El vuelo de Ámsterdam a Girona —Cataluña, España— es de dos horas. Para ir a Cadaqués lo mejor es llegar al aeropuerto de Girona y de allí seguir en automóvil ochenta y siete kilómetros, por una vía que poco a poco se va llenando de curvas hasta que comienza a deslizarse hacia una pequeña bahía donde, en un momento dado, aparece en todo su esplendor el pueblo. Un oasis pequeño, sin los Ferrari del “nuevo” turista que tanto abundan en muchas partes de la Costa Brava.
Aquí el tiempo no se ha detenido. Sus pobladores, unos 2100, han querido respetar su ritmo de evolución y evitar el protagonismo de las grandes cadenas hoteleras en el desarrollo del lugar.
El vodka que me sirvió Vladimir era de tal tamaño que hubiera comenzado a cantar rancheras sino hubiera sido por la tortilla de patatas que me trajo a tiempo para pisar el alcohol.
Pero expliquemos: ni Vladimir, ni el vodka eran rusos. Vladimir es un boliviano muy buena gente, superamable, que trabaja en el bar Melitón, situado frente al mar. Uno de los sitios famosos de Cadaqués.
Ya había estado hace unos meses en esta localidad de la Costa Brava, llena de leyendas y personajes famosos, entre ellos, Salvador Dalí. El pintor nació el 11 de mayo de 1904 y murió el 23 de enero de 1989 en Figueras. Su padre, un notario en esa ciudad, tenía una casa en Cadaqués para las vacaciones de la familia. El encuentro con uno de sus mundos, de los muchos que debió tener, permite entender su naturaleza catalana. El debate en España sobre las varias Españas continúa, pero lo catalán, en la cultura es una fuerza enorme, imposible de evadir.
La vida nos da oportunidades pero todo depende de nuestra actitud y curiosidad. Tuve la suerte de hablar con Joan Vehí, un hombre de 82 años, entero, con ojos muy vivos, un físico envidiable, ágil, alerta, pero sobre todo sabio. De esos que la vida les ha dado el don de la desprevención, amable y dispuesto a compartir historias. Joan fue muy cercano a Dalí, la persona que al principio lo ayudó en las labores de carpintería en la casa, hoy museo en Portlligat –playa cerca a Cadaqués–. Con el tiempo se convirtió en su fotógrafo.
Hablamos con Joan un rato, despojados de cualquier seudointelectualismo, gozando, oyéndolo contar como era Dalí en su vida cotidiana, en su trato con la gente cercana: amable y muy disciplinado, sin la estridencia que pudiera sugerir un hombre que decora el techo de su casa con un huevo gigante.

Su gran amor fue Gala, su compañera “todo terreno”, quien fue duramente criticada por el entorno familiar.
Deambular por Cadaqués es una maravilla, hay un pequeño museo con exposiciones temporales. En una de ellas, en otro momento, me encontré lo que para mí es una joya: el libro de las clases de geometría donde se veía lo poco que a Dalí le interesaba el tema.

La iglesia tiene un valor enorme en la historia del pueblo. Fue construida por pescadores o mejor dicho, con la plata de estos labradores del mar. Hay un retablo de 23 metros, único, espectacular, que vale la pena visitar si algúndía se acercan a este rincón maravilloso de la Costa Brava.
En esta mismísima iglesia, durante la época de Franco había un cura adicto a sus disciplinas religiosas extremas, hasta el punto de tirarles botellas de cerveza vacías –ojo– desde el balcón de la casa parroquial, a las mujeres que paseaban en biquini por la playa cercana. Cuentan que varias veces acertó. Bueno, cada quien puede interpretar la Biblia a su manera. Este mismo cura –el tirabotellas–, según dicen, se la pasaba pellizcando piernas en la iglesia para descubrir a las mujeres que no estaban usando medias. Cadaqués, mezcla de cultura y leyenda.
