La dialéctica de la paz santista

11 de octubre del 2014

“Es impresionante la teatralidad del proceso de paz y los golpes publicitarios de opereta”.

Colombia tiene una tradición de violencia secular, enmascarada de ideologías que disfrazan ambiciones políticas, militares y económicas. Las de Santos son el poder, el Nobel de paz, y unas ocultas, que tienen que ver con Castro y Maduro. Las de las FARC son el poder, la impunidad, y la plata por medio de la violencia.

Los grupos en conflicto son similares en su composición: una cúpula burguesa y oligarca, así sea comunista. Corrupta casi siempre, y capaz de las acciones más miserables para mantener su vigencia. Como la traición de Santos a sus propios soldados y electores, y los asesinatos y crueldad de las FARC, para que sepan quién manda. Les apoyan mandos medios, profesionales, técnicos y líderes, que reciben dinero y beneficios burocráticos o contractuales,  y el pueblo idiotizado, incondicional y crédulo.

La violencia no tiene 50 años, surgió en América el día del descubrimiento, con Cuneo, cuando Colón se proclamó dueño de gentes y tesoros, luego continuó al filo de cruces y espadas evangelizadoras, y posteriormente con el genocidio indígena de la colonia, relatado por Bartolomé de las Casas y los caciques de Tibasosa y Turmequé, entre otros.

Durante la independencia, Bolívar y Morillo justificaron matar por la libertad y la monarquía, y durante la república, conservadores y liberales fueron los dueños de la muerte. El siglo XX abrió con la guerra de los mil días y el XXI con la guerra de los guerrilleros y los paramilitares.

La Constitución, rollo de papel higiénico, tiene cuadritos que dicen que Colombia es un Estado social de derecho, democrático, que garantiza la oposición, la convivencia pacífica, la justicia, el orden justo, y que el crimen debe pagarse.

Las FARC se crearon como autodefensas de guerrillas comunistas y liberales en el sur del Tolima y Marquetalia, alegando ser defensores del pueblo, pero cuando lo robaron y lo asesinaron para lucrarse, su disfraz de proletarios en lucha de clases contra la oligarquía se desvaneció, y adquirieron internacionalmente la condición de terroristas. Chávez los consideró, como Maduro, ejército beligerante, con derecho para gobernar el país. La violencia se volvió tan solo su medio.

En la búsqueda de la paz, diversos presidentes intentaron acercamientos, pero los burlaron, y las FARC se fortalecieron a la par que su mito de invencibles, hasta que el presidente Uribe los acorraló militarmente y los redujo, acabó el paramilitarismo, y le devolvió el país  a los colombianos.

El presidente Santos, desprestigiado y sin votos para reelegirse, se la jugó con las FARC, les concedió calidad de pares e izó el proceso de paz como bandera de campaña; pactó con la izquierda social-comunista y su amasijo de resentimientos ideológicos, Instrumentalizó la justicia, distribuyó millones de pesos para comprar votos, y ofreció reelección a los alcaldes y gobernadores actuales si lo apoyaban.

Los colombianos queremos todos, la paz, por eso sorprende a los ojos internacionales que la mitad del país se oponga a proceso, pero es que se ve de bulto la utilización de los cuadritos constitucionales: la justificación de lo inmoral, (Soldados que van a la guerra contra un enemigo que no es enemigo de su comandante) el premio al crimen, (Impunidad y curules) el revanchismo que excusa las atrocidades de hoy en los muertos del pasado, (No se quejen, que los paras mataron más) el trastocar axiológico de los valores, (No somos victimarios, -Santrich- sino víctimas) la adulación servil de los medios, (dos billones en pauta) La falsa austeridad (Vargas Lleras despide 200 empleados de su despacho pero ordena llevar a San Andrés, por solo dos horas, dos carros blindados, lo que costó 300 millones, o 487 salarios mínimos) Los contratos millonarios de la Fiscalía en publicidad y burocracia;  el coqueteo con el socialismo siglo XXI, el procastrismo de Santos en la ONU y la injerencia de las FARC en asuntos militares (Piedad Córdoba manda callar al Ministro de Defensa, cuando este descubrió que Timochenko viajaba libremente a Cuba) Las órdenes confusas de detener operaciones militares cuando el ejército está encima del objetivo; (Santos habla primero con las FARC que con su ministro) el encarcelar soldados y liberar guerrilleros, torciéndole el rabo a la justicia.

Es impresionante la teatralidad del proceso, y los golpes publicitarios de opereta, para deslumbrar y convencer incautos, como llevar a la Habana víctimas aleccionadas para que les entreguen flores y los perdonen. Mandarle al Papa dos desmovilizados, conseguir por teléfono el apoyo de Obama, a quien solo le interesa el mercado; poner firmes a un general que escucha el himno de las FARC, contratar doce escritores de izquierda, para que reescriban la historia de Colombia, donde los buenos serán las FARC, y así sea aprendida por los niños; pagar el barómetro de opinión del Centro Nacional de Consultoría, para que diga que Santos tiene el 68% de favorabilidad y que el 53% de los colombianos apoyan el proceso de paz; intimidar con cárcel al que toque al grupo guerrillero, como el Hacker, y perseguir judicialmente al uribismo que se opone al proceso. A pesar de todo lo anterior, son contundentes las evidencias de que las FARC seguirán la guerra, disfrazados probablemente con otro nombre, pero firmando el tratado, para hacerla paralelamente desde el congreso.

Hegel, Marx y los socráticos quedaron revaluados en sus teorías sobre la contradicción y lucha de clases, ante la dialéctica santista del contrasentido, como respuesta ideal y justificante de cada asesinato: “Nada está acordado hasta que todo esté acordado”, “matan pero tienen buenas intenciones”, “Asesinan, reclutan y compran armas pero soy capaz de creer que cuando firmen el acuerdo habrá paz.”

La palabra paz tiene un significado ideal, pero igual es un signo semántico que puede disimular horrores y justificar ambiciones, como la paz en Cuba con paredón para los opositores. Una es la paz de los vencidos y otra la paz de los vencedores.

Los tratados se firman cuando un contrincante pierde la esperanza de la victoria, y claudica, entregando parte de sus tesoros, pero Colombia no fue vencida, solo que Santos erigió a las FARC al pedestal de los triunfadores, y por eso condicionan la paz, con desdén y cinismo, a la reducción del ejército, a curules para sus milicianos, a zonas de reserva campesina, sin más autoridad que la de ellos, a impunidad y olvido de sus crímenes, y a cero sanciones por el narcotráfico y el secuestro.

Los desmovilizados paras se volvieron Bacrim, los farianos se vuelven Farcrim. La paz se firma y la guerra sigue.

Es infame atestiguar que la ley, la justicia y los recursos estatales se despilfarran y utilizan para ocultarle al país la verdadera y negra esencia del proceso de paz, y que se intimide a quien se le oponga. El Fiscal General prejuzga a los enemigos de Santos y a los amigos de su enemigo, el expresidente Uribe, violando la imparcialidad y atizando la hoguera de la nueva inquisición.

Termino mencionando que –con la complacencia de santistas pacifistas- en las montañas del Cauca, ayer las FARC rodearon con minas antipersona la escuela San Andrés de Pisimbalá, en Inzá, y el parquecito infantil, donde 120 niños salen a recreo. Antier mataron en San Calixto un policía; el día anterior incendiaron nueve vehículos en Antioquia, y cuatro días antes, cinco menores campesinos fueron reclutados para sus filas de guerra en el sur de Caquetá. Su calendario de sangre no tiene un solo día en blanco. Pronto serán gobernadores y congresistas.

@mariojpachecog

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