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Lucio al tablero

Mientras Carlos Alonso Lucio está en los medios señalado de intervenir en las decisiones de la ...

Al ver pegados en el techo de la camioneta los cuatro dedos de la novia de Carlos Pizarro, cercenados por un balazo, Carlos Alonso Lucio arrancó a toda velocidad y fue, en gran medida, el artífice de que Pizarro no muriera allí, el 24 de agosto de 1984 en Florida, Valle, sino en un avión seis años después por un encargo de los paramilitares. Alias El Sardino –era uno de los más jóvenes del M-19, entró a los quince años− salió ileso en medio de la lluvia de balas del ejército contra la camioneta.

Esa fue la primera de las tres veces en que ha estado cerca de la muerte. La segunda fue al año siguiente, cuando el militar Antonio Espinosa lanzó una granada contra el entonces candidato presidencial Antonio Navarro Wolff. Lucio fue el único que vio la granada antes de explotar. Y la tercera fue cuando Carlos Castaño lo secuestró para fusilarlo por su relación con el ELN en unos acercamientos para firmar la paz con ese grupo. Después de ese último encuentro con la muerte, los paramilitares, de manera paradójica, lo escogieron como asesor en los diálogos de paz de Ralito.

Lucio también participó en la Asamblea Nacional Constituyente y ha sido sido senador, candidato a la alcaldía de Bogotá, preso y cristiano converso. En cada una de esas facetas ha tenido un amor: María Eugenia Vásquez en la guerrilla –con quien tuvo a su hijo, José Antonio–, Analía Restrepo cuando se desmovilizó –mamá de su hija María Lia–, Íngrid Betancourt en la cámara de representantes y Vivianne Morales en el Senado, actual Fiscal General de la Nación, con la que se dice que continúa su relación y que ha generado diversas suspicacias en políticos y columnistas del país.

Pero lo único que Lucio no había podido hacer era estudiar en la universidad, porque abandonó la carrera de economía en el Externado para irse al monte hace 26 años.

El Sardino, que ya no tiene un sólo pelo negro en la cabeza, se matriculó en la carrera de Derecho en la Universidad de los Andes el pasado 10 de Agosto. Se preparó con dedicación para las pruebas del Icfes, tanto que en matemáticas logró un puntaje de 81 sobre 100, gracias a unas cuantas horas de estar sentado en los pupítres del Instituto Psicotécnico Ipler, para que volvieran a su cabeza las clases de matemáticas que cursó en el Liceo Francés, hace más de treinta años.

A las dos semanas de comenzar las clases en Los Andes, Lucio tuvo su primer examen, sobre estadística. Respondió las tres preguntas con gran facilidad e, incluso, entregó el parcial antes que todos sus compañeros, veinte años más jóvenes que él y que ya han ido a estudiar a su oficina los fines de semana. Cuando se le pregunta por sus compañeras de aula, responde con risas, como todo experto en callar.

Las personas que lo conocen podrían pensar que un hombre que nunca se ha quedado quieto, que ha estado cerca de la muerte al menos tres veces, que ha saltado de la izquierda a la derecha, del monte a la ciudad y del congreso a la cárcel, no va a terminar sin interrupciones los diez semestres que dura la carrera de Derecho. Considera que entrar a la universidad a los 47 años y estudiar con compañeros que tienen la edad de sus hijos es, de hecho, el mejor atentado que puede hacerle a la monotonía.

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