Paul McCartney o la fila de 40 años
Debí haber escrito esto la semana pasada, en medio de la euforia posterior al concierto de Paul McCartney, pero esa misma noche terminé celebrando con unos amigos la emoción de haber ido, tomando unas cervezas y analizando, como comentaristas deportivos, cada uno de los movimiento del exbeatle en el Campín.
McCartney tiene claro qué quieren sus seguidores: un muy buen sonido, muy buenas luces, ¿fuegos artificiales? ¿por qué no?, el muy conveniente homenaje a George Harrison y a John Lennon –que seguramente hizo que mucha gente, fanática de los Beatles, se dijera con orgullo: “Yo lo sabía, sabía que los cuatro eran como hermanos”– y un detalle fino, innecesario, que no hizo sino reafirmar su respeto por el público: veinte frases en español. “¡Pero si las estaba leyendo!”, dirá uno, pero leyendo y todo es uno de los pocos artistas angloparlantes que ha buscado decir más que “Buenas noches, Bogotá”.
Ni me acordé del frenesí en el que andaba todo el mundo hace unas semanas, cuando anunciaron que venía McCartney, o el día antes de que empezaran a vender las boletas. Salían a la venta un martes a las 4 de la tarde, pero desde las once de la mañana del lunes mi novia me había llamado a decirme que una compañera de trabajo sabía de un código secreto que uno metía en una página y así tenía la preventa asegurada… Su tarjeta estaba ya con el tope y quería saber si por casualidad yo tenía o conocía a alguien que nos pudiera ayudar. Yo había seguido derecho dibujando, así que después de prometer que pensaría en alguien, rezongué y me eché a dormir.
Al día siguiente fui al puesto de tuboleta de Galerías, suponiendo que McCartney no debía tener muchos seguidores acá en Colombia y que esos pocos irían al Andino. Llegué a las dos y media y una fila de sesenta personas había tenido la misma brillante idea mía. Era apenas lógico: al menos tres generaciones, que en realidad nunca pensaron que McCartney vendría, habían estado esperando este concierto desde siempre. Estaba, pues, frente a “una fila de 40 años,” como lo definió una compañera de espera.
¿Y de cuándo acá McCartney es tan famoso? pensé con ingenuidad. Pero claro, recordé, Julito ya había tocado los bombos y platillos y seguro varios de la fila no sabían de McCartney más que el nombre y que había sido uno de los Beatles –sin saber el nombre de los otros tres–, un tipo muy famoso al que entrevistó Julito y que iba a venir a Colombia dentro de poco, que se armó una polémica porque la Alcaldía había prestado el estadio para el concierto.
También había peladitas que en el concierto bailarían de lado a lado, sonrisa de oreja a oreja, mirando a su novio Juan Fer con caras de boba grande, esperando que McCartney cantara “All you need is love”, sin conocer de los Beatles más que el álbum de los números 1 de las listas (2000).
Igual, conocieran o no a McCartney, los 60 estaban delante mío y solo quedaba esperar. Podría haber sido peor: podría haber sido una fila de 60 aficionados de estos que coleccionan cualquier cantidad de formatos –long plays, cds en mono y stereo, casettes de vhs y dvds– con las mismas canciones, como si con ello estuvieran cada vez más cerca de los Beatles. Los mismos que cuando se emborrachan solo buscan pelea porque uno dijo que una canción había sido compuesta por Lennon y no por McCartney y que, ante el deseo de las peladitas que esperaban “All you need is love” habrían aclarado que la canción es de Lennon y habrían hablado de los líos legales de McCartney incluso por cantar sus propias canciones en un concierto.
Tres horas pasaron antes de que pudiera llegar a la ventanilla a comprar las boletas. ¿Por qué diablos Dago García nunca ha hecho una película que se llame “La fila”? Ahí estaba cada uno de los personajes de una película suya: el tipo bulloso que echaba chistes flojos y predecibles que producían sonrisas entre los que estábamos cerca; un portero que, vaya uno a saber si por iniciativa propia o encomendado por tuboleta, pasaba cada 30 minutos anunciando cuáles boletas se habían agotado; el tipo de tuboleta –este sí uniformado– que cada cierto tiempo pasaba por la fila para recordar que a cada persona se le venderían solo 6 boletas; los que vendían el puesto por $15.000.
Aunque terminé comprando boletas para una localidad que costaba el doble de lo que había presupuestado y yendo sin mi novia, resultó un concierto mucho mejor de lo que esperaba. Igual, no habría podido dejar de ir. Crecí con los Beatles. Ya no los oigo casi, pero cuando lo hago vuelvo a sentirme conectado.
En este concierto, por alguna razón que desconozco, Blackbird fue la canción que más me gustó, aunque nunca antes me había llamado la atención. Ni siquiera cuando supe que fue compuesta pensando en el movimiento de reivindicación de los derechos civiles en Estados Unidos.
Blackbird no es el panfletarismo bobo de John Lennon, aunque McCartney, en el concierto, también hizo uso de ello: en algún momento unió una canción suya a Give Peace a Chance, una canción de Lennon cuya importancia, creo, se relaciona por el momento en que fue escrita –1969, en contra de la guerra que libraba Estados Unidos en Vietnam–, sin que esto la salve de ser una de sus canciones más aburridas.
Dar la perorata a favor de la paz también vende y McCartney lo sabe. Seguramente a mucha gente le gustó. No sé si a algunas de estas personas las entrevistaron y pudieron decir que “muy bonita la canción para este país que se está desangrando y etc.”, pero no habría sido raro. Si Santos la hubiera oído seguro sale a declarar que hasta McCartney quiere una salida negociada al conflicto.
En la canción no hay nada que permita inferir que McCartney estuviera a favor de los derechos civiles de los negros en Estados Unidos. Ni siquiera nombra al movimiento. A diferencia de las canciones panfletarias, no es una canción que dependa del “mensaje” para tener validez. Ni siquiera tiene mensaje.
Salí eufórico del concierto, reconectado. Quizás eso es lo hermoso de cierta música, que ayuda a aguantar, sin que eso implique necesariamente creer en algo. Una apretada de tuercas y ya.


