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La segunda confesión de Escobar a ‘Popeye’

‘Popeye’ relata las intimidades que el capo le contó una noche: “Me casaron una guerra a ...

–Yo convertí a mis hombres en escoltas oficiales y cuando me paraban en un control policial, mostraba mi credencial de parlamentario y no tenía ningún inconveniente. Viajé en comisiones del Congreso al exterior. En una oportunidad fuimos a España con mis compañeros legisladores y nos entrevistamos en el hotel Palace de Madrid con el entonces jefe del gobierno español, Felipe González. Eso fue el día de su histórica posesión, se acababa la dictadura franquista, el triunfo del Partido Socialista fue arrollador.

En el Congreso me codeaba con la rancia clase política del país y así pude conocerlos mucho mejor. Les encantaba mi plata, pero no les gustaba yo. Esa era la ecuación. Me miraron siempre de reojo. En una discoteca y bajo los efectos del licor, dos congresistas me pidieron que les regalara polvito blanco, se querían meter un pase de coca en la mesa. Yo me emputé. Usted sabe que a mí no me gusta consumirla, entonces exclamé: ¡nunca, en mi vida, he visto un gramo de cocaína! Pablo me miró a los ojos y sonrió con sarcasmo, luego continuo su relato.

–Estaba tan concentrado que no me atreví a interrumpirlo de nuevo.

Por esa época la DEA abordó a Luis Carlos Galán y lo comprometió para que me atacara sin contemplación y me sacara del congreso. Pero ignoraban que la política y los políticos no sólo permanecen en el congreso, ellos están donde hay billete. Y eso era lo que sobraba en la calle, donde mando yo. Hay que reconocer que dentro del Congreso yo siempre fui vulnerable. El Ministro de Justicia buscó en mi pasado y encontró un pretexto para la emboscada. El siete de junio de 1983 el juez décimo superior de Medellín le pidió a la Cámara de Representantes que me levantara la inmunidad por mi posible vinculación en el asesinato de los agentes del DAS Fernando Vasco y Gilberto de Jesús Hernández.

–Huy ‘Patrón’, ahora sí me perdí. ¿Esos dos agentes del DAS de dónde salieron y por qué aparecen en el cuento?

–Hombe, Popeye, aparecen porque fue mi primera caída ‘traquetiando’. Son importantes en esta historia porque fueron los únicos policías que lograron meterme a una cárcel con las pruebas necesarias. Mis únicos antecedentes penales hasta hoy vienen de esa captura. El 16 de junio de 1976 venía de Pasto con mi primo Gustavo Gaviria. Traíamos 39 libras de pasta de coca dentro de la llanta de repuesto de un camión. El informe policial decía que era coca, pero en realidad era sólo la base, pasta, que traíamos para procesarla en un laboratorio creado por nosotros en Envigado.

En esa época no había una sola mata de coca sembrada en Colombia, la materia prima tocaba traerla de Perú y Bolivia. Los detectives del DAS, nos cayeron al lugar y no hubo tiempo de escaparnos, nunca supe cómo se enteraron, el hecho es que nos pescaron con la mercancía en la mano. Tratamos de sobornarlos, pero los muy honestos no quisieron plata. Nos llevaron a la cárcel de Pasto, la frontera con Ecuador, porque el camión tenía placas de allí. Recuerdo que a la hora de la reseña policial sonreí. Es una de las fotos que más quiero.

–¿Y sabe por qué, Popeye? –me preguntó eufórico.

–No ‘Patrón’, ni idea –le contesté.

– Porque todo bandido tiene que pasar un tiempo en prisión para tener la escuela completa. Podríamos decir que esa foto es la de mi graduación –dijo Pablo y soltó una carcajada inusual. Yo lo acompañé sin reparo.

–Jefe, ¿y cuánto tiempo estuvo usted en la ‘cana’?

–Fueron en total tres meses y cuatro días, la mayoría en Pasto. El 10 de septiembre de 1976 logramos que el juez revocara el auto de detención y de nuevo a la calle. De ahí en adelante cambiamos los métodos. Habíamos comenzado trayendo 5 kilitos de pasta de coca en un Renault 4, después en camión y, ya al final, llenábamos una avioneta Cessna. Al salir de la cárcel, me dediqué a ampliar el negocio. Yo estaba muy ocupado como para vengarme de los dos agentes del DAS. Sin embargo ellos fueron los que nos buscaron otra vez. Nos sacaron de Envigado y en un monte desolado entre Medellín y Santa Fe de Antioquia nos hicieron arrodillar. Los hijueputas nos amenazaban: “los vamos a pelar, par de ratas“.

