Los indígenas que corren más de 100 kms para llevar marihuana a EE.UU

Los indígenas que corren más de 100 kms para llevar marihuana a EE.UU

6 de Febrero del 2013

Pueden correr más de cien kilómetros calzando unas primitivas sandalias de suela de llanta y atravesar desiertos bajo un sol abrasador con el mínimo de agua. Son los Rarámuris, unos superhumanos pertenecientes a una de las pocas tribus que sobreviven en el albor del siglo XXI y que procuran conservar sus ritos intactos como siglos atrás. Desde la colonización se les conoce también como Tarahumaras, vocablo que significa “los pies ligeros”, “los pies que corren” o “los pies alados”.

Dominan la Sierra Madre Occidental, un conjunto montañoso en el oeste del estado de Chihuahua, en el norte de México, justo en la frontera con Estados Unidos. El terreno altiplano es para esta comunidad un campo diario de entrenamiento en el cual preservan la destreza que los ha hecho famosos: correr.  Su estatura no supera el metro con ochenta y el ejercicio permanente los mantiene delgados y con piernas tan duras como el acero. Su piel es rojiza, tostada. No tienen una vestimenta común porque su extensión territorial es vasta: los de las montañas visten ropa de clima frío, como blusas coloridas y mantas; los que habitan las cálidas montañas suelen llevar sus torsos desnudos y solo usan la ‘sapeta’, una suerte de taparrabo que tiene un sobrante de tela en la parte de atrás. Tanto los de las montañas como los de climas cálidos prefieren andar descalzos o usar ‘huaraches’, un tipo de sandalias de los aztecas legendarios.

En su sangre corre velocidad, resistencia y adrenalina. Esto los hace la carnada perfecta para la delincuencia organizada, que emplea su mítico legado físico y cultural para perversos propósitos: los usan para transportar droga ‘a lomo de indio’.

Esto ocurre desde hace varios años, al menos diez. Especialmente los domingos varios jóvenes tarahumaras visitan las zonas pobladas y llevan vestuario nativo que los identifica. Entonces, son vistos como objetivos de los narcos, que los abordan en una camioneta en cuyo interior hay dos o tres hombres. “Los sujetos no van armados, no usan la coerción cuando reclutan”, advierte Ken del Valle, abogado de El Paso (Texas, EE.UU.), quien ha venido denunciado que a su despacho llegan casos de jóvenes indígenas explotados como ‘mulas’ aprovechando su excepcional talento de atletas.

Según describió del Valle a KienyKe, cuando los traficantes andan por los caminos de zonas pobladas e identifican al grupo de indígenas, se les acercan y les dicen “¿quisieran entrarle a la burreada?”. En la camioneta de los delincuentes suele haber un hombre que conoce el dialecto Rarámuri por si los sujetos no hablan español. ‘Burreada’ se refiere al tráfico de estupefacientes en mochilas, las cuales son cargadas por personas como si fueran burros.

“Si los chicos dicen que no, no los molestan más, porque saben que adelante encontrará alguien que les dirá que sí”, agrega el abogado.

Cada indígena reclutado transporta hasta 20 kilos de marihuana en un morral. Caminan ocho o nueve horas en la noche y descansan durante el día.

Los delincuentes, cuando tienen un grupo de al menos cinco hombres, los reúnen y les explican el negocio. A cada indígena se le asignará una mochila con 20 kilos de marihuana. El éxito de la operación les significará un pago de 1.500 dólares a cada uno, según les prometen. El objetivo llevar el cargamento a territorio estadounidense, atravesando a pie el desierto y sin dejarse capturar por las autoridades fronterizas.

Cualquier punto en la línea limítrofe puede ser el lugar de salida, y ellos no conocerán antes del operativo las coordenadas del destino. Datos así se mantienen en reserva. Pueden ser llevados a cualquier parte de la frontera mexicana, la que dé al estado de Nuevo México, o la que dé al estado de Texas.

Los cinco tarahumaras son deslumbrados por los traficantes, quienes les entregan una muda de ropa o los llevan de compras. “Les dan ropa moderna, con zapatos, jeans, camisas, accesorios, y les dicen que tranquilos, que cuando regresen les descuentan de su pago las prendas que adquirieron; desde ahí se dejan deslumbrar”.

El grupo de ‘burreros’ es transportado en camioneta al punto de salida. La marihuana les es entregada en costales y desde ese momento los cinco quedan a cargo de un guía, el único que conoce el lugar donde los esperarán del otro lado de la frontera.

A cada hombre le dan dos raciones de agua y una de alimento. No obstante, saben que el viaje es largo, así que por su propia cuenta llevan comida extra. Burritos y sardinas enlatadas son el menú sugerido para aguantar un viaje de al menos cien kilómetros.

Las indicaciones no son muchas, pues es mejor que no tengan demasiada información antes de partir. La travesía inicia en el ocaso de un día cualquiera.

Se aprovechan de su infame condición de pobreza y abandono

Zósimo Camacho, periodista y etnógrafo de los Rarámuri, dice haber visitado en varias oportunidades las aldeas de esta comunidad indígena, e identificar que sufren una “infame condición de pobreza y abandono del Estado”. “Existe una presión sobre comunidades pobres y aisladas para que entren a la economía ilegal. Por sus condiciones de desigualdad y desempleo se pueden encontrar cautivados por estas ofertas”.

