21N: marchas y cacerolazo que pasarán a la historia

22 de noviembre del 2019

Un todo en uno dejó el paro del 21N: Sol, lluvia, música, silencio, unidad, violencia y un cacerolazo.

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Foto: Andrés Lozano / Kienyke.com

El día empezó en silencio. La madrugada de este 21 de noviembre, cuando se supone que la urbe despierta y se sienten los vehículos transitar por las autopistas, se dejó ver con pocos carros. Durante semanas se venía anunciando un gran paro nacional y entre los bogotanos eso significaba una fiesta a la que cualquiera estaba invitado.

No hubo políticos dando discursos en tarimas pero sí en redes sociales. En las calles se veían como profesores, estudiantes, trabajadores y hasta mamás se tomaban la vocería con arengas y fuertes gritos que animaban multitudes.

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El sol y la lluvia hicieron que el clima de Bogotá se ratificara como uno de los más cambiantes del mundo. Se vieron muchas caras quemadas en medio de un diluvio. La paz rigió en su mayoría de tiempo, la música y el baile fueron el eje de una marea humana que desprendía un aroma a libertad y cambio. Pero como en una moneda, estas marchas tenían su otra cara que se demoró en salir, pero finalmente se vivió: la violencia se tomó varios puntos de la ciudad.

Una temprana cita para marchar

La Gobernación de Cundinamarca, sobre la calle 26 fue uno de los lugares de encuentro. Allí llegaron desde temprano el magisterio de la educación y otros participantes. La Policía Nacional estuvo antes que cualquiera, pero poco a poco ese verde llamativo se fue perdiendo entre las pancartas y la gente.

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También había estudiantes de la Universidad Nacional que iban acompañados de sus madres. Una de ellas, Alba Rocía Báez, le dijo a KienyKe.com que salió a marchar para apoyar a su hija, que la educación en Colombia tiene que ser un derecho y aprovechó para manifestarse también con preocupación hacia la implementación del Acuerdo de Paz.

Los maestros, por su lado, gritaban que ya era hora de que el Estado les cumpliera con sus condiciones laborales, sacaban pancartas y se humedecían los labios para soplar con fuerza las vuvuzelas. Poco a poco el espacio frente a la Gobernación se iba quedando pequeño para la cantidad de gente que empezaba aglomerarse.

“El objetivo de la marcha no es volver una nada el país, es hacer sentir que aquí la gente es valiosa, que el Gobierno sepa que la gente está inconforme sobre su posición”, le dijo a este medio Omar Palacio, un profesor que llegó desde el municipio de Soacha.

Otro de los puntos en los que muy temprano empezó a llegar la gente fue el Parque Nacional, centro de la capital del país. Un par de jóvenes contaron que marchaban por los homicidios a líderes sociales y también por el caso de los niños que murieron tras el bombardeo que realizó el Ejército contra un disidencia de las Farc en el Caquetá.

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El ambiente en las horas de la mañana fue de paciencia y reunión. Las personas hablaban entre sí sobre las razones que las convocaban ese jueves y ahorraban batería mientras esperaban que más ciudadanos llegaran a su punto de concentración, porque sabían que se venía una gran fiesta.

El sol y las marchas en su máximo esplendor

El camino desde la Gobernación de Cundinamarca hasta el centro de la ciudad no era muy largo pero se debía transitar por una de las arterias más importantes de Bogotá, la calle 26.

Cientos de personas ya estaban listas para partir y alrededor de las 9:30 a.m. se tomaron el carril sentido norte-sur. La marcha transcurrió con total calma.

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Con arengas y banderas ondeadas el sol brilló en la capital colombiana como hace días no lo hacía. En gran parte del camino desde los edificios residenciales, varias personas saludaban y gritaban a favor del paro nacional. En el carril contrario los pocos carros que transitaban pitaban despertando los gritos de una colectividad que se hacía sentir con sus pasos.

Justo en la calle 26 con avenida NQS se chocaron dos masas de gente: los maestros y los estudiantes de la Universidad Nacional. Los ánimos de sacudieron con gran fuerza, unos en sentido sur y otros en sentido norte se miraron y se saludaron con pitos y enseñando sus carteles. Las dos corrientes de marchas siguieron cada uno su camino.

Mientras los maestros llegaban al centro, manifestantes que desde muy temprano se reunieron allí empezaron a cantar y a recibir a cada grupo de personas que llegaban por las diferentes vías de la ciudad.

El ambiente era de alegría, todos entonaban himnos y caminaban saludando sin importar si se conocían o no. Un ambiente fraterno en el que por un instante todos parecían querer lo mismo: paz y unión.

