De para atrás
Estos últimos días no se me están dando las cosas. Con mucho esmero yo había estado organizando mi vida que durante los dos últimos años había regresado a un orden antes desconocido para mí. Después de años de locura bipolar, donde no había estado bien medicada, había abusado del alcohol, o más bien el alcohol había abusado de mí, había perdido mi trabajo, no me había logrado organizar y caí en las manos del hombre más malvado del planeta, los últimos tres años de mi vida se volvieron un renacer, un reencuentro con la felicidad, la posibilidad de volver a arrancar, trabajar en algo nuevo, disfrutar de una gran ciudad, conocer gente nueva y sentirme parte actuante del universo nuevamente, no que la vida me pasara por el lado.
Pero las cosas no son tan fáciles. Si antes sentía que daba dos pasos adelante y uno atrás, ahora son dos pasos atrás y a duras penas avanzo uno y a veces ni eso. Todo comenzó con el convencimiento de que odio mi trabajo. Ese trabajo al que caí por descarte era una burla a mí misma. Un trabajo mal pagado, desagradecido, muy por debajo de mis capacidades, que dejó de satisfacerme cuando vi que por más esfuerzo que hiciera, ese oficio no me iba a dar para vivir. Tenía que cambiar de modelo de vida.
Después viajé a Bogotá, no sabía si con la esperanza de encontrar allá algo que me gustara, o que me ofrecieran algo o me resultara algo sin yo hacer nada, qué ilusa, lo que fuese. No estaba decidida, sin embargo, a devolverme del todo a Colombia, pero eso es otro tema. No me di el tiempo suficiente en Bogotá para alcanzar a lamberle a todo el mundo, a ponerme las chaquetas y las botas, a colarme en los cócteles, a que me vieran en los restaurantes de moda. Me limité a verme con mis amigos y a recibir consejos, todos ellos buenos y desinteresados.
Pero en Medellín me encontré con la verdadera realidad. Mis padres están enfermos y necesitan que esté con ellos. En tres semanas parto para mi Medellín querida con el propósito de estar con mi familia por tiempo indefinido. Qué resulte alrededor, no lo sé. Tengo planes profesionales, seguiré escribiendo, de pronto vendo mi novela, pero no seré yo el centro de mi universo. Serán mis padres. Pero por otro lado no voy a desmontar el huequito que tengo acá, porque no renuncio a la idea de Estados Unidos, pero no tengo ni idea de a dónde voy a parar finalmente.
Pero esto no es lo que me está haciendo sentir tan mal. El problema es la química. Yo venía muy bien medicada para la bipolaridad, pero el antisicótico que estaba tomando me empezó a dar un efecto secundario que se llama disquinesia tardica. Los músculos de alrededor de la boca se mueven involuntariamente y la condición puede llegar a no tener cura. De vuelta en Portland mi médico me dio un nuevo antipsicótico que no ha sido aprobado para el tratamiento de la bipolaridad. Fue como quedar a la deriva. Me hundí en la ansiedad y comenzó la depresión.
No hay nada que me mejore la angustia. El Ativan no me sirve y el doctor no quiere darme nada más fuerte. El antipsicótico lo cambió por mi antiguo amigo el Seroquel, que funciona muy bien pero engorda. Tengo que cuidarme.
El Seroquel no ha empezado a obrar. El Ativan no se siente. Y me tomé una botella de vino el viernes. Eso fue tocar fondo. Yo, una alcohólica recuperada, volver a tomar. He llorado todos los días desde entonces. He ido a reuniones de alcohólicos anónimos que no me dicen nada. Todos hablan de un poder superior al que le entregan su voluntad y no vuelven a tomar. Yo no creo en Dios. No creo en ese ser de luz que ha salvado a tanto borrachito por ahí. Voy a las reuniones pero no me dicen nada.
Me está dando trabajo levantarme por la mañana. Eso es señal de depresión. Como yogurt y cereal, no soy capaz de cocinar. Miro a mi gata y me pongo a llorar, voy a tener que dejarla, quien sabe en qué manos, nadie la va a cuidar como yo, su mamá.
Por lo menos todavía soy capaz de funcionar. Voy por las mañanas a escribir a la biblioteca. Cuando no queda más remedio, trabajo como intérprete por teléfono. Cuento los días que me quedan aquí. Tengo sentimientos encontrados, quiero estar con mis padres pero no quiero dejar a mi gata y a mis cosas. Tengo terror de entrar nuevamente en una depresión.
Por lo menos tengo alguien que me ha dado una mano que me ha permitido sobrevivir escribiendo. A él muchas gracias. Y a Kien&ke que me desempolvó y me ha permitido quejarme quincenalmente le debo todo.

