De Colombia a Santiago de Chile por tierra. Primera entrega
El inicio de la aventura hacia el sur se vio truncado ese martes a la media noche, cuando el encargado de la taquilla de expreso internacional Ormeño se acercó para decirnos que el bus no llegaría hasta las siete de la mañana, porque hubo un accidente en la vía y no había paso para ningún vehículo.
Stella, una mujer de unos 45 años, desconcertada no sabía que hacer, estaba en la terminal con sus cuatro hijos a la espera del bus que la llevaría primero hasta Lima y luego hasta buenos Aires, en donde la esperaba su esposo. Era media noche y según escuché llevaba un presupuesto corto para la travesía con sus cuatro hijos de 14 a 2 años y un cerro de maletas.
Gisela, una morena alta vestida de impecable sudadera blanca, después de asegurarse que el bus sin falta estaría a las siete de la mañana en la terminal, agarró sus maletas y desapareció.
El flaco, como le llamarían en el resto del viaje y de quien no supe nunca el nombre, despotricó un rato y también desapareció de la sala de espera en medio de la gente, que justo ese martes de semana santa inundaba la terminal de transportes de Bogotá.
Yo me quedé un rato observando a Stella, como sacaba cobijas de las maletas y trataba de armar “cama” para sus hijos. Decidió esperar hasta la madrugada ahí, en medio del frío de la noche bogotana.
En la mañana cuando llegué a la terminal ya el bus estaba estacionado en su bahía, me esperaban a mi, llegó a las 6 de la mañana, una hora antes de lo que estaba programado, aún así el viaje ya tenía media jornada de retraso.
En el bus habían unas 15 personas que venían de Caracas y Cúcuta, olía a sueño, un poco a sudor y baño de bus. La mayoría de los pasajeros que ya llevaban un día de viaje dormían acomodados en doble silla, unos pocos se debieron mover para darle espacio a los nuevos inquilinos de esta travesía.
Sobre el medio día nos detuvimos en el parador de Ibagué, en donde todas las flotas que cubren la ruta se detienen, ahí cruce mis primeras palabras con algunos de mis compañeros de viaje, dos argentinos y una estadounidense que venían de Caracas con destino a Quito, al igual que yo almorzamos enlatados, que llevamos de reserva para no comprar comida en los costosos restaurantes de carretera que exprimen a los viajeros.
Tania y el flaco, almorzaron y tomaron cerveza, Stella les dio de comer a sus hijos, algunos tomaron una ducha en los baños públicos del parador mientras los conductores y auxiliares almorzaron e hicieron “aseo” al bus. Retomamos la ruta hacia Cali, en donde según dijo uno de los auxiliares, un peruano poco amable, se completaría el cupo, y ya no podríamos tener más acomodación doble como hasta ahora.
El flaco, el más sociable y quien ya había realizado el viaje por tierra hasta Argentina, comenzó a contarnos como eran los pasos fronterizos, en donde ponían más problemas para ingresar y hasta en donde pararía el bus para comer, nos recomendó llevar comida de reserva porque, como ya nos habían dicho en la taquilla al comprar el boleto, en el bus no nos daban nada de comer.
Un habitual trancón en la Línea -única vía que conecta con Cali y el puerto más importante de Colombia, Buenaventura, con el centro del país- hizo que el trayecto fuera más largo de lo que esperábamos. La mayor parte de las horas siguientes pasaron entre sueños y películas piratas proyectadas en tres televisores instalados a lo largo del bus.
Llegamos a las ocho de la noche a Cali. En la terminal el auxiliar nos dijo que podíamos bajar a comprar provisiones ya que no íbamos a para más hasta Rumichaca, el puente fronterizo con Ecuador. Y tal como lo había anunciado el bus completo su cupo, acá se subieron unas 15 personas más.
Johanna, una caleña de 25 años abordó el bus con dos niños , un bebé de un poco más de un año y Dylan de tres, con quienes esperaba llegar hasta Santiago de Chile para reencontrarse con el esposo y padre de sus hijos, un chileno al que no veía hacía un año.
