De Colombia a Santiago de Chile por tierra. Última entrega
Lima, la capital del Perú, la puerta a la aventura precolombina de las líneas de Nazca o la ciudad Inca de Machu Pichu, ciudad de negocios, de comercio internacional, de grandes avenidas y edificios de oficinas. Lima para nosotros no fue más que el final de una parte del viaje, un lugar para descansar por unas horas, tomar una ducha y un buen almuerzo, un punto en donde el grupo se dividía, en donde veríamos, quizás por última vez en nuestras vidas, el rostro de algunos de nuestros compañeros de travesía.
Después de pasar una media hora haciendo el registro para continuar el viaje, quedamos libres. En la terminal había un maletero para guardar el equipaje por dos soles, un baño sin duchas y un enjambre de vendedores que ofrecían servicios de taxi, hotel, duchas, alimentación y tours por la ciudad, obviamente todo a precios descomunales para turistas.
Los que retomábamos el viaje a las 12 teníamos poco más de dos horas y por su puesto lo mejor era no alejarnos de la terminal, era sábado de semana santa y la mayoría de comercios estaban cerrados, por lo menos en los alrededores, así que la gama de posibilidades era reducida, uno que otro restaurante y un café en una estación de gasolina.
Acompañé a Milena –la manizalita que se quedaba en Perú- al taxi que la llevaría hasta otra terminal de buses en donde continuaría la ruta hacia su destino, fui al café en la estación de gasolina para conectarme a internet, ponerme en contacto con mi familia y comer algo ligero, luego me aseé lo mejor que pude en los baños de la terminal y listo, de nuevo al bus para continuar la ruta hacia Santiago.
Nuevo bus, nuevas caras. A mi lado se sentó Esperanza, una señora de unos 50 años, peruana, que desde hace años vive en Chile, estaba de vacaciones en Lima visitando a su familia y ahora regresaba a su vida en Santiago, en donde trabaja como empleada del servicio doméstico.
Un par de jóvenes peruanos que iban camino a Santiago, uno de ellos con residencia en ese país y el otro en busca de nuevas oportunidades. Un anciano chileno del que además de los escupitajos en el pasillo y una que otra queja no supe nada más, a su lado una mujer mayor, chilena, que regresaba al país de unas vacaciones, quien recibía llamadas telefónicas cada tantas horas y cuyas conversaciones escuchábamos casi todos en el bus. Ellie, una inglesa que viajaba hacía Argentina después de vivir un tiempo en Perú.
Partimos a las 12:30 en un recorrido que nos llevaría hasta Santiago de Chile, las sillas estaban en una especie de segundo piso sobre las bodegas y la cabina del conductor, por lo que los pasajeros que iban en la primera fila tenían una panorámica envidiable.
Viajamos sin detenernos en ninguna parte ese día. Johanna continuaba en las dos sillas de la fila del a lado con sus dos hijos, exhausta y con ganas de llegar lo más rápido posible a Santiago me preguntaba cada tanto cuánto nos faltaba.
El recorrido fue tranquilo esa tarde y esa noche, paisajes espectaculares entre el desierto y el Océano Pacífico, un hermoso atardecer del desierto con un sol rojo cayendo poco a poco sobre las dunas de arena que reflejaban una gama de colores ocre y una luna tímida pareciendo prematura en el horizonte.
Sobre las 10 de la noche el bus se detuvo para hacer el cambio de conductores y continuar el recorrido. La mayoría de los pasajeros dormían, había un silencio monótono, las ventanas en medio de la noche no ofrecían más que un oscuro vacío a lado y lado, al frente unos cuantos metros de pavimento alumbrado por las luces del bus.
Sobre las 12 de la noche pasamos un puesto de control de carreteras en Nazca, y aunque sabía que no podría ver las Líneas de Nazca, sentí una gran emoción al saber que estaba allí, hubiese querido que este tramo fuera en el día para ver un poco más el paisaje de esta mágica y ancestral región.
En la mañana el auxiliar pasó por cada uno de los puestos entregándonos un paquete de galletas y anunciando que al final del pasillo estaba el café, esta vez los 120 dólares que costaba el trayecto Lima-Santiago alcanzaba para ofrecer a los pasajeros refrigerio y almuerzo. Fue uno de los peores cafés que me he tomado en mi vida pero como dice el adagio, a caballo regalado…
Arrancó la romería hacia el baño, que aún estaba en buenas condiciones -pero después de un par de horas se notaba el paso de poco más de 20 personas por este-, los viajes al fondo del bus justo en frente del baño para servir el café. Algunos simplemente se quedaron de pie un rato al lado de sus sillas para estirar las piernas un poco.
