Se ha concertado la paz. Después de varios meses –un año largo- de intensa labor diplomática, se ha firmado el Acuerdo de Oslo. Lo que comenzó en septiembre del año 2012 con el “Acuerdo General para la Terminación del Conflicto”, ha concluido con los anuncios oficiales del día de ayer. Veedores internacionales han confirmado desde tempranas horas su asistencia a la cita del fin de esa “oscura noche de medio siglo de violencia”. Se va a firmar la paz, pero no se ha modificado el substrato que explicaba la guerra. O mejor, los presupuestos que la hacían a la vez forzada e inevitable.
Al concluir las conversaciones en Oslo, que lograron un cese definitivo del fuego y de las hostilidades bilaterales, e iniciarse en menos de treinta días la entrega de armas por parte de los grupos insurgentes, la entrada al ejercicio de la actividad política por parte de los mismos y la reincorporación de esos hombres a la sociedad civil , se tiene la misma incertidumbre del ayer sobre el destino del hombre colombiano, a quien en más de cincuenta años se le han impuesto odios, miserias y mutilaciones espirituales y físicas, sin cuento ni compasión.
Solo se ha depuesto la arbitraria e insolente intervención de fuego sin par, en la discusión de los colombianos sobre la orientación que debe tener su gobierno y sobre los hombres que deben encarnar los valores de su comunidad. Pactada la paz no se ve cómo asegurarla, cómo perdonar y olvidar, cómo reconstruir un refugio tranquilo para el campesino y el hombre urbano. Generaciones de colombiano han vivido entre la égida y la desatención de guerrilleros, paramilitares, narcotráfico, militares, grupos económicos y de poder; signada sus existencias por la incomprensión que campo y ciudad han mantenido desde los tiempos de la Patria Boba; la concentración de la tierra y la riqueza en tan pocas manos; la influencia permisiva y permeable de la cultura del dinero fácil; la corrupción, la justicia tan ciega y coja que nunca llega; la arrogancia de los medios: arrodillados frente a los poderosos y fieros ante los débiles; la culpabilidad sistemática hacia la juventud, la profunda crisis educativa, la inasistencia médica y el vasallaje extranjero. Miles de hombres retornaran a su hogar con el estigma y el lastre de la guerra. Cientos de miles de familias diezmadas. Deponer las armas, abandonar los territorios conquistados y las prerrogativas duelen, de manera visceral, a quienes dejaron que la guerra, fuera impuesta o no, gobernara sus actos; y enardece a las personas tranquilas que rogaban por el fin de la hecatombe.
La paz es una certidumbre dura, más dura que la guerra porque necesita cordura, que es escasa virtud humana. La cordura impone razones, mesura, limitaciones y serenidad. La cordura excluye retaliaciones y recelos.
Ahora sobre el silencio del número indeterminado de víctimas, van los colombianos a tratar de organizar una vida nueva, una vida que muy pocos recuerdan haber vivido y muchos no gozaron nunca. Sobre el silencio de la sangre y de las armas, que sigue amenazante, la muerte y aquellos que se pregonan en sombras ser sus más fieles seguidores, continúa velando su ambición insatisfecha.
Ojala primen sobre ella los deberes y derechos que se han pactado y sea posible conservar la paz y fortalecerla en una prometedora convivencia. Y tal como lo expresara John Lennon :
“Será como empezar de nuevo”
Alberto Salazar Castellanos
wica08@yahoo.com
Como si todo recomenzara
Jue, 06/09/2012 - 10:14
Se ha concertado la paz. Después de varios meses –un año largo- de intensa labor diplomática, se ha firmado el Acuerdo de Oslo. Lo que comenzó en septiembre del año 2012 con el “
