El placer de violar

15 de agosto del 2012

Las alarmas contra la violencia femenina están disparadas y los íconos como Rosa Elvira Cely tienen en alerta las organizaciones de género y las oficinas de Derechos Humanos, se realizan marchas y se promulgan leyes que previenen y castigan el delito, por eso no dejan de ser psiquiátricamente interesantes los lascivos zarpazos del general de […]

Las alarmas contra la violencia femenina están disparadas y los íconos como Rosa Elvira Cely tienen en alerta las organizaciones de género y las oficinas de Derechos Humanos, se realizan marchas y se promulgan leyes que previenen y castigan el delito, por eso no dejan de ser psiquiátricamente interesantes los lascivos zarpazos del general de una famosa novela.

El Otoño del Patriarca llegó a Gabriel García Márquez de la mano del alzheimer, supuestamente vedado a quienes ejercitan el cerebro y lo introdujo en el mismo mundo mágico, irreal que en 1982 le propiciara el Premio Nobel de Literatura y donde seguramente se protagoniza a sí mismo en medio de aventuras de mariposas amarillas y amores decadentes con Florentino, Fermina, José Arcadio, Úrsula, Amaranta y Aureliano.

En 1975 publicó El Otoño del Patriarca, novela en prosa/poema cargada de recursos lingüísticos y de todos los tropos conocidos. Deglutirla es descubrir que por algo es nobel este nobel de párrafos para leer ahogándose, que esconde los puntos y aparte y los puntos seguidos como si fueran doblones de un arcón pirata.

En El Otoño del Patriarca desdibuja realidades latinas entre los aconteceres de un país calentano a través de un viejo tirano y analfabeta, condición sine qua non para ser dictador en las repúblicas bananeras de García Márquez, caricatura de personajes folclóricamente peligrosos y mortales, como Porfirio Díaz que gobernó México por 30 años, Augusto Pinochet Ugarte en Chile, Juan Domingo Perón en Argentina, Juan Vicente Gómez en Venezuela y Fidel Castro en Cuba, consentido de los escritores por erigirse contra el imperialismo, que fue cliché de la intelectualidad del boom.

García Márquez acompañó con sus libros mi adolescencia, pero solo ahora, reescarbando la novela y con la impresión fresca de la brutalidad machista que victimiza niñas y mujeres, me fijo en una singular coincidencia: todos los encuentros sexuales del decrépito patriarca están precedidos de un zarpazo. El viejo violenta la mujer para poseerla, la asegura con su zarpa llena de uñas como garfios que uno imagina hundiéndose en la piel, desgarrándola, rompiéndola. Esta acción abusiva proporciona placer al general, le aviva el deseo; García Márquez condimentó con una antítesis su metáfora en el dictador que no acaricia, zarpa para arrebatar sexo. No le satisfacen las putas rubias de Ámsterdam, prefiere la lavandera sucia, agotada y con la regla, a la que ataca de improviso.

Sus relaciones sexuales están cargadas de sorpresa, miedo y placer, un sexo animal perfecto para la personalidad psicológicamente primaria de los personajes garciamarquianos.

El general siempre está solo, a menos que vaya a cometer una canallada como cuando va a violar a la recién casada Francisca Linero que sabe acompañada de su esposo, por eso aparece en su casa con un indio armado de machete cuya misión es asesinar a Poncio Daza para poder poseerla. Entiende que usurpar el sexo de la recién casada es delito espantoso contra el machismo caribe, el sexo de la esposa es el tesoro más doloroso del esposo y el general no quiere dejar enemigos mortales. El cuerpo de Francisca Linero es objeto de sus ganas, expuesto y desprotegido porque no existe más ley que la de sus instintos, es él el amo de la vida y de la muerte.

(…)sólo cuando acabó de comerse el racimo entero y quedó el vástago pelado junto al venado muerto le hizo una señal al indio descalzo y le ordenó a Poncio Daza que se fuera un momento con mi compadre el del machete que tiene que arreglar un negocio contigo, y aunque yo estaba agonizando de miedo conservaba bastante lucidez para darme cuenta de que mi único recurso de salvación era dejar que él hiciera conmigo todo lo que quiso sobre el mesón de comer, más aún, lo ayudé a encontrarme entre los encajes de los pollerines después de que me dejó sin resuello con su olor de amoníaco y me desgarró las bragas de un zarpazo y me buscaba con los dedos por donde no era mientras yo pensaba aturdida Santísimo Sacramento qué vergüenza, qué mala suerte, porque aquella mañana no había tenido tiempo de lavarme por estar pendiente del venado.(…)

La mujer víctima, no protesta por la violación, se deja hacer y hasta ayuda a que la viole el violador, no importa si mientras la penetra estén matando a su esposo, le da vergüenza no haberse bañado. Si acaso se atreve a objetar y a oponerse entonces lo hace con una excusa tímida y por razones distintas a la de ser violada.

(…) “Tenga cuidado general, murmuró ella, temblando, se van a romper los huevos, que se rompan, qué carajo, dijo él y la tumbó de un zarpazo sin desvestirla ni desvestirse” (…)

Incluso cuando aparece diariamente en el muro de la escuela y observa con lascivia por entre una claraboya a las niñas de uniforme azul de cuello marinero y una sola trenza en la espalda para ofrecerles la carnada del caramelo, pareciera ejercitar su derecho de tigre al acecho de la cervatilla. Una de las colegiales, de tan solo doce años de edad cae en la tentación y se acerca a recibir el dulce.

(…) “Entonces él me agarró por las muñecas con un tierno zarpazo de tigre y me levantó sin dolor en el aire y me pasó por la claraboya con tanto cuidado que no me descompuso ni un pliegue del vestido y me acostó en el heno perfumado de orines rancios tratando de decirme algo que no le salía de la boca árida porque estaba más asustado que yo” (…)

Zarpazos, zarpazos. Cuando le trajeron las putas europeas rubias y perfectas sin una gota de grasa que parecían secretarias intocadas y que de pronto se desnudaron para retorcerse ante sus ojos, no le gustaron, lo inhibieron, entonces las dejó quietas y salió a caminar.

(…) Tan deprimido por su propia desidia que aquella noche al golpe de las ocho sorprendió a una de las mujeres encargadas de la ropa de los soldados y la derribó de un zarpazo sobre las bateas del lavadero a pesar de que ella trató de escapar con el recurso de susto de que hoy no puedo general, créamelo, estoy con el vampiro, pero él la volteó bocabajo en las tablas de lavar y la sembró al revés con un ímpetu bíblico. (…)

Su mayor satisfacción incluso más que ganar cualquier batalla, era saberse reconocido y admirado por la mujer atacada.

(…) cuando la pobre mujer lo sintió en el alma con el crujido de la muerte y resolló qué bárbaro mi general, usted ha debido estudiar para burro, él se sintió más halagado con aquel gemido de dolor que con los ditirambos más frenéticos de sus aduladores de oficio y le asignó a la lavandera una pensión vitalicia para la educación de sus hijos. (…)

García Márquez recorre en vida la diégesis de sus personajes, pero contamos con la posibilidad de redescubrir en sus obras las infinitas sorpresas que nos dejó como legado, entre estas la del placer de violar, una locura recurrente en sus novelas.

@mariojpachecog

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