El tigre no ruge, ronca…

“Mira chiche, las fincas son hembra, así como los terrenos son macho”, me dijo mi abuelo cuando le reclamé que la finca suya donde íbamos tanto, se llamara Villa Ana María, en honor a mi hermana, en vez de llamarse algo con “Sergio”. De alguna forma, por ser el nieto mayor y el que más lo acompañaba, pensé que era mía. Pasé toda mi infancia en Villa Ana como le decíamos abreviadamente a las tierras que tenía “paolo”, el papá de mi mamá, en las estribaciones de la Sierra Nevada, cerca de Bosconia, del lado de Valledupar. Allí conocí lo que —hoy entiendo— fue la plenitud de la felicidad en mi existencia, porque la finca era un mundo propio, prodigioso y vital.

En vacaciones de diciembre —que eran las largas— mis primos, mis hermanos y yo pasábamos allí semanas enteras en las más elementales condiciones. Era un país muy distinto. Valledupar era una aldea, el Cesar un departamentico nuevo, y la carretera a Santa Marta, una trocha polvorienta imposible de surcar en el invierno.

En Villa Ana no había energía o lujos, solo taburetes y camas duras de colchoncitos de rayas azules rellenos de algodón y trapos, hamacas sanjacinteras y coloridos chinchorros guajiros de “guarniciones” largas, colgados por los cuatro corredores circundantes… El lujo eran las suculentas comidas de mi madre, y el placer ritual de sentar en la mesa un equipo impenetrable de diez o doce primos compinches que, bien desayunados, ensillábamos los caballos y salíamos a arriar el ganado a los potreros después del ordeño, para comenzar la aventura diaria de cabalgar y atravesar jagüeyes nadando asidos de las crines de nuestras bestias, apostar carreras o jactarnos sobre quien dominaba con mas destreza y tenía el mejor caballo… Éramos niños, de seis a doce años, porque a los doce, me desplazaron a Bogotá de donde nunca volví, sin entender que al partir, la edad mágica de mi existencia se apagó para siempre.

Cada jornada, al caer el sol, sin energía eléctrica, con mechones de kerosene y bajo el altísimo domo negro pringado de plata que cubre las noches del Caribe, buscábamos a “los grandes” para que, con las ranas y chicharras de fondo sonoro, nos “echaran cuentos” antes de dormir, que versaban sobre todas las materias. A veces eran noches de poesías a cargo de mi madre y mi abuelo, o relatos fantasiosos con personajes imaginarios entresacados de la historia, a cargo de mi padre; pero otras veces eran relatos del campo contados por Alberto Montes, un bolivarense alto y blanco, cuya muñeca parecía el cuello de un toro, quien manejaba la finca con gran autonomía y nos hablaba con cariño y simpleza sobre las historias de su vida, toda a caballo y diseminada en miles de jornadas de vaquería, doma de potros, fincas y alardes recurrentes de mujeriego empedernido y coqueto, siempre enfundado en un sombrero vueltiao que usaba con cierta caída a la derecha como “picando el ojo”, y calzado con abarcastrespuntá de rejo seco de ternero. Alberto era nuestro héroe vivo, y sus cuentos y embustes pa´ pelaítos eran los que más nos gustaban.

Con cierta frecuencia nos echaba el cuento de como se cazaba el tigre, que es como llamamos los colombianos al hermosísimo yaguar americano, el mayor felino que ha vivido en esta era entre la Florida y la Patagonia. Nuestra casi extinta Panthera onca, el tercer felino de mayor tamaño sobre la tierra, el de mordida más poderosa de todos, y el que para los campesinos y colonos fue siempre la mismísima encarnación del demonio. Las leyendas de tigres que diezmaban hatos ganaderos, se llevaban niños, y enfrentaban a curtidos tramperos, eran parte de la tradición oral vernácula costeña, y los cazadores de tigres eran protagonistas del imaginario épico de mi infancia en la voz de nuestro mayoral.

Tigre

Alberto Montes aprieta los labios y nos dice: “La cosa es seria muchachos. Cuando el tigre ronca, el ganao se junta, y se organiza pa´cuidá la ternerá, si uno se atraviesa por ahí el ganao también se pone peligroso”.

Mi abuelo que oye desde su hamaca los cuentos de Alberto a la extasiada muchachada, corrige con autoridad: “El tigre no ronca Alberto, ruge, ¡el tigre ruge!”. Alberto quita los ojos de nuestro grupo y le dice a mi abuelo con seguridad: “Bueno doctor Castro, será que ruge, pero yo lo oigo cuando ronca, y ronca duro y ¡mete miedo!”.

Nunca supe si era mi abuelo —juguetón como era— quien se escondía a imitar rugidos de yaguar con la cabeza dentro de una olla grande, como me enseñó una vez, pero en muchas ocasiones “sentimos los ronquidos” hasta muy tarde en la noche… Y una vez, como a las seis de una tarde cualquiera, volviendo de los potreros, una fulgurante presencia cobriza dio un salto a nuestro paso delante de los caballos que casi nos tumban encabritados. “¡El tigre! “, gritó Alberto Montes y echó mano al zamarro, asiendo su Smith & Wesson 38 corto… A todos se nos fue la respiración, pero al medio minuto, cuando los caballos se calmaron, nadie sabía si era un tigre o un venado lo que nos había pasado como un rayo por el frente, sin embargo todos crecimos contando que nos había “salido el tigre” de Villa Ana.

A los 14 años vivía en Bogotá, ya se me había olvidado Villa Ana, y con mis amigos del Moderno caminaba a diario desde el Yanuba por la 11, hasta la 82, para coger buseta y echarle ojo —de pasada —a las alemancitas del Andino y a las “chinas” de escocesas rojas de la Nena Cano, que salían casi a la misma hora. Un día de esos llegué como a las 5:00 a nuestra casa de la 103 con 17 y mi mamá, estremecida y sin más saludo, me dijo: “Mataron al tigre de Villa Ana”.

Ocho días después llegó de Valledupar un inmenso rollo con la preciosa piel seca y salada de un yaguaré americano, y el cráneo pelado y perfecto con todos sus colmillos del pobre animal. Unos trabajadores asustados y creyendo hacer lo correcto, habían cazado nuestro tigre. Solo entonces entendí que mi infancia no había sido una fantasía, sino parte del realismo garciamarquiano en que nos tocó vivir. Pasé el resto de mi vida nostálgico por no haber entendido mi fantasía mientras era parte de ella, y los inmensos colmillos del tigre, en su cráneo marfilado, se volvieron parte de la biblioteca de mi papá.

Hace ocho días, Juan, el trabajador de la familia que responde por Villa Ana, nos llamó desde su celular: “Jefe, hay una tigra de tres metros con dos cachorros, la vimos hace tres días y anoche se comió un potro. Hay que cazarla porque nos come los pelaos…”.

Mi abuelo murió hace años, Alberto Montes está muy viejo, Villa Ana sigue cimarrona y colgada de la Sierra, y ahora los bisnietos del tigre de mi infancia merodean en los últimos pedazos de tierra que el hombre les ha dejado. Los campesinos les temen todavía y los quieren matar. Mi hermano y yo, empezando a hacernos viejos ya, queremos que vivan, pero no sabemos bien qué hacer o a quien acudir para que en los cerros de nuestra infancia siempre quede un tigre que “ronque” la inolvidable onomatopeya de sus rugidos…

@sergioaraujoc

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