Indicadores Económicos

El Ministro de Minas vendió su conciencia al mejor postor

Sin sospechar aún que sería nombrado en el gabinete ministerial, también habló con preocupación sobre la ...

Hay que analizarlo bien. La movida de Santos no carece de sentido en absoluto.  Nadie mejor que él sabe la importancia de “mantener a sus amigos cerca y a sus enemigos aún más cerca[1]”.  Hablo de la designación de Amylkar Acosta como ministro para reemplazar en la cartera de Minas y Energía al saliente Federico Rengifo, y quien pasó de criticar las políticas económicas de Santos a tener que defenderlas desde el podio de la institucionalidad.

Pero ¿quién es el nuevo ministro de Minas y Energía?  Acosta es un político guajiro de la vieja guardia. Es un antiguo miembro del partido liberal, que lo apoyó para obtener un escaño como concejal (1974 y 1982), un puesto como diputado de la Asamblea de La Guajira (1986), el lugar de viceministro de Minas y Energía (1990) y el curul de senador en tres ocasiones (1991-2002). A partir de ese momento y hasta ahora, se ha mantenido activo como líder de su partido en la academia, desde donde se ha encargado de poner en el orden del día nacional el debate energético.

Y es que su experiencia en los temas de energía lo llevó a cargar la bandera de la oposición a las políticas del gobierno de Santos en esta materia. Bandera que él ya no ondea desde que aceptó el puesto en el gabinete ministerial, momento en el cual accedió también a renunciar a sus convicciones otrora tan inquebrantables.

Hay que tener en cuenta que desde que fue anunciada por el gobierno, el señor Acosta manifestaba su férrea oposición a la venta del 57.66%  de las acciones que tiene la Nación en  Isagén. Decía que la privatización era un retroceso para el Estado y que debido a que Isagén reportó el año pasado una utilidad neta de $460.000 millones de pesos, era un error continuar con la operación. Advertía que, de perderse el control por parte del Estado, la generación de energía correría con el riesgo de quedar “a merced de la iniciativa privada”. También señalaba que sería “un paso en falso del ministro Cárdenas utilizar la venta de Isagén para solucionar el cuello de botella que representa el atraso de la infraestructura de transporte”. Finalmente, concluía que respaldaba la acción de cumplimiento que anunciaba el senador José David Name Cardozo para rechazar esa enajenación.

Pero Acosta no solo criticó la venta de Isagén. Sin sospechar aún que sería nombrado en el gabinete ministerial, también habló con preocupación sobre la reelección y reprochó las actuaciones de Santos. Inclusive llegó a decir, en una de sus columnas de la página Ola Política, que “este es el Gobierno de las incoherencias” hablando sobre el crecimiento industrial y los tratados de libre comercio desarrollados por el gobierno. También ha desacreditado el rol de Santos en el proceso de paz y se ha referido al jefe de Estado como “un hombre que proviene del cogollo de la oligarquía bogotana”, oligarca que paradójicamente es ahora su jefe.

Claro, desde que Acosta hace parte del ejecutivo, la cosa es muy diferente. El nuevo ministro bajó la cabeza reconociendo que si bien antes de pertenecer al gobierno nacional se opuso a la venta de Isagen, respeta la decisión y entiende que el consejo de ministros le haya dado su aprobación a esta iniciativa porque es una decisión fiscal. Menos mal, reitera, que el tema de la venta no está en su cartera sino en la de Hacienda, olvidando que Isagén está vinculada al Ministerio de Minas y Energía. Insiste en aclarar que cuando criticaba la venta de Isagén lo hacía “desde la academia” (¿acaso era otra persona?) y olvida que él mismo era la fuente de la controversia cuando asegura que ahora que asume como ministro, se encuentra “ante un hecho cumplido” insinuando además de manera facilista, que ya no puede hacer nada para impedirlo. Se le preguntó si habría polémica dentro del gobierno por esta venta a lo que él respondió “No tengo ni arte ni parte. Lo que dije lo escribí, y lo escrito –dice la Biblia– escrito está.”, renunciando  a los argumentos que él mismo reivindicaba por escrito en alguna época no tan lejana.

Mejor dicho, no era sino ofrecerle un puesto en el gobierno para que sus convicciones y las ideas que tan rotundamente defendía, se fueran por la borda. Y es que aceptar hacer parte del equipo de trabajo de un gobierno sin comulgar con sus lineamientos políticos es, en mi opinión, meterse un autogolazo. En otras palabras, lo que sucedió es que vendió, por un puesto de notoriedad pública, la conciencia.

¿Hacen parte de la política estas movidas, o deben las personas tener más criterio para rechazar un cargo cuyas funciones impliquen un choque con los ideales defendidos?¿Cómo pregonar, de un día para otro y sin tener una causa legítima para hacerlo, algo distinto a lo que siempre se ha pensado? Yo creo que es imposible. Yo creo que los ideales y las convicciones no se venden, no se regatean, con ellos no se negocia.  Es cierto, no son camisas de fuerza y pueden cambiar porque no son estáticos, pero nunca cuando lo que hay de por medio es meramente un interés personal. Al parecer el doctor Acosta piensa diferente. Al parecer para él cambiar de ideales es como cambiar de calzones.


[1] Refrán en ingles: “Keep your friends close and your enemies closer”.

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