El Día de las Víctimas
No fue fácil para los congresistas. Escoger un día para dedicarlo a las víctimas de la violencia colombiana requiere bastante esfuerzo. Empezando porque son tantas nuestras violencias que se suceden y entrecruzan que con frecuencia se nos pierden los límites entre víctima y victimario, o porque son tantos los muertos que cualquier día del año podría cumplir con los requisitos como ejercicio de memoria histórica.
Se escogió el 9 de abril. Y se institucionalizó en la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras. Para muchos de nuestros “violentólogos” ese día parimos con sangre, la de Jorge Eliécer Gaitán la guerra que nos habita. Aunque el magnicidio ha sido una recurrente arma en nuestra tradición política caracterizada por la apelación a la violencia para resolver las controversias por el poder. No hace falta hacer la lista de nombres y fechas para aceptar que el 9 de abril es paradigmático en nuestro dolor colectivo.
Sospecho que el Congreso pretendió que el Día de las Víctimas no se convierta en una apología al dolor. Que superemos ese morbo colectivo. Porque, como lo diría Estanislao Zuleta, nos gusta celebrar el dolor como festejamos la guerra. No es exclusivo de los colombianos. Es consustancial a la tradición judeocristiana. De allí nos viene quizás la reverencia al sacrificio y al dolor. Esta vez el ritual de un 9 de abril dedicado solo a recordar el “Bogotazo” debería sustituirse por un acto colectivo de reconciliación. La esperanza de la paz tejida desde los derechos de las múltiples y diversas víctimas.
Así lo ha entendido el Gobierno Nacional y el de Bogotá. La aplicación de la Ley de Víctimas constituye sus prioridades de gobierno. Pero Santos sabe que la causa de las víctimas conduce a la paz si pasa por la restitución de las tierras usurpadas a sangre y fuego. Sabe también que sin “revolución agraria”, como él mismo la ha calificado, la restitución se queda corta para la paz. Otra vez nos queda claro que la tierra está en el corazón de nuestro largo, violento, doloroso y degradado conflicto. Y nos debe quedar claro el difícil camino que nos espera. Tan difícil que puede, sin tremendismos, inaugurar un nuevo ciclo de violencia.
Diecisiete líderes de los movimientos por la restitución de tierras han sido asesinados desde que se expidió la Ley. Y ya empiezan a aparecer en la Costa y el Sur del país estructuras que se hacen llamar “ejércitos antirrestitución”. Las autoridades aún no saben qué relación tienen con las bandas criminales que heredamos de una negociación mal hecha con los paramilitares. Que seguramente la tienen. Y mucha.
El Gobierno tiene que hacer un esfuerzo por cohesionar todo el aparato público como factor de éxito en su política de víctimas. Conquistar el respaldo de la justicia, del Congreso, de las altas cortes. Reformar las entidades encargadas de la restitución de tierras. Y rodearse del apoyo de sectores de la dirigencia del país, de los partidos y de la comunidad internacional. Así este Día de las Víctimas no será uno más en nuestro calendario de dolor.

