Hasta pronto, Don Bernardo

A Monsalve  y Garay, los herederos

La primera vez que lo vi fue entrando a un concierto.

A través de los altavoces, habían hecho el segundo llamado y yo ya estaba sentado en mi silla de la antepenúltima fila. De repente, ingresó por la puerta que estaba ubicada a mi derecha. Vestía una gabardina camel y era más alto de lo que imaginaba. Lentamente se abría paso por el pasillo, ayudado por otro hombre y apoyándose firmemente en un bastón de madera oscura. Me sentí raro. Era como si el protagonista de alguna leyenda hubiera cobrado vida. Era atestiguar que ese personaje increíble, que había visto decenas de veces en televisión y escuchado otras tantas en la radio, sí existía.

Tal vez fue impresión mía, pero no era el único maravillado al verlo llegar. A medida que bajaba cada uno de los escalones del auditorio, el silencio se hacía más grande. La gente lo observaba con reverencia, con absoluto respeto. Parecía una escena del Medioevo, de esas en la que el rey entra a un salón de su castillo y en ese mismo instante todos callan y se postran a sus pies. Tal vez así eran las cosas, el gran hombre de cabellos blancos y gafas gruesas que acababa de entrar era el monarca de ese teatro, el elegido de los dioses, el venerado por todos.

Que no se notara su presencia era difícil, pues parecía sacado de otro mundo o al menos de otro país. Vestía siempre un impecable traje de tweed, anudaba a su cuello una elegante knit tie, mientras se abrigaba con un largo trench coat. Creo que habría sido más lógico encontrar a un hombre de este tipo en alguna calle de Chelsea, en Londres, antes que en la calle 23 con carrera 4 en Bogotá. Afortunadamente nos tocó a nosotros y no a Inglaterra. Qué suerte para Colombia que lo tuvo como hijo y qué suerte para los colombianos que lo tuvimos de maestro.

Decía a los amigos que su problema visual había sido en el fondo una gran fortuna, pues le había obligado a aprender a escuchar. Y a eso se dedicaba: escuchaba música de todo tipo; escuchaba los libros que tenían que leer por él; escuchaba a sus íntimos y conocidos que lo llenaban de conocimiento; escuchaba mientras trataba de definir entre las sombras las imágenes del cine. Escuchaba y memorizaba. Escuchaba y analizaba. Hablaba lo necesario y cuando lo hacía nos dejaba sin palabras.

La última vez que lo vi fue en un almuerzo.

En la mesa principal dominó la conversación con historias propias y ajenas, relatando episodios de libros, hablando de leyendas detrás de grandes piezas musicales y contando sus vivencias en Europa. Hablaba pausado, medía sus palabras como si cada una de ellas fuera parte de una gran composición poética. Su voz era perfecta, única, casi que hacía juego con su físico y su sabiduría, pues no era ni gruesa, ni fina, sencillamente el tono perfecto para un intelectual.

Pasarán años antes de que en Colombia volvamos a tener un símbolo tan poderoso para definir a la alta cultura. Música clásica, literatura de todo tipo, poesía y cine eran apenas una parte del infinito bagaje de conocimientos que poseía este hombre. Todo lo supo y sin embargo nunca abandonó la sencillez. Era intelectual, pero no vivió en un pedestal. Era un niño grande, muy grande, que siempre estuvo aprendiendo cosas en la escuela de la vida. Ese niño se llamaba Bernardo Hoyos.

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