Indicadores Económicos

Hay un cierto hedor a zombis en las Corporaciones

Con las inundaciones ha llegado una avalancha de reclamos sobre el papel de las corporaciones autónomas ...

Con las inundaciones ha llegado una avalancha de reclamos sobre el papel de las corporaciones autónomas regionales y cuando ya el mal está causado se les echa la culpa de todo, de falta de planificación, de politiquería, de imprevisión, de corrupción. La olla podrida se destapó y el país ya no puede tapar  el hedor de ese caldo perverso en el que se convirtió uno de los desarrollos más prometedores de la Constitución del 91.

Yo estoy de acuerdo, me uno a los reclamos airados que se les hacen, pero eso sí que se cobre todo el mal que han hecho, pero no en abstracto, porque no son “las corporaciones” las responsables, son las personas que las han dirigido, sus juntas directivas, sus estructuras de administración y todo el andamiaje de politiquería que se armó a su alrededor. Aquí no puede haber perdón y olvido, estas personas han cometido un crimen, un concierto para delinquir, han saqueado el erario público y han contribuido a que millones de familias hoy no tengan casa, ni  tierra, ni medios de producción.

Y como a alguien hay que cobrarle estos errores recordemos quienes manejan las corporaciones. Se trata de juntas directivas autónomas compuestas por representantes de las organizaciones afro, las organizaciones indígenas, las organizaciones ambientalistas, la empresa privada, los  Alcaldes, el representante del Presidente, el representante del Ministerio de Medio Ambiente y el Gobernador o su representante.

La composición es más o menos la misma en todas las corporaciones, solo cambia el número en algunos casos cuando corporación tiene jurisdicción sobre varios departamentos como Corpoamazonía y Corpoorinoquía. Pero esto no tiene importancia, torciendo el principio matemático se diría que  aquí la “cantidad” de los actores no altera el producto: la corrupción es la misma y todos participan alegremente de ella.

Que nos muestren uno de los representantes de la empresa privada (Andi, Fenalco, Sociedad de ingenieros, etc.), que siendo miembro de la junta, haya denunciado los malos manejos mientras estaba sentado allí o cuando salió. ¿Dónde están las actas en las alguno de ellos se opuso a los planes de estas corporaciones, dónde las constancias en contra de las actuaciones ilícitas o sospechosas, dónde los informes a sus gremios  o a los entes de control en los que se consignan sus desacuerdos? Lo mismo para los representantes afro, indígenas, ambientalistas, para los  alcaldes, gobernadores, para los representantes de presidentes y ministros.

Puede que exista algún representante que se escape a esa olla podrida, pero en todo caso sería la excepción que confirma la regla. Todos han comido o han visto comer callados de esa torta infinita de contratos amañados y de favores que en nada han contribuido a mejorar las condiciones ambientales de sus regiones. Ninguno aguanta un análisis sobre su patrimonio, se verían a gatas para justificar sus enriquecimientos.  Si los entes de control controlaran algo, ya debía haber más de uno de estos sinvergüenzas en la cárcel y sus bienes confiscados.

Para hacerse elegir a la junta cualquiera de estos representantes necesita conquistar un feudo electoral, que funciona de una manera oscura, sin democracia, ni controles, con organizaciones en muchos casos de bolsillo. Una vez elegido el representante, se dedica a negociar con el director/a de turno para administrar la contratación dirigiéndola hacia su feudo personal.  Con las Corporaciones se inventó la verdadera corrupción democrática: hay para cada uno de los sectores, el político, el de las ONG´s, el empresarial y el técnico. Así todos contentos y la fiesta sigue en ese baile de robo y desenfreno.

Viéndolo bien no es acertada la comparación con una olla podrida. Las ollas se limpian botando el contenido descompuesto por el caño. Pero deshacerse de las juntas que dirigen las corporaciones es como enfrentarse a un ejército de zombis malolientes, que se comen la carne de nosotros los contribuyentes y no hay quien los sepulte.

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