Nada (agradecimiento taurino)

Lun, 30/01/2012 - 17:54

A veces simplemente no hay nada sobre qué escribir. Nada. Sí, muchas cosas siguen pasando, las muertes de siempre, el fútbol de siempre, las crisis económicas de siempre (y otras nuevas), la violencia y los procesos judiciales de siempre, y, como siempre, el sexo consentido, el obligado y el sin sentido. Pero es que, también, a veces nada tiene sentido. “Nada importa. Hace mucho que lo sé, así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”.

La cita es del libro “Nada” de Janne Teller, escritora danesa que por estos días estará en Bogotá conversando con el periodista más mamón de Colombia (y sin embargo uno de los más populares, qué sorpresa) sobre este libro, que fue prohibido en Dinamarca antes de aumentar su popularidad y llegar a convertirse, inusitadamente, en un texto obligatorio en los colegios de muchos países y –según dicen los que “saben”- en una obra de referencia de la literatura universal.

Lo leí el fin de semana y me gustó. Su estilo de escritura me pareció un poco arrítimico, pero la historia, los personajes, la sevicia y al mismo tiempo simpleza de los hechos que narra su protagonista, una niña de trece años, me atraparon y mantuvieron en vilo a lo largo de toda la lectura. Al final, quedé con una agradable sensación de inocuidad. Recordé que nada en sí mismo importa tanto, y que la importancia que les atribuimos a las cosas se deriva de una suma de voluntad, escepticismo y esfuerzo. Nada llega de la nada, todo lo que importa requiere de trabajo; y todo, algún día, volverá a ser nada.

Después de pasar la última página, también, quedé con fuertes deseos de escribir una entrada inspirada en este libro que habla sobre tanto y sobre nada, sobre la importancia de encontrar significados, pero también sobre lo volátiles y efímeros que pueden llegar a éstos. Recordé cuán común es que las cosas que reciben más importancia no sean en realidad tan importantes, y que aquéllas que deberían recibir toda nuestra atención sean puestas al margen, incluso olvidadas.

Va un ejemplo: los antitaurinos y, en general, todos los apasionados defensores de los “derechos” de los animales, se dan demasiada importancia. Sí, el espectáculo taurino es estúpido por lo cruel, por lo despiadado que puede llegar a ser; es un acto cobarde, innecesario. Pero su supresión no es tan importante. Señores antitaurinos: ustedes se dan demasiada importancia. Señor alcalde Petro: su arremetida contra de las corridas no es realmente importante. Los animales que logren salvar -si es que alguno se salva- no los van a abrazar bramando o ladrando de emoción; ninguno se los va a agradecer. Y las personas –como yo- que aman a los perros, no los van respetar más por andar subiendo fotos y montajes sensibleros de animales desollados a Facebook y Twitter. Lo único que pasaría si se suprimieran las corridas de toros es que ustedes se sentirían mejor consigo mismos. Nada más.

Hay que decir que muchos de sus argumentos son buenos, muchos de ustedes tienen la razón. Pero sus palabras pierden todo su significado cuando son convertidas en pilares de una dinámica grupal apasionada. La ira, la impotencia, la profunda molestia que experimentan cuando ven un animal torturado por algún imbécil humano se convierten en las prostitutas de un sistema de pensamiento gregario que recurre a la culpa para reclutar adeptos y al amarillismo para convencer incautos. Sus emotivos discursos parecen sacados de una película mala de Hallmark. Su apasionamiento descerebrado me recuerda a la insoportable senadora Gilma Jiménez hablando de niños y violencia. El abuso sexual infantil debería ser un tema importante, pero se vuelve casi insignificante en la sorda boca sectaria de la honorable senadora. Al final, nada.

A mí tampoco me gustan las corridas de toros. Confieso incluso que en algunos momentos de mi vida he llegado a desear que les corten las pelotas a quienes maltratan a los perros y caballos que deambulan por la calle. Sin embargo, creo que hasta las causas más justas pierden significado cuando se convierten en ídolos colectivos. Pierden importancia. No es lo urgente lo que mata a lo importante: es lo colectivo. Si hay algo importante, es el individuo. Y ni eso. Nada es tan importante; algunas cosas llegan a ser significativas antes de evaporarse. Al final, retornan a la nada.

¿Dónde quedamos, entonces? ¿Para dónde vamos? No sé. Esas respuestas no las tengo.

Pero bueno. Espero no se desanimen con mi diatriba, amigos manifestantes. Espero regresen a su lucha con sus botas bien puestas, con sus cinturones y sus chaquetas de cuero brillante, con sus carteras de cocodrilo y sus pieles de mink y de marta. Salgan a marchar, no sin antes ingerir una buena dosis de proteína animal para reconstruir el tejido muscular que perderán enfrentándose a los insensibles defensores de la fiesta brava. La carne de res y de cerdo, el pescado, el pollo y los huevos, todas son buenas fuentes de proteína. La leche de vaca y de cabra, también. Sin duda los animales que se sacrificaron para vestirlos y alimentarlos les estarán profundamente agradecidos. ¡Sigan adelante! Que muera la fiesta taurina, y que vivan el churrasco y el sancocho de gallina.

Imágenes: Eric Fischl

http://hoynoestoymuerto.com/ @nykolai_d

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