Hace unos meses leí una noticia sobre un niño de 4 años que fue reprendido en la escuela por decirle un piropo a la maestra. Me indignó pues tal actitud denota un total desconocimiento de las fases normales del desarrollo humano (a esa edad los niños se enamoran de la figura femenina de autoridad como la madre, la profesora etc.) y además bastantes problemas tenemos en el mundo como para andar castrando la ternura.
Me hizo recordar que siendo adolescente me molestaba mucho que me echaran piropos, al mínimo “tiene más ojos que una piña mal pelada” me giraba y ponía cara de asco y reprobación. En ocasiones hacía una mueca horrible para ver si retiraban lo dicho, pero hubo un comentario que lo cambió todo. Íbamos con mi prima, que es absolutamente hermosa y que en ese momento era modelo de ropa deportiva, por una calle donde estaban construyendo un edificio. De repente, lo esperado. Tres o más obreros empezaron a silbar y a gritar todo el repertorio piropesco.
- ¡Mamacita! - gritó uno de ellos.
Como estábamos lejos y no alcanzaban a ver mi nefasta cara de protección antipiropos, le respondí a todo pulmón:
- ¿Y éste que se cree? -
Y vino la respuesta que dividió mi vida en dos:
- ¡mmhh, pero le echamos el piropo a la bonita y se enfada la fea! -
