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Los Reyes Magos: una farsa de la historia

Los reyes magos no eran tres, no eran magos y no siguieron ninguna estrella. Esta es ...

Todas las religiones cristianas, con algunas variaciones en la fecha y en la liturgia, celebran el día de la Epifanía, en que los tres Reyes Magos, Melchor, Gaspar y Baltasar, guiados por una estrella, encontraron el pesebre en que María y José cuidaban al recién nacido Niño Dios, a quien ofrendaron con incienso, mirra y oro. Sin embargo, aunque estos detalles están bien expuestos y ordenados en el villancico Tutaina y demás apéndices modernos de la celebración de la Navidad, la Biblia no contiene ni rastro de los nombres, ni la historia de cómo llegaron, ni por qué eran magos, ni por qué eran tres, ni de qué reino eran reyes, ni a dónde se fueron una vez que se fueron. Al parecer, la historia de los Reyes Magos es todo menos bíblica, y se debe en cambio a la misteriosa conjunción de un astrólogo persa, un evangelio apócrifo, un Papa pragmático, un rey codicioso, y una ruma de papiros viejos transcritos a la incierta luz de una vela por cansados copistas a lo largo de cuatro o cinco siglos.


“Adoración a los Magos”, del pintor holandés El Bosco.

La Biblia apenas nos cuenta, en las páginas del Evangelio de Mateo, que algunos magos de Oriente, camino hacia Belén en busca del Mesías, del que sabían que acababa de nacer en algún lugar de Judea, pararon en Jerusalén y se entrevistaron con el rey Herodes para pedirle indicaciones precisas. Herodes, convencido de que eran brujos, les sonrió y los atendió como a sabios, y convencido de que debía deshacerse del Mesías para ahorrarse problemas futuros, les preguntó dónde había nacido, para ir y adorarlo él también. Los Magos quedaron en avisarle una vez lo encontraran, cosa que por suerte no hicieron, porque uno de ellos tuvo un sueño en que un ángel lo previno de confiar en el escurridizo monarca. Después de haberle dado al Niño los tres regalos, entonces, los Magos se marcharon de Belén por una ruta distinta de la que los había traído. Y en este punto Mateo decide cambiar de tema.


“Adoración a los Magos”, obra del pintor renascentista italiano, Sandro Botticelli.

Para Mateo, y para todos los cristianos de la época, la palabra “mago” carece del sentido amplio y vago que le damos hoy, donde lo aplicamos a todo el que sepa hacer aparecer una paloma, desde el mago de pueblo y sus rápidos dedos, hasta David Copperfield y su costosa pirotecnia. Para Mateo y sus vecinos, la palabra, que no estaba desprovista de una fuerte carga negativa, quería decir astrólogo, estudioso de los movimientos celestes, y más en específico, astrólogo de la orden de Zoroastro, filósofo con un trasfondo metafísico responsable del auge de las religiones monoteístas en el antiguo Valle del Indo. Zoroastro era de origen afgano, pero tuvo que fundar su escuela en la floreciente Persia para huir del caos político que reinaba en el Gran Irán del siglo VI a.C. Esto explica la primera de las tantas incógnitas acerca del misterioso trío, porque aunque la estrella guiadora de Belén fue sin duda movida por la mano de Dios, fueron sus conocimientos astrológicos los que les permitieron seguirla a través de medio mundo, tarea no poco fácil. El objetivo de Mateo, entonces, es hacer entender al lector, por vía alegórica, que el nacimiento del Mesías había atraído a los habitantes más relegados y periféricos del mundo, a los que la herejía oriental había seducido del todo. Pero como sus almas habían sido iluminadas por la  bondad infinita de Cristo, no podían regresar por el mismo camino.

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