Yo sabía que estaban ardidos porque logramos salir libres y ahora lo único que querían era billete. Logré que se tranzaran, mi primo se quedó de garantía y yo regresé con un millón de pesos. Los detectives cometieron el peor error de sus vidas: dejarnos vivos. De ahí en adelante yo sólo pensaba en matar a esos dos, no solo por policías o detectives, también por sapos y, sobre todo, por tránsfugas. El 30 de marzo de 1977, a las 11.30 p.m., los dos detectives salieron ebrios del bar la Toscana y se montaron en un Dogde Dart azul. Tomaron la avenida Peldar para luego ingresar a la autopista sur rumbo Itagüí. Nosotros los perseguíamos en un Simca  rojo, Gustavo conducía y yo a su lado ya tenía lista mi pistola Browning calibre 9 milímetros. Cuando los detectives tomaron la oreja del puente del pan de queso, emparejamos los carros y, de carro a carro y sin dudarlo, les descargue el proveedor completo. Esos dos fueron los dos primeros oficiales que yo maté. Ahí pagaron el operativo donde nos empapelaron, los tres meses de la fría prisión en Pasto y el susto que nos metieron cuando casi nos matan en la loma El Pajarito.

–Ahora lo entiendo todo, ‘Patrón’. Si esos dos agentes del DAS no se hubieran aparecido, el ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla no hubiera encontrado un argumento sólido para acusarlo en público –le dije.

–Así es –repuso. Para que se dé cuenta hombre, “Pope”, cómo la justicia sirve a los intereses de quien la controla, no a los de la justicia en sí misma. En derecho yo fui absuelto por lo del cargamento de pasta de coca y sobre el crimen de los dos agentes no existía ninguna prueba judicial. Pero me querían joder a como diera lugar y así fue como comenzaron a salir los fallos judiciales amañados. Enseñado a pelear mis causas y ya con un proceso judicial en curso, me enfrenté al ministro con sus mismos métodos.

Escarbé en su pasado y encontré que a él le habían girado dineros calientes, presenté la fotocopia de un cheque por un millón de pesos que le fue girado por el narcotraficante Evaristo Porras al escudero de Galán. Ahí pude probar que los dineros calientes no sólo los hacía circular yo. Hasta los políticos que se decían los más honestos también estaban untados. Lara Bonilla esquivó la cuestión del cheque y le dio un manejó político intensificando sus acusaciones en mi contra, no me bajaba de asesino y narcotraficante. La prensa sabía que el cheque era verdadero pero, con el apoyo de los gringos y Luis Carlos Galán, le bajaron el perfil al asunto para proteger la imagen del hombre que me había desafiado en público. Pero el debate en mi contra ya se había prendido en el congreso y en los medios de comunicación de todo el país.

–‘Patrón’, ¿a pesar del proceso judicial iniciado, usted pudo seguir en el congreso? –le pregunté.

–Sí, la investigación no implicaba condena; todavía conservaba la inmunidad parlamentaria. Recuerdo que una vez le dije a Lara que si me acusaba de narcotraficante debía mostrar las pruebas o de lo contrario todo era mentira, un montaje político para perjudicarme. El reto lo frenó unos días pero después regresó mucho más arrogante y viceral. Para apoyarlo, el 7de septiembre del año de 1983 Estados Unidos me canceló la visa de turista parlamentario y la DEA me señaló por primera vez como un poderoso narcotraficante cuya red ya había sido identificada por la agencia antidrogas.

Desde que comenzó con sus ataques, Lara Bonilla no descansó, eso era golpe tras golpe. El 23 de septiembre del mismo año, el Ministerio de Justicia me dio con todo: el juez décimo superior de Medellín, amangualado con Lara, profirió un auto de detención en mi contra y además metieron a mi primo Gustavo Gaviria en el baile. Nos acusaron formalmente como los responsables de la muerte de los agentes del DAS.

Un mes después, cuando yo de manera ingenua trataba de defenderme políticamente con la asesoría de Santofimio, el juzgado primero superior de Medellín dictó una orden de captura a mi nombre. No me podían detener por la inmunidad parlamentaria, pero Lara Bonilla y Galán ya me tenían listo el jaque mate político. La masacre parlamentaria en mi contra ocurrió el 26 de octubre de 1983. La plenaria de la Cámara de Representantes, actuando influenciada por Galán y los gringos, me levantó la inmunidad parlamentaria.

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