Por esto serían la víctima perfecta para los narcotraficantes, quienes sobre todo se interesan por su innata cualidad de atletas. “Siempre se han caracterizado por que en sus rituales tienen un juego con una pelota que lanzan hacia acantilados y la idea es que la encuentren rápido. Pueden durar días corriendo en busca de la pelota. Esto mide su fuerza para correr en terrenos agrestes y soportar condiciones climáticas complejas”, dice Camacho.

Pero cuando parten hacia Estados Unidos evitan desgastarse en carreras, y en cambio sortean los senderos del desierto con caminatas pausadas. La primera noche duran al menos ocho horas andando, hasta el amanecer. Cuando hay luz se encuentran con un ambiente árido y un arenal indomable. Por eso de día descansan. Para hacerlo el guía les pide que escondan los costales de marihuana a unos cien o quinientos metros de distancia, por seguridad en caso de ser interceptados. En seguida buscan cuevas para resguardarse del sol o la lluvia. Comen, descansan y se preparan para continuar el trayecto al anochecer.

Hacia las seis de la tarde, aún con algo de luz, recogen sus mochilas y siguen caminando. El viaje puede durar dos o tres noches. El guía logra comunicarse con sus contactos del lado estadounidense cuando se acercan al punto indicado. Entonces se sitúan a la orilla de una carretera, aguardan la llegada de un coche, usualmente una camioneta que el guía conoce con anticipación, y en ella esconden los bultos de marihuana. Las cinco mochilas reúnen cien kilos de hierba. La operación fue cumplida. Es hora de que los jóvenes indígenas regresen a México como salieron de allí: a pie.

Tarahumaras

Los rarámuris tiene una habilidad nata para correr. Además soportan agresivas condiciones climáticas y en sus rituales se entrenan para fortalecer su talento.

“Una vez que los chamacos regresan al pueblo donde fueron reclutados, van en busca de su paga y se encuentran con una sorpresa: no les entregan el total que les prometieron. Les dan 1.200 o 1.300 dólares. Cuando los tarahumaras exigen el resto, los reclutadores dicen que les descontaron la ropa y que no alcanzó el dinero, y que con el próximo viaje recuperarán lo que les quedan debiendo. Es una forma de engancharlos para que sigan”, dice el abogado Ken del Valle.

Ante los estrados estadounidenses

La táctica es no amenazarlos ni intimidarlos y en cambio cautivarlos para que entren por su voluntad. “A los narcos no les conviene dañar a los chamacos. Si mueren o se asustan y huyen, no llega la marihuana”, explicó del Valle. Suele pasar que un joven tarahumara logre hacer unos 10 o 15 viajes antes de ser arrestado; pocas veces se salvan de la patrulla fronteriza: “border patrol”. Este escenario es una desgracia. La justicia estadounidense es implacable en estos casos, sin importar las condiciones del delito.

El abogado del Valle, que ha actuado como defensor de casi cincuenta tarahumaras en quince años que lleva litigando en El Paso (Texas), explica que las leyes del otro lado del Río Bravo son muy estrictas cuando encuentran el grupo de cinco indígenas con mochilas llenas de marihuana. “Cada uno, por el hecho de haber actuado con otros cuatro compañeros, es acusado de conspiración. Es decir, cada uno es culpable por lo que hizo todo el grupo. Así haya llevado solo 20 kilos, se le enjuicia por cien kilos. Hay sentencias de cinco a 40 años. Algunos tribunales les dan rebajas por saber que son reclutados, son indígenas, se declaran culpables y que no son reincidentes. Entonces les dan entre 13 y 24 meses y luego los deportan”.

Patrulla fronteriza

Foto: AFP

 Si son capturados por la policía fronteriza, los indígenas ‘burreados’ pueden ser condenados a penas de entre 13 meses y 40 años de prisión, dependiendo sus antecedentes. 

Del Valle solo sabe que a través de la ‘burreada’ se trafica marihuana, porque los delincuentes no se atreven a enviar otro tipo de estupefaciente más costoso, que pudiera no llegar a su destino. Además recuerda que hubo tres tarahumaras que hace un par de años se perdieron y por poco mueren de sed. La razón del extravío: se fumaron la droga que llevaban como mercancía.

Con más de una década conociendo este fenómeno, el abogado incluso cuenta que hace unos meses atendió a un grupo de indígenas que fueron capturados de día pero cuya droga no les fue hallada cerca de ellos. Se pudieron haber salvado de no ser porque uno de los jóvenes del grupo, que llevaba una cámara de fotos escondida, había tomado una instantánea de los cinco con su cargamento.

Los costaleros, como se les conoce del lado estadounidense a este tipo de traficantes, suelen tener entre 16 y 60 años de edad. Ni muy jóvenes ni muy ancianos, porque el objetivo es que resistan la ardua caminata y no mueran en la travesía.

Aunque el camino es difícil, el trayecto largo y el esfuerzo absurdo, los indígenas Rarámuri que se enlistan en esta tarea son seducidos por una banal recompensa, acaso invaluable para ellos. El dinero de la paga les sirve para comprar ropa, una comida deliciosa en un restaurante al regreso del viaje, unas cervezas y tequilas para celebrar la victoria, regalos para los padres y hermanos. Sin recurrir a la coerción, los diferentes grupos del narcotráfico que dominan el norte de México se aprovechan de la estirpe indígena, que se bate entre el abandono y la extinción, y envuelven a sus nuevas generaciones en un negocio ilícito que parece de nunca acabar .