La puerta está allí. Oscura, grande, silenciosa, ¿vacía? Fonsi está bajo las cobijas, asustada, callada, agitada, a la espera.
Presiente que algo pasa, pero no logra descifrar qué es. Sus escasos 4 años de vida los ha vivido así, a la espera de este momento. El día finalmente ha llegado. De repente, la puerta se abre. La figura ensombrecida por la penumbra la asusta, pero no lo suficiente para gritar. Espera. En medio del terror de la escena, aguarda. Es el monstruo.
“Shhhhhh!!! No digas nada Fonsi”. El corazón se agita, se quiere salir, pero la familiaridad del monstruo la hace resistir. “He venido para que juguemos”, sentencia la figura que se envuelve en un halo de tinieblas. Los pies de Fonsi se han recogido y yacen cerca de su pecho, evitando cualquier contacto con el monstruo que se ha sentado en el borde de su cama. Flopi, su compañero inseparable, ese perro que no ladra y que tiene la mirada fija, aguarda entre los brazos de la niña.
Fonsi se aferra a él esperanzada en que los dientes que nunca le ha visto afloren para defenderla. El monstruo se acerca y pone sus manos sobre los pies encogidos. “No temas, soy yo”. Fonsi sabe quién es, pero nunca lo había visto con ese aspecto, como transformado en alguien más, como habitado por alguien más, como convertido en un monstruo.
“Las reglas del juego son simples. Pero antes de empezar a jugar debes prometerme no decirle a nadie que he venido. Si me prometes eso verás qué bien la vamos a pasar. ¿Lo prometes?”. La boca de Fonsi permanece cerrada. Responde con la mirada. Teme el castigo. “El juego se llama ‘El Rey manda’. Yo soy el Rey y tú eres mi princesa. Y en mi reino todas las personas, incluida la princesita, obedecen en todo al Rey, ¿me entiendes?”. La mirada vuelve a decir que sí. Flopi se quiere salir de los brazos; ha empezado a temer también. Pero Fonsi lo sostiene duro contra su pecho, susurrándole al oído “no te vayas”.
El monstruo se ha ido acercando cada vez más y más. La cama se acaba y no hay adónde huir. El tiempo parece haberse estancado y el aire cargado de temor y maldad se vuelve difícil de respirar. La puerta entreabierta es vigilada con sumo cuidado por el monstruo convertido en Rey. Afuera de este reino que acaba de nacer todo parece en calma. Ningún ruido proviene de los alrededores del castillo. Todos los demás habitantes están dormidos.
El Rey, en uso de su potestad recién atribuida y consentida por su princesa y única servidora, empieza a mandar. “El Rey manda que sueltes a Flopi, él no debe ver nuestro juego”. La mano grande, peluda y fuerte del monstruo, ataca a Flopi por el cuello. La mirada de aquel compañero fiel en las noches se ha apagado tras la toalla que reposaba en el sillón contiguo a la cama de la que era su única amiga en este mundo. Fonsi está sola y a merced de la voluntad del monstruo sin horario.
“El Rey manda que me prestes la cobija, necesito verte mejor”. El cuerpo que reposaba en posición fetal ha quedado al descubierto de la mirada maligna de aquel ser horrendo que, sin embargo, le es conocido. “El Rey manda que estires tus piernas y abras tus brazos”. Obligada por la autoridad que se le impone, Fonsi obedece sin reparo. Las manos del Rey se posan sobre la planta de aquellos diminutos pies inofensivos y empiezan el recorrido hacia lo que él mismo ha denominado “la guarida de la princesa”. Fonsi quiere llorar, Fonsi quiere gritar, Fonsi quiere patear, Fonsi se quiere morir, pero debe aguantar.La mirada del monstruo la obliga a soportar.
La mano que la bestia no tiene en “la guarida de la princesa” se posa con cierto desdén sobre la cabeza sudorosa de Fonsi. Ella sabe que algo no está bien, pero no lo sabe con certeza; esto antes nunca le había pasado. Lo presiente por el dolor que está sufriendo en silencio, pero no lo puede asegurar.
El monstruo se agita, susurra sonidos ininteligibles y pasados unos segundos libera un suspiro de alivio. Sus dos manos se posan sobre su rostro sudoroso y por un momento se olvida de la princesa que yace sollozante en la cama. Después de recobrar la fuerza que parecía haber perdido, el monstruo se dirige a Fonsi, su princesa. “Muy bien princesita, el Rey dice que has jugado muy bien. Te has ganado un premio”.
De la nada, el monstruo ha sacado un regalo. No es nada del otro mundo. Es un chocolate que por el calor que impera en aquel reino se ha derretido. Fonsi estira su mano y lo toma, pero no lo abre. Busca a Flopi con la mirada, no lo ve. Ella ha sido la única testigo de aquel juego propuesto por el Rey. Está sola. El monstruo vuelve cada noche, con sus órdenes y sus chocolates derretidos. No tiene horario. A veces viene empezando la noche, cuando en los alrededores del reino se han apagado todas las luces o a veces viene en la madrugada, según él, “cuando los guardias del castillo de la princesa se han quedado dormidos”.
Las órdenes siempre fueron las mismas durante 3 años consecutivos. Pero un día Fonsi, o la princesa, que ya contaba con 7 años, pensó que quizás el monstruo, por muy familiar que se le hubiera convertido, había reinado suficiente en su juego y debía ser derrocado. Ella quería ser la única soberana de aquellas tierras.
Planeó una emboscada al Rey. Se alió con su hermano mayor y con Flopi para destronarlo. Alejandro, así se llamaba el hermano de la princesa, tenía 14 años y aunque pensó estar muy grande para esos juegos, decidió participar sólo por ver el susto que se llevaría el monstruo cuando él saliera de debajo de la cama a la primera orden de la princesa .
Flopi iba a ser quien diera la orden de ataque. Cuando él cayera de la cama, Alejandro desenvainaría su espada y daría muerte al rey. Así lo había previsto Fonsi y así debía cumplirse. Cuando la noche oscura y tenebrosa invadió el reino en el cual vivía la princesa, apareció el monstruo convertido en Rey. Este empezó con sus órdenes habituales, pero olvidó esconder a Flopi. Cuando su mano invadía “la guarida de la princesa” y Flopi cayó dando la orden, Alejandro atacó y atacó y atacó, ante la mirada atónita de Fonsi.
Hoy, el monstruo convertido en Rey no es más que un vasallo preso al que otro monstruo, peor que él, le da las mismas órdenes que durante 3 años impartió a la pequeña princesa, su hija.
El rey monstruo
Mar, 27/11/2012 - 13:03
La puerta está allí. Oscura, grande, silenciosa, ¿vacía? Fonsi está bajo las cobijas, asustada, callada, agitada, a la espera.
Presiente que algo pasa, pero no logra descifrar qué es. Sus esc
Presiente que algo pasa, pero no logra descifrar qué es. Sus esc