Nuevamente el paisaje fue el principal protagonista de la jornada, al lado derecho la playa y el mar, al lado izquierdo el desierto. Me llamo la atención ver que a lo largo de la playa había galpones de pollos, uno tras otros, durante horas pude verlos, supongo que las condiciones climáticas son favorables, fue extraño que en cambio de ver casas de playa y quioscos para turistas y bañistas, había pollos. Una gran cantidad de galpones, criaderos de pollos, a lo largo de las playas.
En otra parte del trayecto nos alejamos del mar y quedamos en medio del desierto, arena ocre a lado y lado, de repente aparecían cultivos de un verde espectacular con frutos rojos y amarillos en medio de la nada, verdaderos oasis en medio del desierto, que me recordaron que los antiguos Incas fueron especialistas en sistemas de irrigación. Luego esperanza me contó que la mayoría de estos cultivos eran de ají, que se usa bastante en la cocina peruana y chilena.
Pasado el medio día llegamos a Tacna, la última ciudad de Perú a unos minutos de la frontera con Chile, nos detuvimos en un paradero con restaurante en donde almorzamos por cuenta de la compañía de buses, una buena sopa de fideos, arroz y pollo y ensalada, nada mal. En el lugar había servicio de duchas, allí por fin tomé un baño decente después de varios días, tras comer y refrescarnos y estar cerca de una hora en el lugar retomamos nuestro camino hacía la frontera.
Con fuerzas recargadas subimos al bus, allí el auxiliar nos entregó una tarjeta migratoria para que diligenciáramos y la tuviéramos lista para no perder tiempo en los puestos migratorios. El ambiente cambió un poco entre los viajeros, el nerviosismo de llegar al puesto fronterizo de Chile, del que se comentaba era muy riguroso y que muchos viajeros se quedaban allí y tenían que regresar, como el colombiano que encontramos en Lima, todos llenamos la tarjeta, algunos preguntaban que datos debían poner, que si la dirección de destino, que si la cédula o el pasaporte, que esto o lo otro…
En el puesto fronterizo de Santa Rosa, Perú, debíamos sellar nuestros pasaportes de salida, al llegar a las instalaciones nos bajamos con nuestro equipaje e hicimos una fila para pasar por los puestos de control, durante la fila un agente peruano con aspecto de luchador de sumo, de pantalón negro y camisa blanca con una placa policial colgando en su pecho pasó revisando los documentos de los que allí estábamos, sacó a un señor y un joven, peruanos ambos, de la fila y se los llevo al edificio de en frente, según dijeron los otros viajeros los llevaba para sacarles dinero por dejarlos pasar. El primer punto de control es un cuarto en donde hay dos agentes más allí entra uno por uno los viajeros, cada vez que iban saliendo por medio de gestos indicaban que les habían pedido dinero, una muestra grave de corrupción que no había percibido en ninguno de los anteriores puestos de control, al entrar al cuarto de control me preguntaron de dónde era y que hacía, cuando les dije que era periodista se miraron entre sí y me dijeron que siguiera y que volviera pronto a Perú.
Una enorme máquina de rayos x esperaba por nuestro equipaje y luego de allí una ventanilla en donde nos sellaban el pasaporte con la salida, acto seguido otro agente revisando manualmente las maletas de los viajeros y buscando la forma de pedirles dinero por llevar algo sin factura, un dulce o cualquier cosa que le sirviera de excusa para el soborno. Nuevamente, este agente me pregunto que hacía y al decirle que era periodista me dijo que podía continuar, sin que revisara mi equipaje.
Una vez en el bus varios de mis compañeros de viaje, peruanos, ecuatorianos y colombianos, comentaron que les habían sacado dinero para dejarlos pasar, los cuatro agentes que hacen el control de la salida de personas del país, extorsionan sin escrúpulos a los viajeros que a diario pasan por allí, claro son selectivos, tienen su target, ya que al canadiense, la inglesa, los chilenos y el periodista, no nos pidieron dinero.
Retomamos el camino hacia el puesto migratorio Chacalluta de Chile, el ambiente en el bus era tenso, muchos de los viajeros estaban nerviosos y hablaban hipotéticamente de que harían en caso de que les negaran la entrada al país, revisaban una y otra vez los documentos que debían presentar.
Chacalluta, la temida frontera chilena, se asomó imponente a nuestros ojos, una edificación al mejor estilo de los puestos fronterizos de EEUU que se ven en las películas, cuatro carriles, dos de entrada y dos de salida, una bandera izada, ondeante, a cada lado, agentes migratorios de camisa blanca, pantalón negro y gafas de sol, oficinas a cada costado y un sol inclemente, una fila de vehículos en uno de los carriles y el otro carril para los buses.
Descendimos del bus con nuestras cosas, el equipaje de la bodega lo sacamos también para ponerlo en fila en el pavimento ardiente, un guardia llevó un perro antinarcóticos olfateando una por una las maletas dispuestas en el suelo.
