Bernardo Hoyos y la elocuencia de ser generoso

La fascinación por leer los obituarios del New York Times, como una de las muchas otras cosas, se la aprendí a Tomás Eloy Martínez. En estos se puede recorrer  el  mundo de un ser humano, que encuentra en la muerte paradójicamente las historias de la vida. Tomás lo mostró en algunas de sus novelas argentinas: Lugar común la muerte es un bello ejemplo de una obsesión, o Santa Evita, la historia de Evita embalsamada acompañando a Perón con su carisma. Los obituarios  son  una  manera de recoger  el profundo rastro de la condición humana  que queda como legado sobre la tierra o sobre la gente.

Hoy, muy a mi pesar, tengo hacer uno, como un relato personal. Bernardo Hoyos se llamaba Bernardino en su mundo casual de Santa Rosa de Osos, Antioquia, lugar donde vivió con el ensueño de los cachumbos dorados de un bebé que veía la vida de su pueblo desde la ventana y al que  le gustaba la forma firme, clara y cadente del tono con que hablaba algún personaje, o el tono de voz de su abuela porque tenía una sensibilidad especial. A pesar de su remoto ambiente natal, creció en un mundo sin fronteras porque la radio que tenía frecuencias milenarias lo transportaban, a horas estrictas,  al estimulante mundo  de los sonidos de orquestas, a las pausas, a la cadencia de una melodía. Así comenzó ejercicios de aprendizaje, a través de los cuales empezó a seguirle el recorrido a un solo instrumento de cada pieza musical. Su oído fue siempre su aliado principal. Leía con avidez  mientras conocía parte del mundo de su entorno. Le gustaban las noticias como parte de ese gran cúmulo de información y le gustaba la información como parte de un rompecabezas de un gran bagaje cultural de la sociedad.

Fue abogado, pero sabía que en su Medellín no iba a lograr conquistar el mundo, y acabó trabajando para la BBC de Londres. Se hizo periodista con la conducta respetuosa del que se rige por la ética, del profesional que pregunta para entender las diversas perspectivas de una noticia, donde la respuesta  no está incluida, como sucede tanto en la práctica periodística de hoy.

Su gran drama comenzó, como todas las historias de la vida, de repente. En un viaje, se comió un pescado infectado de un virus y quedó atrapado en la minúscula proporción de casos en el mundo afectados por esta rara enfermedad y tuvo que llegar a Londres ciego. Ese ser humano que le encantaba el brillo del color de una hoja o el olor de las galletas Madelaine que le gustaban a Proust, quedó sin una referencia del mundo. Pero pudo con su entereza y serenidad reconstruir  el mundo con su prodigiosa memoria, que tenía carácter enciclopédico. Todas las artes cabían como referencia, todas las expresiones artísticas tenían un encuentro transversal en el tiempo de una historia. Toda la literatura era un recuento y la música un universo con todas las constelaciones.

En 1976, conoció en Londres a su mujer Constanza con quien tuvo a su hijo Juan Sebastián quien recibió el amor y la atención de un par de adultos atentos. Por ejemplo recuerdo que en los primeros años de Juan, su imaginación quedó anclada en la historia y los tiempos de sus padres porque su referente fundamental era el Rey Arturo mientras que en la faz de los medios ya Superman le había dado cinco mil millones de vueltas a la tierra y él no lo conocía.

Tuve la enorme fortuna de trabajar con Bernardito, como cariñosamente siempre lo llamé, en RTI. En mi trabajo tenía dos funciones: leerle todas sus revistas preferidas que recibía en inglés o en español, y algún libro que tenía en la cabeza, y editar sus programas en el Canal.  Siempre me impresionó oírlo citar frases enteras de un libro que yo le había leído y del cual yo –lectora– lo tenía registrado como una idea nebulosa. La memoria de Bernardo Hoyos era apabullante. Por ejemplo, le gustaban las técnicas  para acordarse de un número de teléfono: el quinteto de Schubert D 667 con  el concierto de oboe, BWV 1059.

Su inteligencia fue siempre su eterna curiosidad por muchos temas y estuvo constantemente  atento  a cualquier expresión que se moviera dentro de los cánones de la belleza.

Un ser humano generoso con su enorme conocimiento, porque fue un atento estudioso. Un amigo insuperable, un conversador profesional que llevaba siempre el hilo conductor de un diálogo con largo aliento. Excelente entrevistador que no sentía la presencia intrusa de las cámaras de televisión, sino que conducía sus programas con  la serenidad y la integridad que siempre  identificó su carácter. Realizó muchas series inolvidables para la televisión sobre libros, sobre historias de vida, sobre cine. Le gustaba el arte como la arquitectura, adoraba a Proust tanto como la poesía de Barba Jacob, le interesaba cada aspecto de los acontecimientos históricos. A expresiones plásticas  las asociaba a un paisaje de su enorme conocimiento musical.

El mundo místico que llevaba adentro podía tener las pulsaciones de la música del renacentista Josquin Desprez y su música vocal polifónica del alto Renacimiento, del  franco flamenco hasta de las libres asociaciones de un concierto de jazz. Para él era un acto sublime, encontrarle a cada instrumento  paisajes poéticos y siempre hablaba con frases cortas, que reflejaban una justa situación determinada. Nunca  faltaba una anécdota más, para agregar a un comentario ya inteligente.

Su voz encontró desde el comienzo en la radio otra forma de comunicarse con un gran público desde cuando trabajó en la BBC de Londres, hasta hace pocos días, donde dirigía la emisora HJUT de la Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Hoy hay silencio. Nos dejó sin su presencia, sin su esencia culta y caballerosa, sin su risa, sin su humor.