En ese camino, este medio se tropezó con figuras de la política nacional y personalidades de la farándula. Cada uno dejando su mensaje sobre la importancia de manifestarse, de salir a recorrer las calles con convicción.

“Las mujeres marchamos por la vida y por la paz, porque Iván Duque cambie de rumbo y ejerza como presidente de Colombia (…) no queremos niños que mueren en crímenes de guerra”, le dijo a KienyKe, la excongresista Ángela María Robledo.

“Tengo muchos motivos para marchar, pero el principal es por la vida”, afirmó el reconocido actor colombiano Santiago Alarcón, quien desde muy temprano acompañó la jornada desde el Parque Nacional.

En menos de lo esperado, la Séptima se convirtió en un río de gente. Caminar de un punto a otro requería atravesar cientos de personas y fue cuando el sol llegó a su punto máximo para luego desaparecer tras las nubes grises de la acostumbrada Bogotá.

Lluvía, la Plaza de Bolívar y la otra cara de las marchas

Las nubes toparon el cielo y con eso llegó una tarde llena de lluvias, que pese a ser intermitentes y por sectores, en la Plaza de Bolívar cayó a cantaros el agua.

Algunos se atrevían a decir que con el agua se espantaba la gente y que daban por terminadas las marchas. De hecho muchas personas no seguían el camino, pero aún así la mayoría continuó hacia la Plaza de Bolívar donde una tarima esperaba para animar a los asistentes.

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La Alcaldía se preparó para ese día forrando varios de los edificios del centro con una malla negra. La estatua de Simón Bolívar en la mitad de la plaza estaba forrada de una tela verde de cerramiento, y a su alrededor lo protegía un muro hecho de latas.

Con el paso del tiempo la situación se iba tornando pesada. El clima empeoró y los ánimos se comenzaron a perturbar. Los abucheos subían de tono y más cuando se decía algo del presidente Iván Duque y el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

La mayoría de personas trataban de escampar y las latas que rodeaban la estatua de Bolívar fueron vistas como una opción para cubrirse de la lluvia. Varios hombres empezaron a romper esa estructura y con la lona verde que rodeaba la escultura se protegieron.

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De a poco, el ambiente comenzó a tornarse más conflictivo y fue ahí cuando estalló un enfrentamiento entre algunos manifestantes, el Esmad y otro grupo de marchantes que pretendían proteger a los uniformados.

La violencia se volvió protagonista. Mientras en la Plaza de Bolívar los enfrentamientos se agudizaban con miles de personas concentradas que no le interesaba estar en medio de gases y piedras, en otros puntos del país el panorama era similar. Estaciones de Transmilenio volvieron a ser destruidas y un agente del Escuadrón Antidisturbios agredió con desmedida fuerza a una joven en su rostro.

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La redes sociales se tiñeron de nuevo con videos de violencia, agresión y división, y lo que había empezado como una jornada pacífica se transformó en una constante batalla entre manifestantes y la Fuerza Pública.

La jornada en el centro de la ciudad llegó a su fin cuando el Esmad decidió lanzar granadas aturdidoras y gas pimienta para dispersar la concentración en la Plaza de Bolívar. Pero en otros lugares los enfrentamientos continuaron.

Un cacerolazo que hizo más ruido que el vandalismo

Pese a que la jornada aparentemente había terminado con desmanes en la ciudad y en varias ciudades del país, un cacerolazo se comenzó a organizar desde las redes sociales.

Ya lo habían propuesto antes, pero al término de las jornadas, al paso de cada minuto se iba escuchando a lo lejos los sonidos de las ollas siendo golpeadas una y otra vez.

Los vecinos de cada barrio se sumaron y las ganas de salir de nuevo a la calle iban en aumento. Desde edificios y casas las personas comenzaron a grabar lo que se escuchaba por primera vez en la noche bogotana. Fue histórico. Los reportes venían de cada rincón y con más fuerza se iba propagando una de las formas de protesta más significativas del país.

Precisamente hacer ruido en las calles y cuando el cielo se oscureció, avivó el espíritu de la manifestación pacífica que terminó haciendo más eco que los desmanes y la violencia ocurrida.

En un país que en sus raíces tiene conflictos tan arraigados, que un paro nacional termine con el sonido incesante de un par de ollas de cocina, es significativo y de reflexión. Sí, es verdad que hubo violencia y hay serias denuncias, pero lo vivido este 21 de noviembre está muy por encima de lo que se esperaba. Colombia merece expresarse y cada vez lo hace mejor.

Por: Richard Stevens Ladino

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