A Mafalda

13 de mayo del 2011

Conocí a este maravilloso personaje siendo una niña. Mi padre me prestó los libros de Ediciones de La Flor que había comprado en la Librería Nacional en los años setenta, y cuando apenas yo empezaba a leer, me enamoré de esa fantástica historieta que Quino nos regaló hace más de cuatro décadas y que hasta hoy no hemos tenido cómo pagarle.

En aquella época, empezando los noventas, teniendo yo 8 ó 9 años, me deleitaba con las historietas en las que Mafalda le declaraba la guerra a la sopa, cuando Guille pedía el chupete  “on the rocks” o cuando a Felipe se le enredaba la tarea en la cabeza justo al ver a Muriel, la niña de sus sueños.  Mafalda estaba de primera en mi lista, era mi favorita,  muy por encima de las Candy Candy o las Heidys de la época.  Tenía muñecos, calcomanías, cuadernos y maletas. Incluso un cuadro hecho en batik que mi madre pintó para mí con todos sus personajes.

En mi adolescencia, empecé a comprenderla mejor. Entendí por fin qué era Vietnam y por qué le preocupaban tanto los chinos.  Entendí su sarcasmo, su franqueza, su rebeldía. Y a los 12, en Navidad, me regalaron el Todo Mafalda, un libro amarillo, enorme, de 647 páginas, con las historietas de siempre y algunas inéditas, incluso en otros idiomas. Fue suficiente para enamorarme de ella, de sus padres, de sus amigos, de su mundo, de una vez y para siempre.

Hasta hoy, Mafalda y su mundo me fascinan, me sorprenden, me inquietan. Sus personajes no parecen hechos por casualidad. Funcionan como un engranaje perfecto de ideas disonantes: Mafalda, la política; Susanita, la madre soñadora, la chismosa; Felipe, solitario y ansioso; Manolito, el capitalista; Miguelito y su imaginación infinita; Libertad, pragmática y pesimista. En un mundo real, seis personas con esas características no podrían ni verse. En el mundo de Quino, aunque a veces no se soportaban ni se entendieran, aquellos seis eran amigos, se querían,  y en el fondo,  hasta se admiraban.

Mafalda vio oficialmente su fin en junio de 1973. Pero Mafalda es eterna. Eterna cuando decimos, casi sin aliento “Lo urgente no deja tiempo para lo importante”; cuando nos recuerda: “He decidido enfrentar la realidad. Cuando se ponga linda me avisan” o cuando nos aconseja  “Comienza tu día con una sonrisa, verás lo divertido que es ir por ahí desentonando con todo el mundo”.

Han pasado 37 años desde la última vez que Quino dibujó a Mafalda. Una lástima ¿Qué pensaría Mafalda  de Obama, de Osama, de Bush (sobre todo de Bush),  de Cristina (su presidenta), de Chávez y de todas las transformaciones que ha tenido el mundo desde entonces?

¿Qué sería de Mafalda y sus amigos hoy? Me gusta imaginarme ese escenario  ¿Lograría su sueño de ser traductora de la ONU y así lograr la paz del mundo tergiversando los insultos de los políticos de turno? ¿Lograría Susanita un matrimonio feliz? ¿Seguiría Manolito en el mostrador del Almacén Don Manolo? ¿Qué diablos haría Felipe? ¿Estaría aún Miguelito sentado en un parque esperando todavía algo de la vida? ¿Lograría Libertad llevar una vida simple?

Los años pasaron. Las generaciones son otras. Las guerras cambiaron de lugar y los políticos de nombre. Pero Mafalda sigue ahí, actual, fresca, sincera, franca. Leerla hoy es como leerla hace 40 años. Gracias a ella somos un poquito más felices, aunque también más angustiados, pues ya lo sabemos: “¡Muchachos, sonamos,  resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!”

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