Una mujer fuerte, verraca, que se arriesgo a hacer este largo viaje por carretera sola con sus dos pequeñines, con todas las incomodidades imaginables. Los dos niños dormían con lo largo de sus pequeñas existencias en los dos puestos mientras Johanna se acomodaba lo mejor posible para descansar. Cada tanto tenía que correr al baño a dejar pañales sucios, lavar biberones y a sus necesidades mientras, algún buen samaritano veía por sus hijos un par de minutos. Sí, ella sola, con dos bebés recorrió miles de kilómetros durante siete días para reunir a su familia.
Edwin viajaba también hasta Santiago a probar suerte, dejando en Cali a su familia, Jenny su esposa, Nana y Andrés sus dos hijos. Y quien se convertiría a lo largo del viaje en la mano derecha de Johanna para ayudarle con el cuidado de sus pequeñines.
Tania otra morena, delgada y alta- que intentaba llegar a Argentina tras haber sido devuelta en el aeropuerto de Buenos Aires, Argentina- que iba a trabajar con su hermana en una pequeña ciudad argentina. Una mujer alegre que a lo largo del viaje nos hizo reír u odiarla con su carcajadas desproporcionadas y sus chascarrillos; por ejemplo en Perú, Tania, después de almorzar y visitar la playa atrás del restaurante donde comimos, dejó olvidado su bolso y tuvo que detener el bus unos cinco minutos luego de haber abandonado el lugar para regresar en taxi a buscarlo, sobra decir que allí tenía todos sus documentos y dinero, sin los cuales no llegaría muy lejos. Ella que ya sabía lo complicado que era ingresar a Chile o Argentina por ser colombiana, negra y no profesional, se quedaría en Lima para seguir con su ruta hacía Argentina pasando por Bolivia, según dijo por allí la entrada era más fácil -seguramente de forma ilegal-.
Un grupo de los que abordó en Cali fue el encargado de romper el cómodo y tranquilo viaje hasta ahora, uno de esos “parches juergueros” -amigos que iban de paseo a Buenos Aires- que sin importarles los demás, hicieron su algarabía hasta cerca de la media noche, cuando ya los efectos del alcohol (prohibido en el bus) los obligó a dormir en sus puestos, ¡llegó el festín de ronquidos y pedos!
Ellos se quedaron en Lima en donde abordarían otro bus hasta Argentina, para bien de algunos de nosotros que no teníamos ni el buen humor de ellos, ni el suficiente entendimiento para sus chistes y comentarios y mucho menos la resistencia para pasar tantas horas en algarabía.
Rosa, la que sería mi compañera de viaje hasta Santiago, una morena ancha, vestida de sudadera fucsia y pelo recogido, que viajaba en compañía de dos amigas también afrodescendientes y con quienes esperaba llegar a Santiago a visitar un amigo y quedarse unos días, pero que en realidad y según pude comprender más adelante en sus conversaciones iban a buscar trabajo como estilistas.
El bus andaba lento por la empinada cordillera que lleva hacia el departamento de Nariño, el último lugar de Colombia por el que pasaríamos antes de entrar a Ecuador, infinitas montañas y cañones de toda la gama de verdes posibles, coronadas por neblina fueron el paisaje que nos ofrecían las ventanas empañadas por el calor interno y el frío externo.
Pequeños grupos de nariñenses, indígenas, caminaban a los costados de la carretera, durante horas los íbamos dejando atrás, algunos -los que ya iban llegando a la parte alta de la montaña donde esta Pasto- caminaban cojos, agotados, con los zapatos sucios y mojados, era jueves santo, seguramente -por que nunca pude averiguar- se dirigían a alguna romería de las que hacen los católicos por esas fechas.
Después de un par de horas estábamos por fin en Rumichaca, último rincón de Colombia por esa carretera y paso fronterizo con Ecuador, el último café que me tomaría en mucho tiempo en el país. Una fila extensa en las oficinas de migración para sellar la autorización de salida, para pasar el puente y pisar tierra ecuatoriana.
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@aqui_roban
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