Indios de otro planeta

1 de agosto del 2012

La Colombian Petroleum Company y la Sagoc atraídas por los yacimientos de petróleo en el Catatumbo, iniciaron en los albores de 1930 la construcción del oleoducto entre Caño Limón y Petrólea, tierra secular de motilones. Pronto sus trabajadores comenzaron a caer bajo las flechas de la tribu indómita. Los indios se convirtieron en una pesadilla […]

La Colombian Petroleum Company y la Sagoc atraídas por los yacimientos de petróleo en el Catatumbo, iniciaron en los albores de 1930 la construcción del oleoducto entre Caño Limón y Petrólea, tierra secular de motilones. Pronto sus trabajadores comenzaron a caer bajo las flechas de la tribu indómita.

Los indios se convirtieron en una pesadilla inesperada y en la Monografía de Convención escrita por el inspector de educación Elías Pérez Ramírez en 1955, los estudiantes aprendían que:

“Son indios belicosos, feroces y malvados, que profesan excesivo odio al hombre civilizado, (…) es de noche cuando son más temidos, pues con sumo artificio se acercan a las casas de habitación del hombre blanco y le atacan y matan a flechazos generalmente.

»El motilón es traicionero, cruel y sanguinario (…) son zoólatras y otros son idólatras (…) astutos y ladrones atrevidos y descarados. Han matado mucha gente en los distritos de Teorama, San Calixto y Hacarí, su código es la fuerza bruta y se ufanan de homicidios y de adversarios inmolados. Carecen de toda noción de moral, practican la poligamia y tratan a sus mujeres como fámulas o esclavas a quienes suelen maltratar y en ocasiones les causan la muerte. Cuando las niñas llegan a la pubertad entre los 12 a 13 años de edad, las entregan al salvaje que las solicita”.

Esta y otras descripciones de tales asesinos justificaron a las compañías petroleras la contratación de cazadores norteamericanos, cazadores de indios, cazadores de humanos, que utilizaban cotas de malla, como los conquistadores españoles para detener las flechas y a sangre y fuego dinamitaron y diezmaron a los motilones en sus propios bohíos sin importar que los muertos fueran bebés, mujeres embarazadas o ancianos. Finalmente arrinconaron al grupo étnico.

En una de las instrucciones a los cazadores de indios se lee: “Los motilones tienen el cráneo duro, debe cuidar de no dar planazo con el machete en la cabeza porque lo puede partir, hay que darles con el filo”.

Cazadores de indios
Cazadores de indios, década del 50. Foto: Diario de la Frontera Cúcuta.

Kogi, wayúu, arhuacos, embera, huitotos, guambianos, ticunas, sanas y awás son nombres vinculados a persecuciones y arrinconamientos porque sus territorios “coincidencialmente” guardan recursos naturales susceptibles de ser extraídos y vendidos, lo cual es obvio porque ellos los preservan mientras nosotros los depredamos a cambio de un par de dólares que se esfuman al tiempo que el petróleo, el carbón y la madera. Siempre habrá en territorios indígenas algún tesoro que justifique llamarlos salvajes y apátridas porque no facilitan la intromisión dentro de sus hogares.

El asunto indígena tiene ribetes de intereses económicos cruzados que se disfrazan según la conveniencia y se fomentan por la ausencia social del Estado. Mucha plata invertida en estudios, prediagnósticos, investigaciones y formulaciones y mucha más en bolsillos corruptos. Nada compensa obras con inversiones.

La vulnerabilidad indígena los convirtió en seres utilizables como escudos humanos o ideológicos por todos los grupos. El gobierno los defiende desde sus oficinas indigenistas para defender los recursos naturales vendidos a inversionistas extranjeros. La guerrilla y los paramilitares los defienden para defender sus territorios sembrados de coca y su reserva de reclutas. Los narcotraficantes los defienden para presentarlos como idiotas útiles y despertar solidaridad para seguir medrando con sus negocios ilícitos que ningún beneficio trae a las comunidades indígenas.

No se puede generalizar desde la dañina candidez de los mamertos que caen contra el Estado y los soldados para facilitar la acción económica de la guerrilla y la desestabilización del territorio, ni desde la óptica de la extrema derecha que convirtió el término indígena en sinónimo de guerrillero.

Es cierto que las guerrillas, especialmente las Farc entraron, reclutaron y adoctrinaron indígenas, pero la mejor respuesta del Estado no es el fusil sino la inversión social, salud, programas de desarrollo agroempresarial que eleven el nivel de vida de los indígenas, aunque muchos de estos programas, como el Plan Cauca sean petardeados desde los mismos intestinos de la dirigencia departamental, con inconfesables intereses que mantienen en el ostracismo y la pobreza a la población indígena.

Por mandato de la Constitución el gobierno está obligado a defender la vida de todos los ciudadanos y sin restricciones territoriales preservar la paz, incluyendo a los indígenas que no son de otro planeta, son nuestros compatriotas y por lo tanto sujetos como todos los colombianos al cumplimiento de las leyes.

La fotografía del Cauca, en la cual un soldado se abraza a su ametralladora mientras un centenar de indígenas Nasa del Cauca le arrojan tierra, lo sacan de su trinchera y lo arrastran, dio la vuelta al mundo y despertó opiniones encontradas, de solidaridad y de repudio hacía indígenas y soldados. Las razones y las implicaciones se encuentran detrás del telón y hay que sacarlas al proscenio.

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