País de indios

Imagen tomada de Mesa Amplia Regional de Estudiantes de Antioquia MAREA

‘Indio’ es la palabra que en  Colombia se utiliza  de forma peyorativa para señalar a aquellos faltos de educación, modales y “buenas formas”. El ‘indio’ suele ser ese humano agresivo, de impulsos frenéticos que pasa por encima de todo aquel que tiene en frente, con el único fin de satisfacer sus más instintivos  deseos.

No cabe duda  de que nuestro país es un país lleno de indios, camuflados en todas las esferas de la sociedad y capaces de recurrir a todo tipo de artilugios (violentos y no violentos) para hacer cumplir sus ambiciosas metas.

Se ven a diario en el Congreso, durmiendo durante los debates legislativos y poniendo sus firmas (en nombre del pueblo) sobre proyectos que ni siquiera se han tomado el trabajo de leer. Se tornan evidentes en cocteles, fingiendo pertenecer a estirpes europeas y desconociendo sus verdaderas raíces mestizas. Pero sobre todo se anuncian imponentes en los campos y las selvas colombianas, con sus fusiles al hombro, sus minas y sus pozos petroleros que arrasan, sin piedad alguna, el territorio de esos hombres y mujeres humildes a quienes, injustamente, les llaman indios: los indígenas.

En la reciente polémica sobre el uso militar de las tierras del Cauca protagonizada por el Ejército,  la guardia indígena y la guerrilla, se hizo evidente que en Colombia son más ofensivas las reacciones de los indígenas, que las acciones de los ‘indios’. Hecho que se explica por el imperante deseo de muchos colombianos de pertenecer a un país donde no quede rastro alguno de nuestro pasado y presente aborigen.

Como es natural, los canales de televisión privados han sido los primeros en satanizar la actitud de algunos miembros de la guardia indígena que invadieron asentamientos militares y efectuaron acciones violentas (con palos y piedras) en contra de los uniformados.

Tras ver el llanto de un soldado, una ola de indignación se apoderó de un país que se fue lanza en ristre contra la comunidad indígena de Cauca, calificándola de guerrillera y ubicándola como un agente más de la guerra colombiana. Sin embargo, después del asesinato de un indígena por parte de un miembro del ejército un silencio insultante se apoderó de la opinión pública colombiana, que eligió el escándalo ante las lágrimas de un militar y optó por  la objetividad frente a la sangre derramada de un indígena.

Esta incomprensible escala de indignación es la misma que le  impide  a muchos entender  que los actos de la guardia indígena son la reacción evidente frente al despojo territorial; que la lucha no es contra el Ejército, sino contra el conflicto; y que la forma violenta en que actuaron recientemente es casi una pilatuna de niños, comparada con las balas, cohetes, minas  e intimidaciones que se lanzan ambos bandos en medio de los resguardos indígenas.

Comprender esto es saber que la paz exigida por los indígenas es un clamor sensato que debería ser adoptado por  todo el país y un derecho de aquellos que ocuparon estas tierras mucho antes de que se formara el conflicto e, incluso, se formara la nación. Ignorarlo, por el contrario, es hacer parte de un país apasionado lleno de olas efímeras de opinión, es ser idiota útil de los bandos de la guerra y, en últimas, es ser vocero de los ‘indios’ que pasan desapercibidos mientras el país sufre por sus actos.

@rincondesantos

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