¡Que entre el amante!

Lun, 22/10/2012 - 02:48
**Entre las muchas cosas que tengo que aprender, está la de saber cómo se da crédito a un artista cuando uno usa sus ilustraciones para representar una idea. En este caso, usé otro cartón de Garzón, que sale en su libro en la página 171. Por si acaso. Ahora sí. He estado pensando que cuando se está en una relación, son muchas las inseguridades que afloran- como cuando uno comienza una dieta e inmediatamente empieza a pensar en todo eso que no puede comer y se angustia con el solo pensamiento-. Se tiene siempre, así sea en el fondo del corazón, el temor a que la otra personas rehaga su vida, a que uno quiera más que el otro, a que haya cosas de la propia personalidad que sean inmutables o aburridoras... en fin.. son tantos miedos como relaciones existen (y el que diga que esto no es verdad, es un mentiroso, porque estos temores básicos de instinto son los que le inyectan adrenalina al asunto). Sin embargo, hay un temor que es recurrente, una inseguridad que puede llegar a dominar el pensamiento, el pan trenza de queso de Carulla de los miedos en una relación, se trata de la presencia  o la aparición de un tercero. Sí, de la presencia de un (a)  amante, para llamar las cosas como son.  A-MAN-TE, en negrita y mayúscula sotenida (aunque tampoco sé cómo se pone la negrita en este formato de blog). Tanto hombres como mujeres pueden, en algún momento,  llegar a pensar o temer  que sus parejas están con otro, más guapo, más alto, más joven, más flaco, más querendón, menos complicado, menos histérico, menos problemático y obvio, con menos compromiso.  Sin embargo, en estos tiempo de avances tecnológicos, de aparatos multifuncionales, de conversaciones concomitantes en distintos lugares- como si se tuviera el don de la ubicuidad-, el tema del amante, del tercero en la relación, toma unos matices inimaginables. Si se han percatado, y ojalá estén leyendo este blog desde sus teléfonos, el celular se ha vuelto un apéndice del cuerpo. De hecho, cuando uno lo guarda en la cartera o lo pone en un lugar distinto del habitual o simplemente lo deja en la casa, la angustia es la misma que deben sentir las personas que sufren del síndrome del miembro fantasma- uno lo oye, lo siente vibrar, ve la lucecita roja por todas partes.   Sin celular uno se siente incompleto, desnudo, vulnerable- jeje, para ponerle todo el drama  que amerita  la situación. Y es que con ese cuento del celular y del  chat en los celulares, el amante ya no es sólo ese tercero apuesto que capta la atención sentimental y física de nuestro amado. NO. El tercero puede adquirir todas las formas que queramos y cameleónicamente se va abriendo espacio e instalando entre los dos. En una cena romántica, Juan, María y sus respectivos celulares, terminan dejando sentar a amigos cercanos, a compañeros del trabajo, a familiares, a clientes, a seguidores e incluso las antiguas flamas también son bienvenidas. ¡Qué horror! Una cena íntima de a dos, termina siendo un banquete, donde al final, ni Juan ni María logran dirigirse la palabra. En una calmada tarde de domingo, Juan, María y sus respectivos celulares, terminan abriéndole cupo debajo de las cobijas al jefe, al alumno y si se descuidan un poquito, los mismos que asistieron a la cena, terminan decidiendo hasta qué canal ver. En una conversación de confidencias, Juan bota una idea, María trata de ser receptiva para comentar al respecto, pero de un momento a otro, terminan mutuamente buscando en sus celulares, respaldo y apoyo para sus argumentos. Y es así como una conversación típica, en donde debe haber UN emisor, UN receptor y UN mensaje, termina siendo un debate al estilo Obama-Romney, donde todos terminan opinando, hasta Vicky Dávila. Se ha perdido así ese hermetismo y complicidad en las parejas, compincharse ya no es algo de a dos, ni a de a tres (que ya era un desastre), sino de multitudes.  Y es así, como el tema del amante, del tercero en la relación ha tomado unos matices peligrosamente inimaginables.  Por eso, si Laura en América dijera en hoy día que EEENNNTREEE El AMANTEEEEE, aparecerían desfilando rubias y esbeltas Blackberries, junto con apuestos y espigados Iphones, mientras que Juan y María, absortos, se quedan sin argumentos, esperando su carrito sanduchero.                  
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