Al lado de la fila de maletas nos formamos por número de silla que ocupábamos, para en ese mismo orden pasar a la ventanilla de inmigración. Johanna pasó de primera con sus dos hijos, le sellaron el pasaporte sin ningún y le pidieron que pasara a las sillas del andén que separaba los carriles de entrada y salida.
Siguieron pasando uno a uno los pasajeros del bus, algunos iban a la derecha y otros a la izquierda. Al final los que estábamos al lado derecho con nuestros pasaportes sellados con el ingreso a Chile, llevamos las maletas a la máquina de rayos x y luego las acomodamos en la bodega del bus, para continuar nuestro viaje.
Los que estaban al lado izquierdo, en su mayoría colombianos afrodescendientes, miraban angustiados como ya algunos habíamos pasado, esperaban agrupados y conversando entre sí, haciéndonos señas que indicaban que al parecer no los iban a dejar entrar al país. Finalmente Edwin, una señora de Perú y una caleña pasaron, mientras que los demás, unas quince personas -dentro las que pude ver a Rosa y sus dos amigas, a Gerardo el ecuatoriano, el joven peruano que había sido extorsionado por el policía a la salida- caminaban cabizbajos hacia una sala de espera en donde los pondrían de regreso hacia Tacna, Perú. Les negaron el acceso a Chile, la mayoría de ellos habían viajado cinco días desde Bogotá o Cali con una maleta de ilusiones, ilusiones que se quedaron en Chacalluta, en un sello fronterizo que decía denegado. Ahora tendrían que ver desde la ventanilla de ese segundo piso como el bus se perdía en el horizonte chileno, quizás con el corazón hecho nudo por ya no hacer parte de esa masa que desaparecía ante sus ojos.
Arrancaba la etapa final del viaje, dos días de la frontera hasta Santiago, cuarenta y ocho horas más de camino dentro de un bus en el que se respiraba un aire de tristeza, vacío y angustia, en el que las sillas vacías reclamaban la presencia de sus ocupantes, peor también se respiraba ilusión y sueños por cumplir, el amor de la familia por fin reunida de nuevo, la alegría del viajero que llega a un nuevo destino.
La primera parada que haríamos en Chile, fue en una estación de gasolina cerca de la frontera, un paradero de tractocamiones con un restaurante y un café, allí algunos comieron y otros compramos provisiones para la noche, ya que la próxima para sería al medio día del lunes, el séptimo y último día de viaje.
Retomamos camino en medio del desierto de Atacama, en medio de esa gama de colores ocres se forma con los últimos rayos del sol al atardecer, un horizonte colorido que le abre las puertas a la infinita oscuridad de la noche.
Con el espacio libre de los viajeros que se quedaron en el camino, algunos aprovecharon para acostarse en silla doble y dormir, mientras que otros seguían en sus puestos viendo la película de turno o simplemente viendo hacia la nada por las ventanas.
Mientras Johanna alistaba al menor de sus niños para dormir, senté en mis piernas a Dylan, el más grande, para ayudarla, por una media hora jugué con él a contar estrellas y buscar luces en medio de la noche, con el corazón arrugado pensando en mi hijo en Colombia.
A la mañana siguiente de nuevo pasó el auxiliar anunciando el café y entregando las galletas a los pasajeros, de nuevo la fila para ir al baño que por supuesto ya era un lugar pestilente y desagradable, faltaba poco para liberarnos de ese encierro, de esos vapores.
Al frente una carretera infinita, ondeante que parecía de nunca acabar, al lado izquierdo el desierto cambiante, a ratos rojo, gris o casi blanco, dejó de ser un desierto rocoso como hasta el día anterior para convertirse en un desierto con dunas y dunas de arena, remolinos de vientos y un sol inclemente que pesaba de sólo verlo. Al lado derecho por ratos el mar, el violento pacífico con espumosas aguas besando la playa, una playa separada del desierto por la negra carretera de asfalto.
Sobre las dos de la tarde paramos en La Serena para almorzar, ya habíamos pasado por las afueras de varias ciudades, en un modesto restaurante nos ofrecieron un buen almuerzo con “bebida”, gaseosa, y quedamos listos para continuar nuestro trayecto final hasta Santiago.
La ansiedad y el cansancio hicieron de este último trayecto el más largo de todos, ocho interminables horas más de carretera hasta que por fin a la distancia se veían la luces que indican que se está llegando a una ciudad grande, un letrero de carretera “Bienvenidos a Santiago”, atravesamos la ciudad hasta la terminal de buses, allí a muchos los esperan familiares y amigos, intercambiamos correos electrónicos con algunos de nuestros compañeros de viaje y nos dijimos adiós con otros, en donde veríamos por última vez algunas de esas caras con las que compartimos varios días en esta aventura de atravesar medio continente en bus.
Vea aquí la primera entrega
Vea aquí la segunda entrega
@aqui_roban
Etiquetas:

