Catatumbo, bendita tierra maldita

28 de junio del 2013

Escribo esta columna desde la cárcel que es hoy Ocaña, porque el paro de campesinos del Catatumbo no permite a nadie entrar, ni salir; estamos sitiados y luego de 11 días,  el desabastecimiento y las pérdidas comienzan a impactar los establecimientos de comercio, hoteles y negocios. Una tensa calma se respira en la Plaza parque […]

Escribo esta columna desde la cárcel que es hoy Ocaña, porque el paro de campesinos del Catatumbo no permite a nadie entrar, ni salir; estamos sitiados y luego de 11 días,  el desabastecimiento y las pérdidas comienzan a impactar los establecimientos de comercio, hoteles y negocios. Una tensa calma se respira en la Plaza parque central, del 29 de Mayo.

Ocaña es una idílica e histórica ciudad, famosa por su clima y sus bellas mujeres,  también reconocida como capital de la provincia que lleva su nombre y ahora por ser la ciudad más importante de la Zona Especial del Catatumbo, territorio de 4.826 k2, que limita con Venezuela, en el que conviven petróleo, carbón, uranio, pobreza, violencia, campesinos, indígenas, grupos armados ilegales y narcotraficantes.

El nombre sonoro: Catatumbo viene de Catatumbari, que en lengua indígena significa permanente luz del cielo en referencia a la increíble sucesión de 300 relámpagos por hora, que contribuyen a recuperar la capa de ozono del planeta. Este nombre evoca el misterio de la selva y  el torrente voraz del río sobre el hábitat de los Motilón barí, la casta indígena que más tiempo resistió el hostigamiento de ejércitos motivados por ambiciones de todo tipo, primero aguantaron a los expedicionarios del rey, con sus hombres bestias de malla, con cuatro patas y espadas filosas que pretendieron diezmarlos para que su territorio sirviera de paso entre Pamplona y el Lago de Maracaibo; luego por las tropas de la república y los evangelizadores, que quisieron pacificarlos y tampoco pudieron someterlos; después por los cazadores de indios provenientes de Norteamérica, que llegaron en las décadas 30 y 40, contratados por la Colombian Petroleum Company y la SAGOC, con trampas macabras para asesinarlos. Más tarde los campesinos colonos, atraídos por la gratuidad, la exuberancia forestal y la fertilidad de los suelos, empujaron a los indígenas selva adentro pero no los vencieron; luego los empresarios de la ganadería extensiva, les desaparecieron 200 mil hectáreas de bosque y ganaron el record en contaminación, alteración hídrica y procesos erosivos. Posteriormente los motilones fueron invadidos por guerrilleros y paramilitares y finalmente por narcotraficantes que unieron todas las pesadillas en una sola, para mantener el control de 300 mil hectáreas sembradas de coca y de los campesinos que prefieren públicamente cultivarla, rasparla, y vivir una pobreza relativamente digna, antes que seguir sufriendo la miseria absoluta a que los condena la política agraria del Estado colombiano.

Los habitantes más pobres del Catatumbo son los indígenas y los campesinos, cuya vulnerabilidad es pretexto útil, oportuno y ajustable a todas las violencias, tanto de izquierda, como de derecha: El gobierno los ampara a través de oficinas indigenistas, para  proteger los recursos nacionales vendidos a inversionistas extranjeros; la guerrilla y los paramilitares los defienden, para amparar sus sembrados de coca y su reserva de reclutas. Los narcotraficantes patrocinan sus protestas y piden constituir reservas campesinas autónomas, igual que las indígenas, para convertirlas en republiquetas, desde donde puedan seguir el negocio sin nadie que los ronde. Todos ellos montaron asociaciones, oficinas de prensa y defensores de derechos humanos, que maquillan sus intereses y les sirven de voceros.

A la lista de pretendientes del Catatumbo hay que sumar “La Humanidad” representada en ecologistas de Francia, Suiza, Estados Unidos y otras naciones, que pretenden internacionalizar el Catatumbo como patrimonio universal, ellos son voceros de ONG trasnacionales, que ansían meter las narices en  su petróleo, carbón y uranio

Todos los zopilotes tienen las alas desplegadas porque el Catatumbo es tierra de nadie, la presencia del estado es mezquina y la autoridad la ejerce quien más fuerza detente. En reciente documento CONPES se asignaron 1.7 billones de pesos a electrificación, vías, baldíos, SENA y otros rubros, para ser manejados por ejecutivos yupis desde oficinas con aire acondicionado, sin idea de la realidad. Las falsas promesas de ese CONPES, sumadas al primer error del gobierno en Cuba sobre las zonas de reserva campesina y la presencia de Piedad Córdoba en la región, fueron los detonantes de este paro que ya deja dos ciudades y varios corregimientos sitiados, 4 muertos, innumerables heridos, 200 desplazados, 6.000 campesinos movilizados y cuantiosas pérdidas.

Los campesinos del Catatumbo como los del resto del país están abandonados, son gente trabajadora y buena, en cuyas costillas reside la miseria familiar, que se hereda a hijos y nietos. Campesinos que caminan kilómetros para llegar a la escuela, donde el maestro les enseña su no futuro en este mundo de diplomas, doctorados y perfiles. Ser campesino equivale a un puesto de salud sin médico, allende los cerros. Si un niño se fractura se queda con el hueso roto, allí una  apendicitis es tan mortal como una simple fiebre. Ser campesino significa tener vivienda con piso de tierra y alacrán en cama; ser campesino es hacerse el de la vista gorda cuando sus hijas y mujer son violadas por soldados, guerrilleros, paramilitares y narcos, y luego permitirles, que de postre le maten la vaca, para tragársela.

El campesino siembra ilusiones de cebolla o café y cosecha deudas, inundaciones, soles caniculares y precios miserables manipulados por los intermediarios. Una carga de tomate, cuando sobrevive, se lleva a lomo de mula hasta la chalupa, que la lleva hasta  el willys, que la lleva hasta el mercado donde le dicen que vale más la caja que la verdura. Serán seis meses de hambre para su familia. En cambio si siembra coca, se la recogen en la finca y le pagan en efectivo. Los cultivos alternativos del gobierno son una bofetada a la realidad campesina.

Todos los protagonistas de la tragedia nacional, exceptuando campesinos e indígenas auténticos, son lobos con piel de oveja, unos quieren firmar una paz de abracadabra brindando con ron y al son de un son en La Habana, otros sacan los campesinos de sus parcelas y los convierten en hordas ingenuas que obstruyen caminos y reclaman beneficios que no benefician sino a los narcos, paras y guerrilla. Entre tanto, el estado autista da golpes de ciego, sin entender que el problema se salió de madre y está desbordado.

La coca tomó tanta ventaja que ciudades como Ocaña, donde no se siembra, ni se trafica, ni se comercia, se mueven desde hace rato con su dinero. La erradicación y la quema de laboratorios se siente porque la economía se desacelera, como en la mitad del país, que también es impulsada por el motor del narcotráfico. Reconocerlo es triste, pero solo sin falsas hipocresías podrán tomarse medidas acordes con la realidad nacional.

El paro campesino hizo enorme daño a la imagen de Ocaña, ciudad hermosa, turística e histórica. Ojalá torne pronto la tranquilidad, para disfrutarla el 20 de julio durante su Primer Reinado Nacional del Bambuco caribe.

@mariojpachecog

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO