Atraídos por el imán del bandidaje y por el espejismo de su rentable audiencia, los medios todos han brindado abrumadores detalles de la vida de los villanos, al punto que es posible saber qué se hacía servir Hitler al desayuno los sábados, qué color prefería debajo de su túnica Osama bin Laden y, también por ejemplo, qué volumen tenía la panza de Pablo Escobar cuando cayó desparramado y huidizo en un tejado como cualquier ladrón de gallinas.
Todo se lo han averiguado. Y con todos esos detalles los medios —y no los tan vituperados como la televisión, sino los cinematográficos y los literarios— han humanizado a los rufianes, muchos de los cuales han descendido a los infiernos porque lo hicieron irreparablemente mal, pero han subido a los cielos de la imaginería popular, alzados hasta la diestra de dios padre por las arduas biografías en las que de todas maneras sobresalen algunos vestigios de sus bondades.
Que lo digan sino las insistentes series televisivas sobre las vidas de los capos, que han puesto en evidencia sus instintos criminales y sus costumbres obscenas, pero que por algún lado les han santificado. Es posible que esas series los haya vuelto ejemplares sólo ante la manada sin más norte que los dineros así sean ensangrentados, pero es que esa es una muchedumbre amplia y en expansión, no sólo dispuesta a coleccionar las imágenes de los gatilleros y pegarlas en un álbum, sino a repetir tropelías porque cree que de todas maneras la vida la lleva perdida.
Creo, también —y lo deduzco por las discusiones de sobremesa en que me he envuelto ya que no he sido espectador de la popular serie de Escobar que muchos juzgan una obligación—, creo que también ha servido para retratar el tamaño de porquería del alma de los capos. A alguien le oí un descalificativo de una firmeza que no necesitó más palabras: era desleal.
Y en fin. Los villanos, decía, han ocupado a lo largo de la historia bastante espacio, mientras los mártires han quedado relegados a la memoria de sus íntimos. Un manojo de gladiolos en los aniversarios. Cuatro lágrimas. Salvo que la fuerza de los hechos o el empecinamiento, busquen que se haga justicia, como está ocurriendo con el patrimonio intelectual vigoroso y vigente Guillermo Cano, el director de El Espectador asesinado en diciembre de 1986 sin duda por la mafia del narco y sin duda por haber librado contra ella una batalla solitaria y heroica para que la que empleó tan solo su convicción y su máquina de escribir.
Una compilación de crónicas insólitas, reportajes amplios, apuntes simples, editoriales fogosos, escritos por Guillermo Cano en sus 42 años de oficio, se está volviendo texto de consulta y de ejemplo de estudiantes de periodismo que hasta antes de este libro o no sabían de él o sabían de él sólo por el dato luctuoso de un periodista abatido. A través de esta obra, Guillermo Cano aparece con la dimensión real que tenía: no sólo el editorialista obstinado en desenmascarar a los demonios de entonces, que siguen siendo los mismos de ahora, sino de un reportero insaciable desde los 18 años; un cronista lúcido que se nutría de la cotidianidad desdeñada por tantos; un librepensador que sorprendía con sus miradas todos los días y un orientador de talentos que condujo a El Espectador a ser un periódico de grandes lectores por ofrecer grandes lecturas.
Si se pensaba o se quería o se creía que el espíritu periodístico de Guillermo Cano estaba limitado al de un editorialista combativo y nada más y que esa esencia no trascendía la escuela de El Espectador, este libro, Tinta Indeleble, es una resurrección, su resurrección. A través de él los periodistas que lo están comenzando a ser o que lo serán, tienen este espejo vivo.
Además —y a ese además ha contribuido también la serie televisiva sobre el granuja que fue su verdugo—, ya el mártir que es Guillermo Cano está menos desnudo. Ya se sabe mucho más de él. De su vida y de su obra. Pero también de sus amores familiares. De su sonrisa. De su timidez ancestral. De su fascinación por los viajes, de lo bien que jugaba al fútbol. Del negro, como le decía su mamá.
De mártires y de villanos
Jue, 23/08/2012 - 09:00
Atraídos por el imán del bandidaje y por el espejismo de su rentable audiencia, los medios todos han brindado abrumadores detalles de la vida de los villanos, al punto que es posible saber qué se h
