José Julián era un niño sensato. En medio de las posibilidades que la vida misma le permitía, trataba de abrirse paso como podía. No deseaba nada que no estuviera a su alcance y hacía mucho tiempo había dejado de soñar. En un momento de su vida pudo comprender que los sueños no podían hacer parte de la suya. Los sueños son para los débiles, pensaba. Lo difícil de la vida no es soñar lo inalcanzable, es vivirla a ella misma con todas sus desgracias, sus bendiciones y sus muertes.
Desde ese momento se dedicó a sobrellevar su existencia de la mejor manera posible. Igual no esperaba vivir mucho. Al igual que la mayoría de sus héroes sabía que una vida más allá de los 27 años es una pérdida de tiempo.
Había nacido producto de un callejón y dos padres irresponsables. De hecho, esa fue la única noche que tuvo padre. Desde entonces solo tuvo a su mamá, si es que Victoria encajaba en esa figura. Creció solo. Tal vez demasiado solo para ser un niño.
Se abrió paso en la vida con el coraje propio de los sin nombre. Todos sabían que se hacía llamar “Chinaski”, sobrenombre fruto de un libro de Bukowski que por pura casualidad encontró en una de las tantas cajas que adornaban su vivienda.
Aprendió a leer en la escuela del barrio con la profesora Lucy. Señora bastante mayor para saber tratar a unos inocentes niños ávidos de juegos y poca disciplina. Del colegio Julián solo tenía recuerdos poco gratos.
Uno de ellos era el de la vez que un niño ecuatoriano le clavó la punta del lápiz en la mano derecha por haberle dicho “indio”. Ese día, glorioso para la violencia innata que habita el interior de todo ser humano, pudo haber sido el más propicio para abrirse campo en el mundo de la venganza, pero prefirió esperar. “Todo a su debido tiempo” se dijo a sí mismo. Y vaya que tenía razón.
El tiempo perfecto llegó dos semanas después. El indio, cuyo nombre era Henry, se encontraba realizando el acto de la micción en el baño, tranquilo, pensando en lo sublime de ese instante casi tan parecido a un clímax sexual, cuando de la nada y a mansalva Chinaski se lanzó con una patada voladora que clavó, literalmente, su cabeza en el orinal. Inerte, llorando, orinado y casi desmayándose, Henry miró a Chinaski, pues en ese momento no era José Julián y pudo apreciarlo a los ojos cuando este lo escupió en la cara, solo para rematar su delicioso acto de venganza con una frase certera: “lo perdono, amigo”.
Como era de esperarse, José Julián nunca volvió a la escuela. Ya había aprendido a leer. Con eso bastaba. Desde ese día empezó su verdadera vida. La vida de los miserables, de los renegados, de los violentos, de los perdidos. La vida que había decidido vivir. Probó su primer cigarrillo a los 9 años. A los 11 ya tomaba de tú a tú con los viejos del parque que adoptó como segundo hogar. Putas, drogadictos, viejos pensionados caídos en desgracia por el trago, maricas, travestis y vendedores ambulantes se convirtieron rápidamente en su nueva familia. No podemos asegurar que no robara, pero de lo que sí tenemos noticia es que nunca estuvo preso.
Chinaski solo fumaba Piel Roja, nunca drogas. Aunque tomaba cerveza, no se puede decir que fuera alcohólico. Algo que había y que sí disfrutaba por sobre todas las cosas, era sentarse a hablar con los ancianos que colmaban las bancas de aquel viejo, sucio y peligroso parque. Encontraba especialmente agradable hablar con el viejo Mario.
Este era un pensionado de las Empresas Públicas que había permitido que el trago, en especial el aguardiente, le controlara cada uno de los rincones de su despreciable vida. Digo despreciable para su familia, que no tuvo ningún reparo en echarlo de la casa cuando Mario empezó a tornarse insoportable y malhumorado por la falta de alcohol recorriendo sus venas. Compraba botellas por docenas, botellas que su esposa escondía o vendía en el negocio de la esquina, pero nunca le reconocía la plata invertida. Una madrugada cuando llegó a su casa encontró que le habían cambiado la cerradura. No timbró ni quiso armar escándalo. Entendió que era la forma que su familia había escogido para decirle adiós.
La primera pregunta que José Julián le hizo al viejo Mario fue acerca de cómo había perdido su pierna derecha.
Eso es fácil de responder hijo: nunca metas papel periódico en un par de zapatos que te quedan grandes. Mucho menos si tienes una herida en tus dedos.
