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El Transmilenio dejó de ser tema de transporte y se volvió tema político

Parece además que como tal hay que tratarlo. Sobre su inconveniencia o defectos hubo suficiente debate, ...

Parece además que como tal hay que tratarlo.

Sobre su inconveniencia o defectos hubo suficiente debate, o, visto hoy, se previno suficientemente sobre ello, desde el cuestionamiento del sistema de lozas escogido, hasta la estructura o modelo de explotación.

Lo primero porque la falta de experiencia tanto del sistema técnico como de los constructores era una apuesta sin ninguna garantía de éxito; hoy se han debido reponer el 28% de las lozas y según informan están pendientes otras tantas, lo que ha llevado a la nueva dirección del IDU a proponer que se remplace la totalidad de las lozas por otro sistema.

Lo segundo porque nada más cuestionable que el que se entregue a unos particulares el derecho de usufructo de un espacio y de unas instalaciones públicas, obligándose el Distrito no solo a que sean rentables sino a correr con los gastos de su mantenimiento.

De hecho la motivación o la identificación con una supuesta propuesta de manejo diferente de esa relación lo convierte al mismo tiempo que en crítica a lo anterior en confrontación política con las administraciones precedentes.

Ninguna decisión ha tenido tanto peso para la ciudad como la de montarnos en la idea del Transmilenio… y probablemente ninguna tan perjudicial. En parte porque aún sin tener en cuenta las fallas arriba mencionadas, no era el sistema apropiado para Bogotá. Fue una simple copia del sistema de Curitiba, eficiente allá por ser una ciudad de 600.000 habitantes donde las distancias a recorrer no eran ni siquiera diez kilómetros y donde el tiempo para ello era secundario; ni la cantidad de habitantes, ni las distancias, ni el tiempo que toma recorrerlas son una respuesta suficiente para una urbe de ocho millones de habitantes; podría ser un sistema complementario pero nunca su columna vertebral. En parte porque nunca se cumplió la programación ni de la chatarrización que debería acompañarla, ni de su construcción –diez años después aún se está construyendo una de sus líneas: la de la 26, y discutiendo sobre otra: la de la 7ª–. El resultado no fue solo su fracaso, sino, lo que es peor, el haber abandonado las verdaderas y posibles soluciones con el embeleco de que éramos una muestra para el mundo.

El problema de Transmilenio es ése, y debería se eso lo que se reconoce y a lo que se le tienen que encontrar soluciones.

Sin embargo el alcalde actual prefirió convertirlo en una confrontación de fuerzas con todos los que tenían algo que ver en el tema. Ya lo había hecho con el Concejo; lo hizo con los transportadores montándoles asociaciones de usuarios para presionar una negociación en vez de llamarlos a discutir (y según apareció sus funcionarios subalternos agitaron directamente esa forma de ‘acción de gobierno’); y después se fue lanza en ristre contra su antigua agrupación política.

Las críticas contra este proceder del Dr. Petro son más que justificadas aunque probablemente insuficientes. No es siguiendo el ejemplo de como Uribe hace la oposición -disparando con twitters- que se administra una ciudad y menos que se logran consensos para dar solución a sus problemas. Las declaraciones y ataques personales no son la forma de gobernar.

La intención de Petro de volver controversia política su gestión –o su falta de gestión– administrativa puede volvérsele un ‘tiro por la culata’; demasiada improvisación, demasiadas confrontaciones y muy poca administración no se ocultan al convertirlos en controversia política; por el contrario, pueden elevar nivel del debate y llevar a un cuestionamiento profundo sobre si la persona sí es la apropiada para el cargo. Es bastante probable (aunque insólito cuando tiene menos de tres meses de posesionado) que ya más de un ciudadano esté pensando que se deberían recoger firmas para una revocatoria del mandato.

Por el momento lo que parece es que no solo al escenario político sino a lo que se ha llegado es a trasladar al campo penal las declaraciones y acusaciones proferidas por el Alcalde contra el vocero de los usuarios Sebastián Galeano y contra el senador Robledo, y eventualmente a que se fallen en su contra si no les logra dar fundamento probatorio. Dice el refrán que ‘el estilo es el hombre’ y Petro parece identificarse con el estilo que ha usado en sus escenarios anteriores –atacar, atacar y atacar–; tal vez tienen razón quienes insisten en que no se ha dado cuenta de que ahora lo que debe es gobernar.

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