Protografías o el vértigo de la imagen

La primera sensación es vértigo. Sobrevolar una ciudad a cada paso, como si se la fuera sobrevolando en un helicóptero cuyo piso fuera de vidrio fragmentado. El miedo de que el contacto del zapato con el vidrio signifique su ruptura final y la posterior caída. La caída sobre la Cali de los 70, granulada ella y en blanco y negro.

Es, en realidad, una fotografía enmarcada en vidrio de seguridad que reposa como un tapete a la entrada de la exposición. La sensación de vértigo, con la que se entra, es fortuita y no artística. Oscar Muñoz sólo enmarcó las fotografías y el vidrio se fue rompiendo en la medida que la éstas fueron pisadas por los visitantes. Es inevitable no acuclillarse y mirar aquel vidrio roto en contraste con las calles y techos de Cali. Con el grano que las conforma y con el contraste preciso que no deja distinguir, en ocasiones, sino líneas dispersas.

La fotografía aparecerá de una u otra forma a lo largo de los dos pisos que conforman la exposición. Primero en carboncillos que tratan de imitar fotografías sumamente oscuras y realistas de los inquilinatos de la Cali mítica de los setenta. Luego con una colección de fotógrafos itinerantes (fotografías tomadas con Olympus Pen de gente desprevenida que nunca reclamó sus fotos). Luego con imágenes o sombras fijadas en superficies mucho menos estables (cortinas de baño, carboncillo en agua), hasta imágenes completamente efímeras que se pierden allí mismo. El vértigo del inicio, que se va con los primeros carboncillos más bien normales y corrientes, vuelve a aparecer cuando se impone la sensación progresiva de que las imágenes que vemos a lo largo del recorrido se pierden una y otra vez, que no perduran.

Esta sensación toma cuerpo cuando se ven imágenes al carboncillo en una caja cuya superficie se desconoce. Un análisis detallado, de unos cuantos segundos y la confirmación del guía, dará por resultado la certeza de que estas imágenes flotan en agua. Que son partículas de carbón flotando en agua. De que el menor movimiento o perturbación en la superficie implicaría la pérdida completa de aquellos rostros, de aquellas manos o torsos. El vértigo por aquel descubrimiento se ahonda cuando el espectador se percata de que hay una ducha arriba de cada una las cajas y que de ser abierta implicaría de destrucción completa de la obra. Por ahora, caen gotas muy dilatadas en el tiempo que posponen la destrucción y ahondan la angustia, el vértigo.

Ese vacío en el estómago se termina de consolidar cuando se ve cada uno de los videos en los que la futilidad de las imágenes es evidente. Dibujos en concreto pintados con agua que se evapora a los segundos. Dibujos de carbón en agua, otra vez, pero con la posterior abertura del sifón del lavamanos en que el agua descansa. Dibujos en papel, sí, pero sin fijar y luego sumergidos en un remolino de agua que se los traga. Son todas obras tan efímeras que son performances que requieren del video para ser presentadas. Requieren ser grabadas y luego reproducidas en una contradicción inminente. La imagen es contingente y se pierde, pero su proceso de envanecimiento es grabado en video (un proceso derivado de la fotografía), quedando en el tiempo.

Al final el vacío es absoluto. Algo que ronda por ahí, el conocimiento de que las imágenes son efímeras (ya sean dibujos, fotografías, pinturas), se convierte en una sensación que da un golpe en el estómago. No queda sino leer algunas de la palabras escritas por José Roca, el curador, y asentir dándole la razón al nombre de la exposición: Protografías. Protografías porque no llegan a ser fotografías (imágenes fijas) sino imágenes que intentan, en vano, fijarse. No lo hacen y de allí viene el vértigo con el que se entra y con el que se sale de la exposición.