Y era verdad. Al viejo Mario un amigo le había regalado un par de zapatos cuando se lo encontró andando descalzo por la calle. Como le quedaban grandes, él no tuvo reparo en tomar papel periódico y rellenarle las puntas para poderlos calzar y evitar que se le salieran del talón cada vez que daba un paso. Mala idea. La tinta del periódico empezó, por el sudor, a irse por la herida de la que brotaba sangre fruto de las largas caminatas sobre un asfalto hirviente y lleno de peligros. Fueron suficientes 30 días para que la gangrena hiciera de las suyas. En el hospital sólo estuvo 10 días, pues la falta de un sorbo de güaro lo hizo huir de allí al menor descuido de las enfermeras. Desde entonces, hacía más de 12 años que no entraba a un hospital. Y esperaba no tener que volverlo a hacer, pues su muerte la había soñado en aquella banca que casi por antigüedad le pertenecía en el parque. Nadie discutía cuando llegaba y la pedía. Estuviese el que fuera, a su presencia todos le abrían espacio.
José Julián aprovechaba cada momento de sobriedad del viejo para acecharlo con preguntas. Veía en él a un padre, o mejor, un abuelo. Era tanto el aprecio que sentía por ese viejo que incluso llegó a contarle a su mamá de él. Sucedió en una de las pocas comidas que compartieron juntos. Le dijo que había alguien en el parque de quien aprendía cosas. “¿Qué cosas?” le inquirió su mamá. No supo responder, sólo pudo decir “cosas que sirven para la vida, para mi vida”.
Era cierto, lo que el viejo Mario decía sólo servía para una vida como la suya y la del Chinaski. A nadie más le gustaría llevar una existencia de constantes incertidumbres, de incesantes porqués sin respuestas, de interminables búsquedas inacabadas, de mendicidad, de hambre, sin sueños, sin Dios, sin ley, sin amor, sin esperanza, sin mujer, sin familia, sin amigos, sin nada a qué apostarle, sin, sencillamente, nada que valga la pena.
Una vida así sólo era deseada por el viejo Mario y cada vez más por Chinaski. La noche en que llegó a su casa y encontró a su mamá tirada en el piso de la cocina, no lloró. Sabía que todas las personas tenían que morir algún día, y ese había sido el día que le había tocado a su mamá. La sacó fuera de su casa y llamó a la policía. No quiso atender la puerta cuando tocaron sin cesar los hombres verdes que llevan pistolas en su cintura. Iniciaba un nuevo ciclo en su vida. Corto, pero nuevo. Contaba con 14 años.
Esa noche pensó qué seguiría en su vida. Su mamá no le hacía falta, pero era ella quien siempre conseguía, sin saber cómo, la comida para llevar a casa. Buscó en la despensa y halló arroz, un par de huevos y trozos de panela por doquier. Suficiente para dos días. Aplazó su reflexión sobre el futuro dos días más. En el almuerzo del día después de la partida de su mamá invitó al viejo Mario. Agua de panela, mucho arroz y un huevo fue el banquete para aquellos dos seres que, sin musitar palabra, atacaron a muerte el plato hasta arrancarle el último grano de su fondo. Una vez terminaron de almorzar, un cruce de miradas pícaras inició la conversación que José Julián no quería escuchar.
Gracias Chinaski, debo admitir que tienes el don de la cocina. Hoy, has logrado que por fin llegue el día de mi redención. Esta noche me voy. - ¿Para dónde te vas Mario? ¿Acaso tú familia te ha venido a buscar? – “No hijo”, y cuando estas palabras fueron proferidas por el viejo Mario, una lágrima acompañó su sentencia, “esta noche quiero morir”. – Pues si eso es lo que quieres, vamos al parque, yo te acompaño.
José Julián alcanzó las muletas al viejo Mario y corrió a la habitación que hasta hace un día había sido de su mamá y en medio del desorden pudo hallar una botella de aguardiente. Su mamá también bebía y aunque nunca le había importado, extrañó no haber tomado nunca un trago con ella.
Listo, vámonos, ya tenemos lo que necesitamos.
Uno en cada extremo de la banca, la botella en medio junto al paquete de Piel Roja que no podía faltar nunca y una muerte por venir, fueron suficientes aquel día para que el viejo Mario pudiera morir. En una de las visitas que Chinaski hizo al palo que fungía como orinal, el viejo Mario dejó de respirar.
Cuando volvió, lo encontró levemente tirado hacia la derecha. Lo enderezó, se sentó a su lado, le echó el brazo por encima de su cabeza para tratar de abrazarlo y soltó una lágrima. Era la primera vez que lloraba siendo consciente de ello. Se acercó al puesto de los hombres verdes con pistolas en sus cinturas y les dijo “allá hay un viejo muerto, vayan a recogerlo”. Se fue a su casa y no volvió a salir. Había decidido al llegar a ella que ese también era un buen día para él morir.
Un buen día
Jue, 25/10/2012 - 12:35
José Julián era un niño sensato. En medio de las posibilidades que la vida misma le permitía, trataba de abrirse paso como podía. No deseaba nada que no estuviera a su alcance y hacía mucho tiem
