Benedicto, el cínico

El alemán Benedicto XVI se parece mucho, en su miopía y cinismo, a otro “ilustre” pontífice, Pío XII, un italiano que se rehusó a condenar las aberraciones y oprobios del holocausto nazi: mientras millones de judíos eran vilmente asesinados, el Obispo de Roma guardó un silencio cómplice, al tiempo que no escuchó las protestas de los prelados católicos alemanes contra la persecución de los judíos por parte del régimen nazi. Se mostró de acuerdo con que las políticas antisemitas del Tercer Reich eran asuntos internos de Alemania en los que la Iglesia no debía inmiscuirse y estaba convencido de que el pueblo hebreo se había procurado su suerte. Llegó al descarado extremo de señalar que: “Los judíos eran responsables de su destino, Dios los había elegido, pero ellos negaron y mataron a Cristo y cegados por su sueño de triunfo mundial y éxito materialista se merecían la ruina material y espiritual que se habían echado sobre sí mismos.”

La veleidad de Pío XII el “vicario de Cristo” en la tierra —en la primera mitad del siglo XX— por los tiranos y déspotas no solo abarcó al inefable Hitler sino a otros personajes igual de miserables y siniestros, como lo fueron Franco, de España, y Mussolini, de Italia. A Benedicto XVI y Pío XII los une el cinismo crónico y la estrecha relación que en su momento cada uno de ellos tuvo con la causa nazi. A pesar de los esfuerzos de la Iglesia Católica por mostrar a Benedicto XVI como un virtuoso, el pasado no perdona y el mundo entero sabe de la militancia de este en las juventudes nazis.

Y digo y sostengo que Benedicto XVI es un cínico porque no solo trata de enterrar y desaparecer su oscuro pasado al lado de Hitler, sino que, además, permitió a ciencia y paciencia que una horda de curas pederastas abusaran de criaturas indefensas. Desde hace muchos años, disfrutando de las mieles del poder en el Vaticano, Benedicto XVI era consciente de las violaciones y vejámenes a los que fueron sometidos miles de niños y niñas alrededor de todo el mundo, pero, al igual que Pío XII con los judíos, prefirió mirar hacia otro lado, patrocinando así uno de los actos más abominables y repulsivos que la humanidad conozca.

En su reciente visita a Cuba, el Papa volvió a hacer gala de su desvergüenza: no se reunió con los disidentes y oprimidos; en cambio, sí lo hizo con los hermanitos Castro. A los perseguidos los ignoró, mientras que ensalzó a los sátrapas. Con su presencia en Cuba, Benedicto XVI reivindicó la tiranía de los Castros y les dio una bofetada a los anhelos democráticos del pueblo cubano. La obligación moral de un Papa y de cualquier dirigente religioso o político de esa envergadura es pronunciarse explícita y contundentemente sobre los abusos del poder y las constantes violaciones a los derechos humanos (que en Cuba son el pan de cada día.) No bastan aguados y timoratos discursos, hay que dar la pelea con toda la entereza y el valor, pues, sin duda, se trata de una misión ineludible, para quien se supone es el representante de Dios en la tierra.

La única explicación lógica que encuentro para que el Papa se entreviste con un desvencijado, vetusto y excomulgado dictador, especialista en torturar, asesinar y atropellar, como Fidel Castro, es que le haya administrado el sacramento de los santos óleos. Esa sí que sería una excelente noticia para la libertad.

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