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La trágica historia de Laura Manuela y Valentina

Al atardecer del miércoles pasado, Laura Manuela, de 13 años, cayó desde el balcón del piso 10 de un edificio en Cúcuta. “Suponemos que terminaron de estudiar y se pusieron a jugar y a tomarse fotos con los Blackberrys. En un momento dado, ella se paró en la barda del balcón, se resbaló y cayó”, dijo su padre a un diario local.

La noticia, reseñada también por los noticieros de los canales privados, tiene conmocionada y entristecida hasta el fondo del alma a una familia entera, a los amigos de la niña, que le envían sentidos mensajes a su página en Facebook, y a la sociedad cucuteña, que no se cansa de enviar palabras de aliento a sus atribulados padres por este mismo medio. Incluso, la página web de este periódico se cayó buena parte del día viernes.  Muchas personas estaban pendientes del duelo ensordecedor de sus padres, de su hermano, tíos, amigos y conocidos. Soy parte de ellos, de los que, en la distancia, acompañamos a esta familia en su dolor. Confieso que esta noticia me asombra, me cuestiona, me entristece hasta lo más profundo del alma.

Pendiente del duelo de esta familia estuve hasta que, el día viernes, vi una fotografía que me sacudió. Que hizo que se me voltearan las tripas. Era la foto de Laura Manuela, parada en el balcón, segundos antes de caer al vacío y morir. No pude contenerme. Debo confesar que, además de indignación, sentí miedo. Y soy de las personas que no siente miedo fácilmente. Ahí, el dolor que sentía por sus padres, por Nelly su tía y por Carolina, su prima y amiga mía, se convirtió en una especie de estupor e indignación, de vergüenza y rabia de ser periodista.

Escribo esto no con un afán revanchista. Sólo quiero poner en el tapete el papel que cumplimos como periodistas en este país, donde, tristemente, noticias como estas ocurren todos los días. Tristemente, los niños se volvieron los protagonistas de nuestra crónica roja.

La misma semana de la muerte aterradora de Laura, Valentina, la hija del alcalde de Fortul, era secuestrada a la salida de su colegio y hasta hoy, domingo, sólo se sabe que está “bien”, aunque ningún grupo armado se atribuye su secuestro.

Dos adolescentes involucradas en un trágico destino en una sola semana en Colombia ¿Y cómo estamos reseñando esto? ¿Cuál es nuestro papel dentro del marco social en que vivimos? Tenemos que informar, cierto, pero hay que preguntarse también hasta dónde podemos llegar. No hay que olvidar que tanto Laura como Valentina son menores de edad. Y que sus familiares viven, por igual, un infierno, que no necesita más leña. Y menos de parte de los medios de comunicación.

Me pregunto cómo llegó la fotografía de Manuela a las manos del periodista que redactó la noticia. Me pregunto si en algún momento, esa noche, antes del cierre, se analizó si aquella foto aportaba en realidad algo más de lo que ya se sabía a la trágica noticia de la muerte de la niña. Su misma familia aportó fotografías al periódico, donde Manuela aparece sonriente, viva, feliz… se descarta entonces falta de material “ilustrativo”. Me pregunto si se pensó que así el tiraje del periódico del viernes iba a ser mayor. Me cuestiono si es sólo sensibilidad mía, un punto de vista subjetivo por conocer esta historia desde adentro. No tengo respuestas. Sólo me indigna, y debo reseñarlo. Compartirlo y buscar respuestas.

Hace poco escribí una columna sobre el tratamiento que se le dio al tema de la cadena perpetua a los violadores y asesinos de niños en Colombia. Ahora quiero llamar la atención de los medios de comunicación, por una razón muy simple: los niños venden. Es una realidad. Es fácil conmoverse ante el sufrimiento de los más pequeños.

Cuando murió Santiago, en Chía, en manos del mismo padre que días antes pedía, lloroso, su regreso a casa, el país se paralizó. Recuerdo que los noticieros de la mañana se enlazaron en directo cuando las autoridades encontraron su cadáver hecho pedazos en una montaña cualquiera del centro del país. Las redes sociales pedían la muerte y el peor de los castigos a su verdugo. La madre salía, desconsolada, en todas las emisiones de noticias dando su versión de los hechos en medio de tortuosas lágrimas.

Y como este, en Colombia, estos casos se repiten, casi semanalmente. Historias de niños quemados, golpeados, violados, muertos ya no son novedad en este país. Es una escena que se repite todo el tiempo: los padres salen en los medios de comunicación implorando por el regreso de sus hijos, y días después los encuentran sin vida en cualquier lago, puente, paraje, esquina. Hay que saber manejar el tema, pues el raiting está asegurado.

Los niños merecen respeto, y sus familias intimidad en medio de su tragedia. No tengo hijos, pero debo decir que las noticias que involucren a los más pequeños me entristecen enormemente. No olvido jamás la muerte de Nicolás, el niño que murió ahogado en la piscina de un hotel en Cartagena. O la misma Omaira, con sus ojos grandes y angustiados, hundida en el lodo que sepultó a Armero.

Muchos no somos tan fuertes para ver estas noticias así, sin pleno aviso, en las pantallas de nuestros televisores ni en la primera página del periódico. Y los noticieros y los periódicos, la lanzan así, como si fuera el show de la semana (y ni hablar de nuestros programas dominicales, porque no los veo, y son caso aparte).

Hay algo que se llama tacto, que no lo enseñan en ningún curso de periodismo ni aparece en ningún manual de estilo. Hay imágenes y noticias que se nos quedan en el lado más triste del alma, y es responsabilidad de los medios informar con cuidado esas historias. De Manuela y Valentina debe haber cientos de niños, sus amigos y compañeros de colegio, buscando respuestas frente a un televisor. Cualquier exceso puede cuestionarlos, afectarlos. Lo digo yo, que niña no soy, y cierro los ojos y la foto de Laura se me viene inmediatamente a la cabeza.

Pido un poco de respeto al dolor y al duelo de estas dos familias que esta semana recibieron la peor noticia de sus vidas. Laura está muerta y Valentina secuestrada. Pensemos que pudieron ser nuestras hijas, hermanas, primas. A nadie le gustaría que ellas fueran las protagonistas, sin más, de la crónica roja del día. Que fueran el cadáver de la semana, o la secuestrada del mes. Hay una línea muy delgada entre informar y traficar con el dolor ajeno. Nunca se nos puede olvidar eso.

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