Crucemos los dedos

No hay colombiano honesto que no desee la paz del país. Que no esté a favor de salir con dignidad de este infierno de violencias en que se convirtió hace ya demasiados años, nuestra historia como sociedad. El punto está en que por importante que sea el propósito, no basta con quererlo. Esa fue la gran enseñanza del  proceso de Betancur, cuando se pensó que era tal el deseo de paz de todos los colombianos, guerrilleros incluidos, que bastaba la expresión de la voluntad por boca del gobierno y muy especialmente del Presidente de la República, para que la guerra fuera saliendo de nuestras vidas. Fue pionero y avanzó significativamente con las Farc : cese al fuego, creación de la Unión Patriótica, (la UP) y  el “gran Diálogo Nacional” animado por el M 19, que terminaría en el holocausto del Palacio de Justicia pues, como luego lo reconocería Antonio Navarro, el “eme” no entendió las verdaderas intenciones de Betancur.

El Caguán de Andrés Pastrana a su vez enseñó algo que hoy debe tenerse bien en cuenta cuando  parece que se reabre un proceso, al menos de contactos con las Farc. Enseñó que para sentarse a negociar se debe tener una correlación de fuerzas favorable  en el terreno militar. La situación que recibió Pastrana de Samper era la de una guerrilla que se veía vencedora militarmente. Fueron los años del 8000 y de los mayores y más contundentes golpes de las Farc al Ejército Nacional —Mitú, Las Delicias, Patascoy,… —. Un general en retiro en esa época llegó a decirme que se vivía la situación más crítica del Ejército desde que lo fundara Bolívar. Hay quienes afirman que fueron tiempos en que nos acercamos al colapso militar del Estado. Aupado por los 7 millones de votos de la séptima papeleta, el gobierno se sentó en El Caguán y las Farc, no sin razón, esperaban que allí se consumaría ni más ni menos que la rendición del Estado frente al nuevo Estado encarnado en unas Farc triunfantes.

La historia de ese período está por escribirse. Aventuro a decir que cuando finalmente se haga, quedará claro que para la guerrilla, la experiencia del Caguán en vez de fortalecerla le enredó su avance militar y les implicó una derrota política,  de deslegitimación nacional e internacional, de la cual no se reponen. El Caguán trajo el Plan Colombia y la reorganización y fortalecimiento de la capacidad militar del Estado. Al exponerlos a los reflectores de los medios, rompió el mito del “guerrillero heroico” que se mueve en la penumbra de la selva; la confianza ciudadana en la palabra y en las intenciones de la guerrilla quedó por el suelo.

Hoy se habla al tiempo de la reelección presidencial y de reabrir el proceso de negociación con las Farc. Coincidencia cargada de intencionalidad política pero a la cual sin embargo debe dársele una bienvenida realista, pues con su reapertura se manda un mensaje político claro de no compartir la visión del uribismo radical de que la violencia solo terminará con el triunfo militar del Estado y la derrota sin atenuantes de la guerrilla. Un análisis que por lo demás, es absolutamente simétrico, coincidente con el de las Farc, que siempre ha visto en la negociación un medio para tomar aliento y reacomodarse para continuar su avance hacia “la victoria final”.

¿Sobre que bases piensa el Presidente y sus asesores asentar su legítima aspiración como gobernante de lograr la paz por la vía de la negociación? Luego de la exitosa capitalización que Álvaro Uribe hizo de lo que dejó de positivo la fallida experiencia del Caguán y de los golpes a sus jefes que les ha dado el gobierno Santos, la guerrilla ha regresado a su lógica de combate y abandonó su pretensión de transformarse en Ejército Popular (EP), que prevalecía en El Caguán. Un  cambio que no significa que estén derrotados como lo pretenden algunos guerreristas de salón. Es claro que el sueño uribista de la derrota militar de la guerrilla, se quedó en sueño.

¿Está ya la correlación de fuerzas a favor del Estado, propicia por consiguiente para una negociación? Esa es la pregunta, de cuya respuesta depende en alto grado que la decisión presidencial termine bien. ¿Será que el Presidente planteara  que ello solo será posible si se da la reelección presidencial, uniendo así reelección con negociación? ¿Será que los duros golpes militares dados a la guerrilla han logrado que no abandonen la pretensión de convertir la negociación como instrumento de apoyo a la guerra y no como instrumento para alcanzar la paz?

La inmensísima mayoría de los colombianos, dos de cada tres, así lo esperamos. La responsabilidad del Presidente Santos al dar el paso, es enorme y los colombianos no lo podemos dejar solo en la empresa. Crucemos los dedos para que el camino hacia la paz se empiece a abrir. En ello va nuestro futuro como sociedad y no podemos permanecer indiferentes.

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