Indicadores Económicos

Los minutos finales de Jaime Bateman

Jaime Bateman

El futuro de los muertos

«Aeropuerto Internacional Simón Bolívar», repetía Bateman para sus adentros mientras que la franja de esmeralda de las primeras aguas del Caribe se convertía en la frontera de las certezas.

¿Quién hubiera podido introducirse por la ventanilla cuadrada de la avioneta iluminando las caras? «Simón Bolívar…. Hasta ese aeropuerto tiene el general, viejo Conrado», dijo El Flaco justo en el primer viraje de la Cessna para tomar hacia el occidente e iniciar el ascenso bordeando la isla de Salamanca.

Si alguien hubiera podido ver desde afuera el perfil de aquel aparatico casero y cascarero, habría apreciado tres figuras aplastadas contra las dos ventanillas. Jaime Bateman, Nelly Vivas y Conrado Marín observaban en silencio las últimas casas de Ciénaga, el puente de la Marimba que separa la Ciénaga Grande del mar, las velas triangulares de las piraguas, los indios y los rizos de las olas tocando la costa y formando remolinos en la juntura de las aguas dulces y saladas.

—Acomódense bien y no se me carguen a la izquierda que esta vaina se desestabiliza facilito —soltó el piloto.

—¿Qué quiere hermano, que nos le carguemos a la derecha?

—replicó el comandante del m-19 antes de lanzar una de sus carcajadas de minotauro de estos lados.

Ninguno de estos irreductibles pensaba que jamás volvería a ver las ciertas y bacanas Barrancas de San Nicolás, por cuyo cielo esta avioneta de muerte y de mierda habría de pasar, solo para que la gente chévere tenga el derecho de pasar a la historia, como debe ser. ¡Ajá! Eh eh ah, el Palito de Malambo. Yo lo estaba esperando y no quiso regresar, querido Flaco.

—Al centro flaco, al centro.

—Si pillas vieja Nelly, el man nos quiere dar línea, ¿cierto?

Jaime Bateman era conocido por sus compañeros del M-19 como ‘El Flaco’ o ‘Comandante Pablo’.

Acostumbrados al imperativo de las órdenes, los tres acomodaron sus mochilas. Era tal el ventarrón y el consecuente movimiento del aparato que los tres guerrilleros y aun el piloto, en una instintiva maniobra de animales terrestres, buscaban un equilibrio de balancín, como si con ello ayudaran a la precaria estabilidad de la nave.

Dentro de aquella imposible masa de aire revuelta, espesa de calores tropicales, de vahos de materia, la avioneta ganaba con esfuerzo un poco más de altura. Sobre el poblado de Tasajera un nuevo viraje abierto a la izquierda les permitió apreciar el ángulo incierto donde la Ciénaga Grande de Santa Marta se pierde hacia el oriente para ir a frotarse contra las faldas de la Sierra Nevada, en ese límite vegetal sabroso y despelucado que forman las siembras de banano. Nuevo giro a la izquierda y otra vez la cinta altisonante del Caribe, las playas, pero esta vez a más altura. Y otra vuelta más sobre el eje imaginario de la Ciénaga para remontar las primeras nubes y llegar al espacio de las turbulencias, de las dificultades como las de Bolívar, pensaba Bateman: «Nada es fácil, pero siempre ha sido más jodido volar que tomarse el poder».

Nuevo giro esta vez hacia la derecha y el piloto arrancándole al motor la última potencia para insertarse en las masas blancas que en abril flotan sobre el litoral cuando no han llegado los vientos de agosto para llevárselas hacia el oeste. Nadie entendía nada. Atlántico, quizás era irse a ningún lado. Ella, la que se quedó en Santa Marta se quedó diciendo camino a Gaira: «De mar sí sé un poquito». Sobre las olas el barco va. La altura, el viento y la corriente y la tremenda chucha que todos ellos tenían, todo se olía, situados como estaban en la olorosa geografía del violín, como llaman en Venezuela a la sobaquina que se vuelve bruma sin norte, puro «mapurito» y cosas de mamíferos y de combatientes, como no, atentos a los tiburones.

—Cómo es la vaina capi: vamos es para Panamá. ¿Qué carajos es toda esa volteadera?

—Flaco, tenemos que ganar altura desde el principio porque quiero hacer el crucero tranquilo. Acá el radar nos pilla en el radial de ascenso, y frescos. Pero más adelante, cuando crucemos sobre el Magdalena y las ciudades, quiero estar por lo menos ya a 16.000 pies. Ahí no hay riesgos de que se fijen en nosotros. Nuestro plan de vuelo aprobado es para Magangué y de ahí p’alante frescura tropical.

Bateman creía que la lucha debía ser nacionalista, bolivariana, teniendo entre las manos el sentir americano.

Hora y media después, la nariz de la avioneta señalaba un horizonte de frutas podridas. Una capa negra con huecos grises, no por ello menos aterradores, se había establecido a lo largo y ancho del mundo cruzado por relámpagos que bajaban con esa manía que tienen los rayos de irse a ninguna parte, salvo cuando asestan sus cañonazos eléctricos sobre el pavor atávico de la gente. Aquello no eran nubes sino más bien un telón de fondo, una caja negra de un teatro del horror, escenario propicio para las tragedias. El capi daba órdenes.

—Se amarran bien que esta vaina va a brincar. Tenemos enfrente una tormenta más grande de lo que suponíamos por los informes meteorológicos. Lo mejor sería regresar para buscar una pista alterna. Tenemos más o menos facilidades para tomar los vectores de aproximación de Apartadó o Turbo y bajar allá mientras pasa esta alimaña.

Bateman, impresionado por la precisión del piloto, pero impulsado por la necesidad de llegar ese atardecer a ciudad de Panamá, no lo dudó.

—Hermano, ¿si seguimos hay modo de sacarle el culo a esa vaina y llegar a Panamá.

  • http://twitter.com/cdelaha Carlos de la Hoz Alb

    ¡Cosas bellas y esta del maestro Antonio Morales! Ya perdí la cuenta de cuantas veces he leído esta cuento doloroso y bien contado sobre las postrimerías de la vida de uno de nuestros héroes nacionales.

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