Extraño país

Lun, 29/02/2016 - 11:58
Miguel Gómez Martínez

Asesor económico y empresarial

migomahu@hotmail.com

Por razones de trabajo tengo la suerte de viajar con frecuencia por el p
Miguel Gómez Martínez Asesor económico y empresarial migomahu@hotmail.com Por razones de trabajo tengo la suerte de viajar con frecuencia por el país. Salir de Bogotá es un respiro. La capital no sólo están estancada sino atorada. Presa del pesimismo que produce la mediocridad del gobierno central, de la desesperación por el deterioro de la calidad de vida y por el peso abrumador de la prensa gobiernista, Bogotá parece lo que es: el centro de un poder simbólico de espaldas a un país va al garete. Y luego viene la dimensión regional. Medellín es siempre una alegría pues demuestra que cuando hay interés un sano orgullo local el progreso se ve. Parece otro país con su calles pintadas, sus paredes limpias, su impresionante centro de convenciones, sus calles sin huecos y la sensación de estar en otro país con otra actitud. Medellín siempre ha sido diferente y en los últimos años es diferente para bien. Cali, a pesar de tantos gobiernos mediocres, sigue disfrutando de ser una ciudad bien planeada con largas avenidas que le dan aire y espacio. Pero el área económica sigue arrinconada por el sur donde la guerrilla y los indígenas caucanos han consolidado ese tapón que busca aislar aún más el sur del país con el beneplácito del gobierno central que no tiene capacidad de brindar seguridad. Y lo de Buenaventura que produce tristeza con su carretera que nunca se termina, su puerto rodeado de todos los males posibles como el narcotráfico, la corrupción, la miseria, sus casas de pique y la inoperancia de todas las acciones estatales. Barranquilla, durante tantos años el lunar de la Costa Caribe, con su rampante politiquería y corrupción, muestra una cara diferente producto de una buena racha de alcaldes que han decidido que las obras son importantes. Sin duda el mejor promotor de inversión en Barranquilla fue Gustavo Petro que les hizo entender a muchos bogotanos que era mejor instalarse cerca del mar para beneficiarse de los mejores costos logísticos y los acuerdos comerciales. Demasiada euforia en la construcción deja una preocupante sobreoferta que ya es posible ver con locales y edificios semi- vacíos. Barranquilla es otra y quiera Dios recupere el lustro que alguna vez tuvo. Bucaramanga, otra capital de la corrupción y la politiquería resulta difícil de leer. A pesar de su aislamiento geográfico y la crisis venezolana tiene un evidente desarrollo con buenas universidades y con algunos clusters industriales que sobrevivieron al período de revaluación. Su nuevo alcalde, elegido contra la voluntad de las mafias políticas tradicionales tiene el reto de demostrar que ser un iconoclasta no le impide gobernar con eficiencia. Lejos de la capital, el santismo es difuso porque la guerrilla ha estado y está cerca. En las regiones saben que este gobierno con espíritu de oligarquía cachaca no le importa si a ellos les va bien o mal. No esperan nada de un gobierno central para el cual el zika es un mal de tierra caliente, la mermelada es un elixir para sus corruptos caciques regionales que viven pendientes de los ministerios en Bogotá y los periodistas bogotanos no son sino lacayos del poder de turno. Con todas sus debilidades e inconsistencias, la esperanza de Colombia está en sus regiones donde la gente no tiene ni la petulancia ni la miopía de los que en Bogotá  se enorgullecen de ser actores principales de una tragedia de tercer nivel.
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