticas. Toda la vida ha hecho lo que ha querido. Ha compuesto óperas a partir de obras literarias, obras inspiradas en los animales y música de figuras geométricas para el programa infantil Plaza Sésamo.

A los ocho años Glass era el alumno más joven del prestigioso conservatorio de Peabody, en Baltimore, su ciudad natal. Primero tocó violín y luego flauta. Vivía en una casa en los suburbios. Su papá, Ben Glass, era un inmigrante judío que tenía un local donde reparaba radios y vendía discos de música. Poco a poco, los discos ganaron espacio y pronto la tienda se convirtió en discotienda. Fue allí donde Philip Glass empezó a interesarse por la música. Pasaba las horas escuchando los géneros musicales más variados, los cuartetos de Beethoven, sonatas de Schubert, obras de Shöenberg, además de estilos más populares, como el Bluegrass y Bebop. Y mientras el hijo se dejaba ir por el vaivén de los violines y los ronquidos del contrabajo, su papá se concentraba en descifrar las causas técnicas por las que no se vendían ciertos discos, como los de Bartok y Hindemith. “Era un hombre práctico”, dijo Glass.

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