Heroísmo cartagenero

Jue, 12/04/2012 - 08:38
Ya se sabe y ya está dicho que esta Cumbre y todas las que pasaron y todas las que vendrán, no serán nada más que una ocasión para verse, un saludo de pasada, la c

Ya se sabe y ya está dicho que esta Cumbre y todas las que pasaron y todas las que vendrán, no serán nada más que una ocasión para verse, un saludo de pasada, la confirmación de la tendencia contemporánea de la reunionitis, la firma ciega de un documento plagado de lugares comunes, dos o tres anécdotas que engordarán la chismografía, una ocasión para estrenar vestidos de lino y unos instantes de quietud sonriente para que los fotógrafos hagan su trabajo y quede registrado el olvido.

Nada más. Dirán –los estoy oyendo– que fue un éxito sin precedentes; cobrarán la gloria inverificable de haber sido la mejor organizada de las Cumbres; juntarán palabras altisonantes para producir la frase pirotécnica de acuerdo con la cual las Américas serán otra después de lo de Cartagena y el bla-bla-blá amplificado por el parte de victoria de que en Colombia están soplando otros vientos, oh júbilo inmortal.

Pero se sabe –y también está dicho– que esta Cumbre se hace en una ciudad colombiana donde la miseria y la inequidad son endémicos, pero cuya belleza de casco histórico y cuya intrincada topografía, la han hecho una escenografía de mostrar que sirve para que la usen como pasarela para que por ella desfilen dichosos y perfumados quienes llegan, sonríen y se van.

Esa Cartagena que destella, la que aparece cuando hay un acontecimiento que convoca a las transmisiones en directo, solo existe para la mayoría de los cartageneros ahí, en la televisión. Bella, ordenada, limpia, los cartageneros saben de ella solo cuando llegan las hordas de la farándula musical o literaria o cinematográfica; cuando se citan en ella los banqueros o los industriales para sus Congresos, cuando llegan cada año las Reinas, en fin, en todos esos momentos la ciudad deslumbra a los desposeídos que la habitan a unos kilómetros de allí, en las barriadas donde el cincuenta y tres por ciento de los hogares vive por debajo de la línea de la pobreza.

Sobrevivir así, según esos índices que por más que han mejorado porque ha cambiado la metodología de la medición según los críticos de las estadísticas, sobrevivir así es un verdadero acto de heroísmo. El verdadero heroísmo cartagenero: cada año, por citar otra de tantas cifras que se conocen de una ciudad superdiagnósticada,cada año hay unas cuatro mil adolescentes que quedan embarazadas; es decir que cada año hay, al menos, cuatro mil nuevos niños no deseados. Que crecerán no deseados. Que morirán siéndolo.

Y a pesar de los discursos presidenciales que se pronuncian al cierre de las Asambleas económicas en el Centro de Convenciones de Getsemaní desde hace toda la vida; a pesar de las firmas de acuerdos que se hacen y de los consensos de lucha a favor de los desposeídos, a pesar de todo eso y de las reuniones asiduas del gabinete ministerial en la Casa de Huéspedes Ilustres, la brecha en Cartagena se amplía a dimensiones geológicas: al comienzo de la última década (estudio Naciones Unidas) el individuo más rico tenía un ingreso 84 veces el del más pobre, y ahora ese desequilibrio aumentó a 176 veces.

Así son las cosas en la Cartagena de ensueño. La de los balcones y la de los callejones. La que vive una suerte de destino a la inversa del asedio que padeció por tres meses en 1815. Los sitiados por la necesidad y por el hambre y por las enfermedades, por el desempleo y por la desesperanza, no están en estos tiempos de la historia entre la ciudad amurallada. Están por fuera de ella. Y son casi un millón.

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