El mal de vereda ataca al sexo gourmet

Que se levante y apague ya mismo el computador aquel que pueda jurar sobre una biblia, mirando a los ojos a la abuelita, que nunca en la vida le ha dado mal de vereda, un padecimiento común en paseos familiares a lugares donde las opciones para la recreación son reducidas, o estadías prolongadas en regiones lejanas donde uno no siempre quiere estar, porque adaptarse a la oferta gastronómica local no siempre es fácil, la novedad y los recursos limitados alimentan cualquier espejismo.

El mal de vereda funciona como el que alucina con un oasis, de la misma forma que el caminante en el desierto, lo peor sucede durante un periodo de sequía largo, cuando se está un poco falto de afecto y sobre todo de plan, cualquiera que medio huela rico puede llegar a confundirlo a uno, puede verse desde lejos como un holograma del paraíso. Entonces uno de un momento a otro comienza a encontrar atractivo a un sujeto y puede llegar a consumar el interés y es ahí cuando la culpa hace su gloriosa aparición.

Amiga culpa, cuántos años construyendo las bases de muchas creencias religiosas, llenando de dinero a los dueños de bares y cantinas, alimentando las ideas de personajes como Freud, te admiro porque acabas hasta con la terquedad, eres la marca de la evolución del pecado.

Hay que ser sensato y saber separar al verano con el  mal de vereda, no son lo mismo, la diferencia es la mentira a uno mismo.

El primero consiste en una sequía tenaz, uno esta jodido, solo y nadie se presta a darle cariño, así que  se pega de lo que sea, porque como mi mamá* dice, “uno con hambre se come lo que sea, si se pone con remilgos es que no sabe lo que es un hambre de verdad”,

En el verano usted es consciente de que está comiendo arroz frío con galletas de soda  y media lata de sardinas que llevaban como mínimo 6 meses en la alacena, es recursivo y resignado; el mal de vereda es un engaño, decir que comió liebre cuando le sirvieron gato, es tener la arrogancia de tragarse el cuento de que ese menú improvisado es de chef de apellido impronunciable, todo un manjar, porque en época de sequía a uno no le tiene que gustar, es poco exigente y tiene claras su prioridades, pero con mal de vereda usted está convencido que se está comiendo un filet mignon, que en realidad es un calentao de arvejas.

*(Recuerden que en post anteriores he explicado que mi mamá tiene un trauma con dejar perder la comida)

“En trabajo de campo todo queda en el campo” dicen los arqueólogos y antropólogos, pero las alucinaciones por inanición desaparecen y uno de pronto cae en  la cuenta de su situación y se pregunta “pero qué le vi carajo”, si en condiciones normales eso nunca será un corte de 600 gramos sellado con pimienta y sal gruesa, horneado con cebollas y papas, pero sobretodo, eso no marida con vino, a fuerza con chicha y eso, siendo un poco generosa.

El gusto por la fauna rural se vuelve un vicio, algunas personas recaen con frecuencia y no está mal, el problema es que cuando uno se tentó y el mal de vereda triunfó ya no hay marcha atrás, comer corrientazo de vez en cuando es bueno, tengo amigos que hace de eso todo un arte, pero no dicen que comieron en restaurantes de 4 tenedores, explican que el ACPM hace falta y ellos le sacan el gusto.

Así que hay un momento de no retorno, de honestidad personal, donde toca hablar consigo mismo y decirse “mi mismo me está dando como mal de vereda, qué hacemos, ejecutamos o nos vacunamos”. De todos modos, no hay que hacer tanto escáldalo, hay que ubicarse y aunque duela aceptarlo, siempre está el peor panorama: puede uno ser el mal de vereda para alguien más, es posible ser jamoneta con Ducales y dejar que otro lo vea a uno como una langosta de una libra.

Saber que uno fue el mal de vereda de alguien es muy fácil: ¿ha vuelto a ver esa persona?

Para más información sobre la vida bizarra en twitter @julyuribev