La cárcel de los tristes

Vie, 26/10/2012 - 19:24
http://twitter.com/Jhoan123
La idea se le había ocurrido en un bus. Bueno, ni siquiera se

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La idea se le había ocurrido en un bus. Bueno, ni siquiera se le había ocurrido, simplemente penetró por sus oídos en forma de una canción que luego de llegar al coro ya había sembrado la semilla de lo que sería una de las decisiones más polémicas de su gobierno. 35 años después de que la escuchara en la radio, la cárcel de los tristes ya era una realidad. En la navidad que se acercaba se cumpliría su primer aniversario, las celdas estaban llenas, cada día llegaban presos nuevos, en las calles las personas no se quejaban, sólo lo hacían en privado, donde nadie pudiera escucharlos, temerosos de no caer víctimas de su propio invento.

La idea había sido presentada de manera muy simple por el presidente: “Reduciremos los suicidios, salvaremos vidas, no habrán más masacres ni muertos. Está científicamente comprobado que funcionará”. Había mentido adrede. “Claro, serán ustedes quienes decidan, acataré lo que sus votos me orden”. Tres meses después de haber sido aprobada la propuesta, con amplia mayoría para que no quedara duda de su legitimidad, se estaba inaugurando la primera prisión. La cárcel, primogénita de las quince que se pensaban construir en los próximos cinco años, fue construida en tiempo record, no quedaba duda de que el gobierno tenía un plan ambicioso.

Pero construir la cárcel era lo más fácil, conseguir los reclusos era lo complicado. ¿Cómo condenar a alguien que no ha cometido ningún delito? ¿Acaso era un crimen “estar triste”? Para lograr su objetivo Martsting modificó leyes, convenció a tribunales y, por supuesto, hipnotizó al pueblo. Los individuos tenían que ceder un poco de su libertad para que la comunidad fuera feliz. Sería el Estado, omnipotente y conocedor de lo que era bueno para sus habitantes, quien determinaría qué personas debían ir a la cárcel de los tristes.

En las primeras semanas de diciembre, que en teoría era la época de más alegría pero que, curiosamente, también era la época en la que se presentaban más suicidios, la policía de la tristeza (absurdo nombre inventado por el gobierno), tenía objetivos claros. Navidad era tiempo para estar en familia, alguien sin familia estaría triste, personas fáciles de capturar y “procesar”, nadie preguntaría por ellos. Para el 25 de diciembre la cárcel ya estaba en su máxima capacidad. En enero, al momento de dar los resultados, las cifras eran alentadoras: no se había presentado ni un solo suicidio, tampoco un solo asesinato. Las personas estaban a gusto.

Pasaron los meses y aquellos prisioneros retenidos en navidad aún seguían presos. “Están bajo tratamiento, de liberarlos ahora los resultados serían lamentables” decía el gobierno. A nadie le importó, al fin y al cabo, no eran sus familiares. En mayo, acercándose el día de la madre, los próximos objetivos eran obvios: huérfanos, hijos abandonados por madres desalmadas que vivieran solos. Las capturas ni siquiera se notaban, todo seguía igual, nadie se molestaba.

En septiembre, cuando el día del amor y la amistad estaba a punto de ser celebrado, la policía de la tristeza (que muchos pensaban no era más que una leyenda urbana), amplió su campo de acción. No se limitarían a aquellos solteros que vivieran solos, ahora también irían por personas sin novios o esposos, sin importar que vivieran con alguien, ellos también eran peligrosos.

Los primeros manifestantes salieron a la calle. Al principio solo fueron mujeres viejas que habían visto cómo en las noches entraban a sus casas para sacar a la fuerza a sus “pequeños bebes”. “¡Pero es lo mejor! ¡Dejen de quejarse!” les gritaban las personas que las veían al frente del Ministerio del Interior, protestando con carteles y fotos de sus desaparecidos. “La tasa de violaciones se redujo en un 35% en comparación a septiembre del año pasado. Es evidente que la captura de aquellos solteros infelices ha traído mayor tranquilidad a nuestra comunidad”, decía el gobierno al defender su política de la felicidad.

Al grupo de madres se unieron los universitarios, pronto un gran número de personas quería la libertad de los presos tristes, las marchas eran cada día más largas y frecuentes. Eso era inconcebible.

¿Acaso era feliz alguien que salía a protestar? ¿Aquellas madres que querían a sus hijos de vuelta, eran realmente felices? ¿Esos estudiantes que gritaban arengas y arrojaban piedras, no presentaban una tristeza disimulada? Los científicos del gobierno no demoraron en demostrar con datos exactos y “debidamente comprobados” que aquellas personas que protestaban eran un peligro para la comunidad, un gran daño para el país entero, una amenaza que no se podía tolerar.

Para noviembre las marchas eran cosa del pasado, nadie se oponía a la idea de la cárcel de la tristeza. Llorar, por la razón que fuera, estaba totalmente prohibido. Ni una lagrima. Las quince prisiones ya estaban construidas, casi al borde de su capacidad. Hacer oposición al gobierno no estaba prohibido – “Eso es absurdo, aquí somos demócratas” siempre respondía el Ministro del Interior – pero un par de preguntas hechas por la policía de la tristeza (que había dejado su carácter secreto para actuar públicamente) eran suficientes para deshacerse de un enemigo: “¿Acaso no estás feliz con este gobierno? No, para nada feliz. ¿Es decir que estás triste? Bueno…” El país era ahora mucho más fácil de gobernar, “¿no deberían darme un Nobel por esto?” se preguntaba cada noche el presidente.

La cárcel de los tristes no era solo un gran edificio gigante en cuyo interior vivían miles de infelices a quien nadie más volvía a ver, era el inicio de una nueva era, “un paso en la evolución en la humanidad”. La celebración del primer aniversario de la apertura de la prisión debía ser enorme, equivalente al cambio histórico que representaba.

Esa mañana, soleada pero fría, todo estaba dispuesto para que el presidente Martsting pronunciara su discurso. Frente al escenario se colocaron cientos de sillas que serían ocupadas por niños de primaria, “El futuro de este país feliz y en paz”, titulo que, además, se le dio a las diecisiete páginas que el gobernante leería.

Al subir a la tarima la ovación fue aturdidora, caras felices, sonrisas (falsas o no) se dibujaban en la cara de las miles de personas asistentes. Silencio previo al himno nacional y pequeños discursos llenos de adjetivos dignos de un rey o emperador prepararon el camino para las palabras del presidente. Él, extasiado por la gloriosa celebración, dejó su silla y se dirigió al atril. Los aplausos no se hicieron esperar, eso sí, todos silenciados al momento en que Martsting levantó su mano. De repente, sonó una canción.

La melodía era la misma, la canción que 36 años atrás lo había inspirado a crear la cárcel de los tristes se escuchó por cada uno de los parlantes. Lo había logrado, había transformado aquella pequeña idea de una canción de despecho en lo que él consideraba era el invento más grande en la historia del hombre. Por un segundo su sonrisa desapareció y una lágrima nostálgica se deslizó por su mejilla.

Todo terminó. Aunque intentó explicar que no estaba triste, nadie le creyó, fue la excusa perfecta para acabar con el carcelero de la tristeza sin cerrar la cárcel de los tristes.

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