El caso Noguera Cotes; algo más que una sentencia

Mar, 20/09/2011 - 00:02
 
Precisiones previas
1. Me encuentro entre quienes consideran que el país está viviendo algo cercano a una cacería de bru
 

Precisiones previas

1. Me encuentro entre quienes consideran que el país está viviendo algo cercano a una cacería de brujas; más exactamente: que el retorno del péndulo está distorsionando el funcionar de la Administración de Justicia, y que se están produciendo sentencias que, dando gusto al ánimo de la población ante quienes pueden ser culpables, en conjunto tiene más de linchamiento que lo que exigiría la verdadera justicia (con la aclaración adicional que ese ánimo es estimulado por los medios de comunicación que para su necesidad de rating encuentran un terreno fácil en la creación, revelación o explotación de escándalos).

2. Como en cualquier aproximación de Economía Política al estudio de los problemas sociales, se debe considerar que hay una tendencia a personalizar en los individuos lo que ellos no hacen más que representar, creando ‘chivos expiatorios’ igual que ‘mesías providenciales’; la historia y el devenir de una sociedad la explican procesos movidos por corrientes históricas, grupos de interés, factores de poder, conflictos de clase, etc., pero quienes tienen roles protagónicos se vuelven símbolos en quienes se encarna más de lo que ellos mismos son, ya sea para aplaudirlos como para sancionarlos.

3. Desde ese mismo enfoque se ha dicho que Álvaro Uribe no es la cabeza de una horda de bandidos, de unas mafias que se apoderaron del Estado y, con el paramilitarismo y la corrupción burocrática, acabaron con el país; que simplemente estuvo en el momento y el lugar apropiado para servir de catalizador o instrumento para que esos procesos se dieran. La comparación con Hitler no es para afirmar una semejanza en sus caracteres, sino para enfatizar que fueron las condiciones de Alemania y de lo que vivía y deseaba su población lo que permitió las políticas y acciones del Nazismo, y no la personalidad del ‘führer’ la que transformó esa Nación.

Lo anterior para aclarar que no necesariamente Álvaro Uribe está vinculado a todos los escándalos y horrores que aparecen; y que en una primera aproximación las opiniones y los juicios al respecto no son ni lo más justo ni lo más relevante.

Otro tema –ese más importante- es el de aclarar si, sin ser el director de orquesta, sí estaba informado de lo que sucedía, y si, en consecuencia, sí hay una responsabilidad sobre la cual se deben dar pronunciamientos.

Pero la sentencia en el caso de Jorge Noguera ha planteado interrogantes de varios columnistas, los cuales merecen ser recogidos:

Dado lo que revela ese fallo en cuanto a las funciones que cumplió esa entidad al servicio de los paramilitares, vale la pregunta de por qué Uribe Vélez nombró a Noguera Cotes como director del DAS. No es admisible la versión de ‘porque era un buen muchacho’; aunque más elaborada, la explicación de que por provinciano no conocía suficientes personas para proveer todos los cargos y designó a Vives Menotti quien por impedimentos no aceptó pero le pidió que hiciera ese nombramiento no parece suficiente para justificar ese nombre en cargo de semejante importancia; en la hoja de vida del nombrado no aparece experiencia alguna en temas de seguridad ni con relación alguna con ese tipo de cargos; para cualquier gobernante la inteligencia y contrainteligencia del Estado es un aspecto especialmente delicado que merece especial atención; la trayectoria de Uribe sugeriría que él no puede ser indiferente a lo necesario de controlar ese despacho. Algo paralelo aplica respecto a la elección de Rafael García como jefe de informática: difícil concebir que fuera una escogencia de Noguera sin consulta y visto bueno del Presidente; tanto el valor de la información como arma, como el de la informática como instrumento de trabajo, fueron los fuertes del campo de acción de Álvaro Uribe. Pero sobre todo la inclusión de Narváez, quien según Noguera fue sugerida directamente por el mandatario, no pudo haber sido ignorando lo que equivale a su ‘filiación’; que quien simultáneamente dictaba cátedra a militares y a paramilitares (a estos últimos la que llamaba “Por qué es lícito matar comunistas”), hoy señalado por crímenes tan simbólicos como los de Jaime Garzón y Manuel Cepeda, y de quien alias “Don Berna” afirmó que pertenecía a las AUC y “sólo le faltaba el brazalete”, no puede ser que fuera por casualidad que entró a esa institución.

A esa institución que la Sala Penal de la Corte Suprema ha venido describiendo como ‘empresa criminal’ y de la cual en este fallo dice “El análisis de los elementos de juicio que obran en el presente proceso, permite afirmar que el DAS actuó en connivencia con el Bloque Norte de las Autodefensas, a través del Frente José Pablo Díaz, comandado por Edgar Ignacio Fierro, alias “Don Antonio”, para inicialmente hacer ver al profesor Alfredo Correa de Andreis como un subversivo y después proceder a ejecutarlo”. ‘Empresa’ a través de la cual fueron cometidos los delitos conocidos como ‘las chuzadas’ que hoy se amplían no solo a los opositores y a la Corte Suprema sino a la Fiscalía y a la Procuraduría. Y que ahora con su desmantelamiento parece volverse de propiedad pública –o por lo menos de aquellos que puedan tener especial interés- todo el andamiaje de la inteligencia y seguridad del Estado.

En resumen, lo que eran pequeños puntos que podían ser aislados empiezan a configurar un dibujo que no puede ser más inquietante. ¿Uribe se desentendió de lo que pasaba en el DAS y por eso no supo nada de lo que hoy aparece? ¿0 supo pero no vio sus dimensiones y no le dio la trascendencia que ameritaba? ¿O lo que realmente sucedió fue que siguió sugerencias de una tenebrosa ‘mano negra’, y por eso no solo montó esa organización, sino ya siendo investigada permitió o prohijó que siguiera en esas actividades durante todo su mandato? ¿O incluso su defensa aún recalcitrante de Noguera y su contribución al asilo de María del Pilar Hurtado significan que algo vivo sigue de ese engendro?

Es la inquietud de muchos colombianos que Daniel Samper Pizano sintetiza bien cuando escribe: “…esperábamos algunos que no fuera verdad cuanto se decía y temía… (…) Pero la realidad insiste, tercamente, en demostrar que las cosas son peores que lo que pensábamos".

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