Por fin me atreví a visitar el centro cultural del la casa Fundación Enrique Grau en Bogotá porque algún pudor tiene la vida privada de un artista a quien no respeté nunca. Como no lo conocí personalmente, entrometerme en su casa era un acto de voyerismo pero como están haciendo horrendas exposiciones temporales, me lancé a conocer lo que queda de su mundo.
Primero me encontré un almacén, el comercio inmortaliza ratones. Sobre las esculturas de Rita (la mujer del corsé) escultura que se encuentra enorme, grotesca y deteriorada en el Parque Nacional con la carrera Séptima. Como el arte de Negret, la maqueta se multiplica por 30 —dice la numeración— y, para su peor desgracia, la intervinieron otros artistas con gusto sin gracia. Como no se vendieron existen Ritas con plumas, sin plumas, pintadas de mamarracho, intervenidas con una mala convicción, adornadas, fumigadas, remilgadas. Todo se justifica porque al final, qué se le puede inventar una figura con una forma desgastada.
Pero en su ambición de quedar en algún lado de la historia del arte colombiano, Grau hizo mil cosas donde el viaje egocéntrico es su figura en autorretratos y su firma que en todos los lugares abruma porque se encuentra como una marca hasta en la ventana de su estudio. Lugar que hoy, lo convirtieron en el más temible espacio para realizar exposiciones y, en donde hasta las fichas técnicas, puestas precariamente y al revés se encuentran pegadas con una falta de profesionalidad única. En ese lugar de exposiciones, nada es bueno. Algo difícil de catalogar, pero es cierto porque, como intrusos mudos, los que han realizado exposiciones, donan un cuadro que cuelgan en una pared de la infamia en la escalera de la casa y donde podemos ver el criterio nefasto con el cual se seleccionan estos adefesios artísticos.
Los cultores de su personalidad han realizado aportes estridentes que superan el acercamiento popular de su obra. Un enorme mural estrepitoso del grupo grafitero —con nombre de pleonasmo— se llaman Artistas Urbanos, los calentadores para fiestas tienen la figura de Grau, pegada al aparato con la firma encima y el puente romántico quedó insospechadamente resuelto para los comensales lo que nos deja desconfiar de las prioridades.
Otra obra recurrente que ya se encuentra en muchos lugares es el pájaro negro de Cartagena cuyo amable nombre son las Mariamulatas que comercialmente, se encuentran en todas las dimensiones y extensiones y proporciones. Hay en el mundo del mercado, multiplicaciones firmadas de sus cajas en pequeño y gran formato. La fundación es una casa comercial para eventos múltiples, clases de cocina, almacén y depósito. En general, tiene el aspecto de una casa de muñecas con su vida espontánea de basura pura.
Pero, ha debido ser una casa refinada con sus colecciones recurrentes. Ya en su sala, el comedor y las habitaciones se encuentra el hombre culto por las cosas bonitas heredadas, por los libros que mantuvo, por el culto a su abuela. También se encuentra la vida del artista recalcitrante apoderado por el fantasma de una costurera con sus maniquíes, por el zapatero con sus marcos en madera, por el mago del juego de cartas donde no importa si se gana o se pierde, por su colección de manos, mundo que se extiende con los abanicos sociales o las enfáticas y tormentosas piezas íntimas de su abuela.
Interesante su propensión por construir un mundo privado de cajas donde incluyó la memorabilia de siempre. Lástima se equivocó tanto, en vez de pintor, ha debido ser un artista objetual que propuso tempranamente una línea de pensamiento que guarda celosamente los recuerdos de sus miedos que enfrenta los fantasmas que le daban sentido a su condición humana.
Lo peor falta aunque se me olvidan muchas cosas. En el recorrido de la casa se encuentran homenajes a la obra del artista que son peores que su propia obra. Para obras de terror en el trabajo de Grau, pensemos en el telón de boca del Teatro Heredia. Una comedia surrealista de seres que no tienen la magia de Macondo sino son parte de la actitud de un comediante popular de circo pobre de puta alegre.
Pero en su ambición de quedar en algún lado de la historia del arte colombiano, Grau hizo mil cosas donde el viaje egocéntrico es su figura en autorretratos y su firma que en todos los lugares abruma porque se encuentra como una marca hasta en la ventana de su estudio. Lugar que hoy, lo convirtieron en el más temible espacio para realizar exposiciones y, en donde hasta las fichas técnicas, puestas precariamente y al revés se encuentran pegadas con una falta de profesionalidad única. En ese lugar de exposiciones, nada es bueno. Algo difícil de catalogar, pero es cierto porque, como intrusos mudos, los que han realizado exposiciones, donan un cuadro que cuelgan en una pared de la infamia en la escalera de la casa y donde podemos ver el criterio nefasto con el cual se seleccionan estos adefesios artísticos.
Los cultores de su personalidad han realizado aportes estridentes que superan el acercamiento popular de su obra. Un enorme mural estrepitoso del grupo grafitero —con nombre de pleonasmo— se llaman Artistas Urbanos, los calentadores para fiestas tienen la figura de Grau, pegada al aparato con la firma encima y el puente romántico quedó insospechadamente resuelto para los comensales lo que nos deja desconfiar de las prioridades.
Otra obra recurrente que ya se encuentra en muchos lugares es el pájaro negro de Cartagena cuyo amable nombre son las Mariamulatas que comercialmente, se encuentran en todas las dimensiones y extensiones y proporciones. Hay en el mundo del mercado, multiplicaciones firmadas de sus cajas en pequeño y gran formato. La fundación es una casa comercial para eventos múltiples, clases de cocina, almacén y depósito. En general, tiene el aspecto de una casa de muñecas con su vida espontánea de basura pura.
Pero, ha debido ser una casa refinada con sus colecciones recurrentes. Ya en su sala, el comedor y las habitaciones se encuentra el hombre culto por las cosas bonitas heredadas, por los libros que mantuvo, por el culto a su abuela. También se encuentra la vida del artista recalcitrante apoderado por el fantasma de una costurera con sus maniquíes, por el zapatero con sus marcos en madera, por el mago del juego de cartas donde no importa si se gana o se pierde, por su colección de manos, mundo que se extiende con los abanicos sociales o las enfáticas y tormentosas piezas íntimas de su abuela.
Interesante su propensión por construir un mundo privado de cajas donde incluyó la memorabilia de siempre. Lástima se equivocó tanto, en vez de pintor, ha debido ser un artista objetual que propuso tempranamente una línea de pensamiento que guarda celosamente los recuerdos de sus miedos que enfrenta los fantasmas que le daban sentido a su condición humana.
Lo peor falta aunque se me olvidan muchas cosas. En el recorrido de la casa se encuentran homenajes a la obra del artista que son peores que su propia obra. Para obras de terror en el trabajo de Grau, pensemos en el telón de boca del Teatro Heredia. Una comedia surrealista de seres que no tienen la magia de Macondo sino son parte de la actitud de un comediante popular de circo pobre de puta alegre.
